Dinero para las humanidades

Ecuador: el Estado en jaque
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La carta que 3190 académicos, afiliados a 26 centros de investigación pública, enviaron a la presidenta del Conacyt, María Elena Álvarez Buylla, es buen pretexto para regresar a la lectura del brillante ensayo La utilidad de lo inútil (2013) del filósofo italiano Nuccio Ordine. El pensador calabrés no es el único partidario del incremento constante del financiamiento público de las humanidades, pero sí uno de los más eficaces.

Ordine rescató un discurso de Victor Hugo de 1848, en la Asamblea constituyente de la Segunda República francesa, donde el poeta afirmaba: “las reducciones en el presupuesto de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son insignificantes desde el punto de vista financiero y nocivas desde todos los demás puntos de vista”. Las palabras de Hugo resuenan con total vigencia en el México de hoy, donde los recortes presupuestales golpean a buena parte de la comunidad académica del país.

Hugo, como la mayoría de los intelectuales progresistas de los dos últimos siglos, estaba convencido de que las humanidades eran indispensables para el avance de la democracia. Las ciencias sociales promovían el conocimiento de los asuntos públicos, de la actividad económica y de la vida en común. Gracias a ese conocimiento, los individuos y las sociedades se comprendían mejor a sí mismos y perfeccionaban sus formas de gobierno.

Además de a Hugo, Ordine citaba a autores tan disímiles como Charles Baudelaire y Abraham Flexner. Su defensa de las humanidades como profesión “inútil”, en el sentido de producirse al margen del afán de lucro de la esfera empresarial, como le reprochó Adela Cortina, llegaba a ser tan tópica como exagerada. Sin embargo, el impacto del libro fue evidente: la obviedad del argumento de Ordine era inusitada en medio del avance del neoliberalismo en las universidades occidentales.

En México, el mismo año de la publicación del ensayo de Ordine, apareció Dinero para la cultura (2013), una antología de textos de Gabriel Zaid que se sumaban a la misma persuasión. Allí Zaid sostenía que había cinco fuentes de financiamiento para la cultura: el sacrificio personal, la familia, los mecenas, el mercado y el Estado. En una economía como la mexicana, donde la transferencia de fondos del sector privado a las humanidades era mínima, el principal motor del desarrollo de las ciencias sociales era el Estado.

México, recordaba Zaid, poseía una eminente tradición de defensores del gasto estatal en cultura: Ignacio Manuel Altamirano, Justo Sierra, José Vasconcelos, Daniel Cosío Villegas... Los recortes en el presupuesto para la educación superior y la investigación científica son negaciones insólitas de esa tradición de Estado cultural, que ha asegurado a México un prestigio merecido en América Latina. Como decía Hugo, es muy poco lo que gana el gobierno con la aplicación de criterios de austeridad a las humanidades y mucho lo que pierde la sociedad mexicana.