La impunidad no puede ser refugio

Una flor en papel celofán
Por:
  • jacqueline tapia

Recordar desde dónde venimos nos permite darnos cuenta, por un lado, de los avances que como sociedad hemos tenido, y por otro, de que cuando las mujeres decimos que durante años ha existido un sistema opresor y que no se ha dado un trato igualitario  ni de equidad frente a los varones, no se exagera ni se está mintiendo.

¿Qué estaba pasando en el 2000, en la entrada al siglo XXI? Seguramente muchas y muchos recordarán cómo le dimos la bienvenida a esa nueva era; la humanidad se volcó en festejos, el futuro nos había alcanzado, la modernidad era cosa del pasado, éramos quienes habíamos alcanzado por lo menos 2 mil años de existencia, aunque sabemos que sobre la faz de la tierra hombres y mujeres tenemos muchos años más, y durante este tiempo, el sexo masculino creó leyes, normas y reglas, las cuales siempre les tenían como beneficiarios de privilegios, invisibilizando a las mujeres como sujetas de derechos. Por ejemplo, en la ahora CDMX al divorciarse una pareja, el hombre podía casarse al día siguiente, pero la mujer tenía que esperar casi un año. A las mujeres se les prohibía que tuvieran un trabajo que faltara a la moral “o lo que eso quisiera decir”. Los hombres podían desconocer a sus hijos e hijas si éstos nacían antes de los 6 meses del matrimonio y, en caso de no existir matrimonio, la madre era la única obligada en reconocer a los hijos; y qué tal esas otras normas en que la violación dejaba de ser un delito si el agresor se casaba con la víctima. Afortunadamente éstas ya no existen, pero tener presente que se tuvieron que derogar nos habla de una realidad que se mantuvo vigente por muchos años y que aún persisten varios de los motivos que les dieron origen.

Hoy podemos encontrar normas, leyes y reglamentos no sólo en la CDMX, sino en varias entidades federativas, que son redactadas con perspectiva de género, y entendiendo que hombres y mujeres somos iguales ante la ley. Desafortunadamente no sucede lo mismo con el acceso a la justicia, ya que al momento de ejercerla encontramos comportamientos que repiten los motivos de aquellas leyes y normas discriminatorias para las mujeres y que están llenos de mitos sobre por qué una mujer pone una denuncia, y no se han tenido los mismos avances que en las normas, pues no hay política pública ni legislativa que alcance para modificar conductas de menoscabo a la dignidad de las mujeres. Es por eso que urgen acciones que les hablen a los varones, que los pongan en la clara perspectiva de sus privilegios y en  línea de la urgencia de modificarse para que la impunidad deje de ser su refugio.

Así, hoy, en 2020, encontramos que las resistencias continúan hasta en los niveles más altos de nuestra democracia, minimizando la violencia o bien, llenando de paliativos que sólo atienden los hechos consumados, pero no la prevención, y que dejan en la carga de las mujeres las acciones para protegerse a ellas y sus familias. Avanzamos en los años de la humanidad, avanzamos en la construcción de normas, pero al parecer no hemos logrado avanzar para modificar  nuestras conductas.