Julio Trujillo

¡Ah de la vida!

ENTREPARÉNTESIS

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Julio Trujillo

Hace doscientos años y tres días murió, a los 29 años de edad, el poeta inglés Percy Bysshe Shelley en las costas de Italia. Es un bicentenario importante, si es que las efemérides lo son. Shelley fue el más camaleónico de los poetas románticos, dejando un volumen importante de poemas entre los que se incluyen “Prometeo liberado”, “Oda al viento del oeste”, “La sublevación del Islam”, “Mutabilidad” y “Adonais”, la elegía a la muerte de John Keats. Siempre exaltado, siempre radical, el ”loco” Shelley también fue autor de prosas incendiarias y se autonombró defensor, cual debe ser, de causas irremediablemente perdidas,

como la de la poesía misma.

Aunque no fue reconocido en vida, su muerte mientras navegaba el velero “Don Juan”, atrapado en una tormenta, contribuyó a la gestación de la leyenda: que si sólo pudieron reconocer su cuerpo porque llevaba los poemas de Keats en el bolsillo, que si su corazón, a la hora de reducirlo a cenizas, era incombustible. Un cuadro famoso, pintado por Louis Édouard Fournier, inmortalizó la escena de su cremación con pinceladas ultrarrománticas: arde el cuerpo del poeta en la playa, mientras Byron y otros amigos atestiguan la escena

con circunspección.

Como siempre, la muerte debe ser una invitación y un recordatorio para celebrar la vida, y qué mejor que acercarnos a un breve texto de Shelley precisamente sobre la vida. La vida misma, no éste o aquél aspecto de ella. “Sobre la vida” es un texto valiente porque se atreve a hacer todas las preguntas (las clásicas: ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?) sin rubor, ensayando, echando a andar los músculos de la inteligencia y la intuición. Shelley comienza afirmando que la vida es “una cosa extraordinaria”, pero que la niebla de la familiaridad oscurece la maravilla de nuestro ser. Y tiene razón: “Nos llenan de admiración algunas de sus modificaciones pasajeras, pero es la vida misma el gran milagro”. ¿Qué son el universo de las estrellas y los soles, sus movimientos y su destino, comparados con la vida? Si un artista hubiera concebido este mundo y lo expresara con palabras o sobre un lienzo, con todas sus complejidades y maravillas, sus montañas y mares, nuestra admiración sería total y podríamos decir de él, o ella, junto a Torquato Tasso: “Non merita nome di creatore, sennon Iddio ed il Poeta”. Pero vivimos, y viviendo perdemos la capacidad de comprender la vida. Dicha capacidad la tuvimos en la infancia, cuando pensar, ver y sentir formaban parte de una sola masa. Hay quienes son siempre niños: sienten cómo su naturaleza se disuelve en el universo y cómo el universo es absorbido por su ser, sin distinción, y ese estado “precede, acompaña o sigue a una inusualmente intensa y vívida comprensión de la vida”.

En la concepción de la vida de este poeta, el “yo”, el “tú”, el “ellos” son meras herramientas gramaticales, marcas usadas para indicar “las diferentes modificaciones de una sola mente”. Pero la mente no puede crear, sólo percibir… Sentimos, con él, una especie de vértigo: “Estamos en el borde en que las palabras nos abandonan, y nos sentimos mareados al asomarnos al abismo de… lo poco que sabemos”. “¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?”, se preguntó Quevedo. ¿Quién le va a responder a Shelley, que está haciendo la misma pregunta desde hace doscientos años?