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Julio Trujillo

Tarzán contra el coronavirus

ENTREPARÉNTESIS

Julio Trujillo
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El fantasma de Tarzán recorre esta casa. No es sólo por el casi sofocante aire de selva que respiramos, un espesor del trópico que se parte con las manos como una cortinilla de vaho, ni por la pátina de moho que esmalta cada piedra, cada muro, cada escalón como una feraz huella del tiempo, cubriendo esta casona de Acapulco con la verde piel de una noble decadencia.

No es sólo eso, aunque la boa en la pared, los alacranes negros, los zopilotes trazando círculos en el cielo y los escuadrones de mosquitos contribuyan de manera importante a que esperemos que en cualquier momento el hombre-mono se descuelgue de una liana. No: es que nos dijeron que aquí vivió Johnny Weissmüller. Bien puede ser: la estrella de cine filmó aquí sus últimas películas, se quedó a vivir en el puerto, se confundió con su propio personaje y, finalmente, ya sin saber si era Tarzán o Johnny Weissmüller, después de internarse en un psiquiátrico donde asustaba a las enfermeras con el célebre grito tarzanesco, murió y está enterrado aquí, en el que fuera el Acapulco aún dorado de los setentas. Y su fantasma permanece, como si nos espiara un hombre enajenado desde las más altas palmeras.

Después de cinco meses, rompimos el confinamiento para venir a festejar los cincuenta años de una amiga, culposos, sí, pero también agradecidos de poder oxigenarnos, vernos a los ojos, comprobar que la vida persevera en la pandemia. Y así, el fantasma del virus fue gradualmente reemplazado por la figura del gran Johnny Weissmüller y sus películas de Tarzán, su grito icónico, sus interminables fiestas en el Hotel Flamingos y nuestra propia infancia, lo suficientemente lejana como para ya tener recuerdos en blanco y negro. Es como si también nos hubiéramos salido del tiempo para recuperar un paraíso perdido, sin epidemia ni adultez, un espacio de inocencia en donde era facilísimo suspender la incredulidad y admirar a un señor en taparrabos. Casi no hablamos del futuro, porque se nos acabaron los pronósticos y cedimos, por fin, a la ignorancia que nos ha impuesto este extrañísimo año: nadie sabe cómo va a ser el desenlace de esta historia, ni los profetas profesionales lo saben. Preferimos este rincón en la playa y su legado de sueños y aventuras. Preferimos a Tarzán (quien se negaba a crecer, más Peter Pan que Tarzán).

Como nadador olímpico, Weissmüller nunca perdió una competencia, estableció 67 récords mundiales y ganó cinco medallas de oro. Después puso un negocio de albercas que casi lo arruinó, fue modelo de ropa interior y finalmente firmó un contrato con MGM para filmar la exitosísima Tarzán de los monos en 1932 y ya nunca abandonar a su personaje. En total hizo 12 películas de Tarzán. Tal vez su última película, la imposible de filmar, la número 13, que no alcanzó a ver él ni en sus delirios, debería llamarse Tarzán contra el coronavirus, y en ella estaría ganando como siempre, guapo, inmortal, aplanando la curva a golpes de pulmón y cautivándonos con esa inocencia que tuvo el cine alguna vez, haciéndonos olvidar por unos días el terrible azote que nos espera en el tiempo real, en la vida real y a todo color. Yo agradezco que ronde por aquí, acompañando a este grupo de cincuentones que se ha fugado un fin de semana antes de asentarse en una nueva y totalmente anormal normalidad.