Miércoles 27.01.2021 - 07:14

La exigencia feminista

Indignación y transformación
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La movilización de las mujeres que reclaman sus derechos —el primero de ellos, su derecho a la vida— ha tomado de sorpresa al sistema político. Las autoridades no han sabido cómo enfrentarla y, en vez de calmar las aguas, las han agitado aún más. Las activistas son mujeres jóvenes —algunas de ellas casi niñas— que han decidido actuar por su cuenta, sin la supervisión de hombres e incluso de mujeres de mayor edad. El feminismo institucional —es decir, el que se encauzaba por formas de lucha tradicionales— ha quedado superado.

Nos encontramos ahora ante un movimiento feminista muy radicalizado, a veces violento, pero con una innegable claridad de metas y una ideología de respaldo muy desarrollada.

Podría decirse que, de manera general, la situación de las mujeres mexicanas es mejor ahora que hace veinte o cuarenta años. Contamos con mejores recursos legales e institucionales para brindarles protección, para perseguir a sus agresores, para prevenir los daños. Sin embargo, la realidad sigue siendo inaceptable. Las mujeres mexicanas viven con miedo. Los datos son escalofriantes. La lista de agravios es larga: asesinatos, violaciones, insultos, violencia doméstica, acoso sexual. Los grupos feministas que han salido a las calles a reclamar no quieren esperar otros veinte o cuarenta años para que las cosas terminen por componerse. Quieren seguridad ya, justicia ya, equidad ya. Lo que le están exigiendo a la sociedad mexicana es que deje de voltear hacia otro lado y vea el problema de frente. Tienen toda la razón.

Hace unos días, la Jefa de Gobierno, la doctora Claudia Sheinbaum, accedió a declarar una alerta de género en la Ciudad de México, algo que algunas organizaciones le habían solicitado desde hace tiempo. Me parece que la medida es adecuada. No sólo por la eficacia del instrumento, sino por el mensaje que envía. Sin embargo, no basta. Es apenas el principio. Lo más importante está por venir.

Llegó el momento del cambio. La sociedad mexicana tiene que transformarse. No es posible que sigamos como hasta ahora. La relación entre los hombres y las mujeres debe modificarse. Necesitamos otras reglas de convivencia. Y no podemos dejar para mañana lo que estamos obligados a hacer el día de hoy.

Para construir el nuevo orden tendremos que utilizar toda nuestra imaginación y toda nuestra sensibilidad. Habrá que escuchar, sobre todo, a las mujeres y, en especial, a las más jóvenes. Ellas son quienes habrán de tener la primera palabra. Sin embargo, esto no significa que tengan, además, la última palabra. Las jóvenes activistas también tienen que estar dispuestas a escuchar a los demás, a entenderlos, incluso a concederles parte de sus argumentos. El nuevo orden social que habrá de instaurarse deberá ser el resultado de un diálogo intergenérico e intergeneracional. Cada quien tendrá que poner de su parte. Soy optimista: creo que podremos lograrlo.