La poesía y el año nuevo

Lecciones
Por:
  • juliot-columnista

Nos gustan los símbolos, y el año nuevo es uno muy poderoso para casi todos. “Yo no creo en el año nuevo”, me dijo alguien, “y mi único propósito del 31 de diciembre va a ser seguir así”.

Nos reímos juntos, aceptando la atracción que ejerce sobre nosotros la cuenta redonda, el ciclo que se cierra y se abre, el tiempo de las recapitulaciones y de los proyectos, el tiempo de la renovación. Algunos lo celebran porque creen que es una fiesta pagana, pero lo cierto es que empezamos a contar en algún momento cuyo marcador es cristiano. En el albor de los tiempos, un joven preguntó en qué año estaban: en el año 3, le respondieron. Pero yo tengo 19, dijo desconcertado… Hablando en serio: es difícil resistir la tentación de conmemorar de alguna forma el ciclo orbital de nuestro planeta alrededor del sol.

La poesía tiene muchísimos registros de dicha conmemoración. En 1940, W. H. Auden escribió una “Carta de Año Nuevo” que es un poema de mil setecientos versos (todo un libro) y que le llevó tantos meses escribir que casi se convierte en “Carta de Año Viejo”. En el poema, Auden profundiza sobre los problemas que entonces lo acuciaban: la guerra, la filosofía y la religión. Pero él mismo provocó un problema de orden más práctico: teniendo contrato con la prestigiosa editorial Faber & Faber, le ofreció el texto también a Hogarth Press y les cobró un adelanto. Cuando Hogarth Press anunció la publicación de Auden, T. S. Eliot, el gran poeta y editor de Faber, indicó que eso era ilegal. Al cuestionar a Auden, éste dijo con laconismo o cinismo: “No puedo hacer nada”. Finalmente, Eliot le pagó a Hogarth el adelanto que le había dado al listillo poeta…

Tal vez la mejor muestra de escepticismo ante la fecha es de un poeta japonés del siglo XVIII, que lo dijo todo en un haikú:

Día de Año Nuevo,

tanto esperar, ¿y qué?:

un día más.

En una de sus odas, Pablo Neruda coincide, en un principio, con el poeta japonés, cuando dice del día de Año Nuevo: “Como el pan se parece / al pan de ayer, / como un anillo a todos los anillos”. Pero unos versos después se desengaña: “Pequeña / puerta de la esperanza, / nuevo día del año, / aunque seas igual / como los panes / a todo pan, / te vamos a vivir de otra manera, / te vamos a comer, a florecer, / a esperar”.

Famosamente, Tennyson calló a las campanas que repicaban a las doce de la noche, pidiéndoles: “¡Dejad morir el año!” Y la genial Emily Dickinson, en su poema 269, reflexiona sobre el paso de los doce meses muy a su estilo: “Si ser ‘mayor’ es sentir más dolor, / hoy soy lo suficientemente grande”. Rubén Darío, para hablar de San Silvestre (a quien se conmemora el 31 de diciembre), fragua una rima marciana: “A las doce de la noche, por las puertas de la gloria / y al fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre, / sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria, / San Silvestre.” Kipling también hace votos de Año Nuevo, pero es precavido: “Un voto al año me sacará del paso…” Joseph Brodsky es sombrío, su poema “1 de enero 1965” comienza: “Los hombres sabios desaprenderán tu nombre. / Ninguna estrella brillará sobre tu cabeza”. Sabe que en ese principio de año no habrá regalos para él, pero recapacita y cierra su poema así: “Tu vida es el auténtico regalo”. Yo coincido con él: un año más de vida es suficiente motivo de celebración.