Verdades cercanas y verdades lejanas

TEATRO DE SOMBRAS

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¿Se puede saber toda la verdad? Me refiero no sólo la verdad acerca de éste o de aquel asunto, sino a toda la verdad sobre lo que hay. Si aceptamos que la frase “toda la verdad” denota algo —digamos, el conjunto de todas las verdades—, cabe preguntarse si puede ser conocido por alguna inteligencia. Una de las características que se han atribuido a Dios es que es el único ser que puede conocer toda la verdad. A ese atributo se le llama omnisciencia.

El ser humano que quisiera ser omnisciente tendría que conceder que aspira —por lo menos en este aspecto— ser un dios. He conocido personas ambiciosas, pero ninguna que sueñe con ser omnisciente.

Una respuesta es que la historia de la humanidad es, precisamente, la historia de cómo hemos aceptado ese reto fabuloso. Los seres humanos somos los únicos en el universo que han emprendido la búsqueda de la verdad, lejana y cercana. La ciencia médica, por ejemplo, nos ha revelado con una exactitud impresionante cómo nacemos, por qué nos enfermamos, cómo curarnos, por qué morimos

No pretender ser omnisciente no implica que no queramos saber más, muchísimo más de lo que sabemos y podremos saber en nuestra breve existencia. Diríase que un rasgo admirable de los seres humanos es que siempre quieren saber más. Si no conocemos todo lo que se puede conocer, nos conformamos con conocer más de lo que conocíamos antes.

Sin embargo, es un hecho que no todas las verdades nos dan lo mismo. Algunas nos importan más que otras. Sobre este dato, aparentemente trivial, quisiera hacer una reflexión.

Distingamos entre las verdades cercanas y las verdades lejanas. No me refiero a una cercanía o una lejanía espacial, sino a otra cosa. Digamos que las primeras son las que tienen que ver con nuestra vida, con nuestro entorno, con lo que nos es útil. Las segundas, en cambio, no tienen que ver con nuestra realidad inmediata, con nuestros intereses, con nuestros proyectos. Las primeras nos interpelan, las segundas no nos dicen nada.

Cada quien tiene su propio conjunto de verdades cercanas, determinadas por su individualidad específica. Para alguien que fue adoptado de niño, saber quién es su verdadero padre puede ser algo muy cercano. Sin embargo, para otra persona, incluso en condiciones semejantes, puede ser algo que le resulte muy lejano.

El fresco La creación de Adán, pintado por Miguel Ángel, en 1511. Foto: Especial

Lo mismo puede decirse de las colectividades. Cada generación, cada pueblo, cada civilización tiene sus verdades cercanas. Y si extendemos la idea al resto de la humanidad, podemos decir que ella tiene unas cuantas verdades cercanas, las que tienen que ver con su origen, su presente y su destino; y otras muchas verdades lejanas que le conciernen menos, a veces muchísimo menos, y, por lo mismo, le resultan prescindibles.

La distinción no es precisa —seguramente puede afinarse más— pero puede servir para plantearnos una interrogante sobre la relación entre la verdad y la vida.

Pongámosla de esta manera: ¿si a usted le dieran la oportunidad de saber todas sus verdades cercanas, aceptaría ese don?

Hay personas que dudarían frente a ese ofrecimiento. Las verdades cercanas pueden ser perturbadoras, dolorosas, lacerantes. Hay quien no podría vivir con todas ellas. La ignorancia puede ser una bendición. He conocido científicos que parecen dedicar todo su tiempo a investigar sobre asuntos lejanísimos, con tal de no enfrentar las verdades más cercanas a ellos mismos.

Cada generación, cada pueblo, cada civilización tiene sus verdades cercanas. Y si extendemos la idea al resto de la humanidad, podemos decir que ella tiene unas cuantas verdades cercanas, las que tienen que ver con su origen, su presente y su destino; y otras muchas verdades lejanas que le conciernen menos, a veces muchísimo menos, y, por lo mismo, le resultan prescindibles

Cambiemos el ejemplo y pensamos que la misma pregunta se le pudiera plantear a la humanidad entera. ¿Si se nos diera la oportunidad de conocer todas nuestras verdades cercanas, deberíamos aceptarla?

Una respuesta es que la historia de la humanidad es, precisamente, la historia de cómo hemos aceptado ese reto fabuloso. Los seres humanos somos los únicos en el universo que han emprendido la búsqueda de la verdad, lejana y cercana. La ciencia médica, por ejemplo, nos ha revelado con una exactitud impresionante cómo nacemos, por qué nos enfermamos, cómo curarnos, por qué morimos. Todas estas verdades, aprendidas a lo largo de los siglos, nos han permitido vivir más, con mayor salud, con mayor inteligencia. Más cercanía a la verdad no podría haber —diría un científico—.

Pero hay otra manera de ver las cosas. Se puede decir que, a pesar de todos los avances de la ciencia, los seres humanos nos resistimos a conocer —o quizá, mejor dicho, a reconocer— las verdades más cercanas a nuestra existencia. ¿Qué tanto buscamos con nuestros telescopios y microscopios? ¿Cuántas verdades distantes requerimos para atrevernos a mirar de frente las que tenemos al alcance de la mano? ¿Y por qué nos empeñamos en alejar esas verdades contiguas de nuestro círculo vital? ¿Acaso eso nos hace sentirnos como pequeños dioses impasibles?

Guillermo Hurtado

Guillermo Hurtado

Filósofo, investigador.
Guillermo Hurtado

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