Martes 24.11.2020 - 06:22

Envilecidos

Las sombras de Gray
Por:

Para Abraham, por nuestras circunstancias.

No son jóvenes revolucionarios, capaces de cometer excesos —reprochables, pero comprensibles— en nombre del idealismo. No luchan contra terroristas extranjeros. No precisan argumentos sofisticados, porque tienen el poder de su lado. Mienten a conciencia de que la inmensa mayoría —por no decir totalidad— de los complots que pregonan sólo existen en sus cabezas. Son las policías políticas de las dictaduras forjadas, desde hace un siglo, a imagen y semejanza de la Cheká bolchevique.

Conforme lo que alguna vez fueron revoluciones populares mutaron en burocracias enquistadas, su modelo se replicó por el mundo. Las fuerzas y operaciones de contrainteligencia —un nombre exacto, como pocos bajo la neolengua totalitaria— enfocan como objetivo a los ciudadanos. Pueden ser votantes que protestan, en la avenida Sajárov, por una elección amañada. Estudiantes que paralizan el aeropuerto de Hong Kong, en rechazo a la injerencia de Pekín. Sindicalistas encarcelados en Caracas por defender el contrato colectivo de sus compañeros metalúrgicos. Usuarios de una red social cooperativa que denuncian la intervención estatal del Estado cubano. Los motivos, lugares y personas difieren, pero la causa es siempre la misma: expresiones de autonomía, de energía cívica, incompatibles con un orden vertical y autoritario. Por eso deben ser suprimidas.

Los laboratorios de terror forjados, desde hace un siglo, en los sótanos de la Cheká, incubaron sus métodos de control social. Asediar a la familia, deslizar amenazas, presionar con intereses e informaciones personales, fragmentar el círculo de colegas y amigos: todo sirve para asesinar, psíquica y cívicamente, al inconforme. Luego, si eso no basta, fabricarán alguna causa penal, sabedores que donde el Estado es el único dueño del Derecho la Justicia está en coma. Para los casos de tenacidad y resistencia, siempre quedan las mil y una formas de supresión física: de la tortura brutal a la muerte “accidental”. Ejercidas, para colmo de miseria, en nombre del Pueblo.

Quienes han crecido en democracia, por precaria que ésta sea, poco pueden entender lo que implica vivir bajo semejante tiranía. En nuestras repúblicas hay miles de desaparecidos, asesinados y violentados, en múltiples responsabilidades que abarcan desde cárteles criminales hasta funcionarios corruptos. Pero algo muy distinto es que un Estado cometa violaciones de Derechos Humanos —confrontables en instancias reconocidas por aquél— a que las agencias y políticas del Estado sean, orgánica y sistemáticamente, opresoras de una ciudadanía indefensa. No es que haya víctimas superiores a otras, sino que el fundamento —y expresión— de la violencia adquiere formas cualitativamente distintas de proyectarse. Y, por ende, para resistirse.

Desde el pasado más remoto, todo despotismo reprime a su pueblo. Lo diferente hoy es que el despojo se disfraza de Derecho, se planifica y ejerce con minuciosa cientificidad. Y se ceba sobre sociedades a las que resulta imposible extirparles la idea de libertad. Por eso, al atentar contra la más básica y civil humanidad, la contrainteligencia hace honor a su nombre. Envilecidos ellos, quieren envilecer a todos. Triste será el día en que, víctimas de sus propios compañeros o enfrentando el reclamo de sus hijos, tengan que asumir lo miserable de sus existencias.