Estado de hambre

Indignación y transformación
Por:
  • guillermoh-columnista

En estos días hemos leído varios análisis de la pandemia en los que se usan conceptos como “estado de excepción” (Giorgio Agamben), “estado de peste” (Josú Landa) o “estado de cuarentena” (Guillermo Hurtado). Tampoco ha faltado la frase “estado de sitio” para referirse a los límites que se han impuesto a las libertades en varios países.

Es probable que el peor estado de sitio del siglo XX fue el que se impuso en Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial. Las tropas alemanas y finlandesas rodearon la ciudad. Casi nadie podía entrar o salir: apenas una delgada caravana que cruzaba un lago congelado o algún avión que tenía la suerte de no ser derribado por los aviones nazis.

El sitio de Leningrado se convirtió muy pronto en un estado de hambre. No hay estado colectivo más terrible que el del hambre. No hablo aquí de la molesta sensación de dejar pasar una comida o incluso la de no tomar alimento por un día entero. Hablo de algo más espantoso. La del hambre que se siente cuando no se ha probado alimento durante varios días y uno se da cuenta de que a menos de que haga algo para obtenerlo, morirá en cuestión de horas.

Primero desaparecen los animales domésticos. Los perros, gatos y canarios son comidos por sus propios amos o por alguien que los encuentre en la calle. Las siguientes víctimas son las ratas. Para capturarlas hay que poner ratoneras o esconderse para atraparlas en el momento preciso.

El último nivel del estado de hambre es el canibalismo. Cuando las calles se empiezan a llenar de cadáveres, la gente sale a cortar pedazos. Después de un rato, el cuerpo abandonado queda reducido a unos cuantos huesos. Eso sucedió en Leningrado. O, por lo menos, eso es lo que se dice que sucedió, porque la historia oficial lo ha negado. La decisión más dura, por supuesto, es la de alimentarse del cadáver de alguien conocido: de un vecino, de un familiar, de un esposo.

El siguiente nivel es ejecutar niños para comérselos. Una madre con seis hijos decide matar al más pequeño para darle de comer a los demás. Y si no hay niños propios a la mano, hay que salir a buscarlos: en casas abandonadas, en hospitales, en orfanatos. También se dice que eso pasó en Leningrado. Y también se ha negado por la historia oficial. Puede ser que nada de eso haya sucedido en la hermosa ciudad que hoy conocemos como San Petersburgo. No quiero señalar. Pero podemos estar seguros de que todo eso ha pasado en otros momentos de la historia humana y también de que podría volver a pasar.

¿Qué sucede en un estado de hambre? ¿Las reglas del bien y del mal dejan de valer? ¿Hay una ética del estado de hambre distinta de la ética del estado normal?