Martes 24.11.2020 - 17:58

¿Por qué es difícil cambiar?

Riesgos y oportunidades de la soledad
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La posibilidad del cambio tiene el poder de detonar ansiedad. El problema es que los cambios son inevitables, porque el tiempo pasa, envejecemos, la gente que amamos muere, cambiamos de ciudad o de trabajo, tomamos decisiones que nos hacen romper unos vínculos y empezar otros, y la lista es interminable e incesante. Frente a lo incontrolable, lo único útil es intentar fortalecer al yo para que pueda hacer frente con dignidad a todas las pérdidas intrínsecas a estar vivo. La forma cómo nos plantamos frente a las transiciones y transformaciones paulatinas o a veces abruptas, es una decisión y una responsabilidad personal.

Los cambios ocurren aunque a veces los negamos para convencernos de que no han ocurrido. Por ejemplo aferrándonos a lo que queda de niños tiernos, cariñosos y dependientes en nuestros hijos adolescentes, que ahora son mucho más distantes y autónomos. Cuando se decide una separación, o cambiar de casa, o hacer un viaje muy largo o romper con patrones destructivos intra o interpersonales, se interrumpe el flujo habitual de la vida y se rompe la forma conocida de funcionar. Es incómodo y aterrador, aunque exista la esperanza de que será para mejorar. Cuántos nos hemos quedado en relaciones amorosas, laborales o amistosas porque más vale malo por conocido, porque en el fondo tenemos miedo de que nadie más nos vuelva a querer o a valorar, así que preferimos la mediocriodad de lo que conocemos aunque seamos infelices. Cambiar es para valientes aunque no hace falta ser un terrorista emocional, porque los cambios pueden hacerse poco a poco, planearse, fragmentarse en pequeñas metas y así quitarles lo amenazante.

La forma en la que nos relacionamos con el cambio tiene que ver con nuestra historia del desarrollo. Si en la infancia aprendimos a desconfiar como método de sobrevivencia, el miedo a lo nuevo podría ser paralizante. Si en la etapa escolar nos sentimos en desventaja, fuimos acosados o no éramos los más populares o sociables, la vergüenza será una emoción que obstaculice la aspiración de otros horizontes. Es necesario haber consolidado un sentimiento de valor propio, de autonomía y de laboriosidad para ser capaces de decirle sí a las oportunidades de crecer aunque se corran riesgos al hacerlo. Si nunca terminamos de aceptar quiénes fuimos y somos hoy, evitaremos la incertidumbre. Ser capaz de decir “soy introvertido, analítico, iracundo, melancólico, gay y funciono mejor en los grupos pequeños” es indispensable para aventurarse hacia lo desconocido. En la forma de enfrentar el cambio influye el temperamento, la socialización temprana, el sistema de creencias y las experiencias de vida.

Si aprendemos a lidiar con los cambios, el riesgo de padecer ansiedad y depresión disminuye dramáticamente. Hay que evaluar el grado de control que tenemos sobre las situaciones, practicar el autocuidado después de las pérdidas, revisar patrones irracionales de pensamiento que suelen ser veloces, polarizantes y catastrofistas. Estar en el presente y mirar al pasado para buscar fortalezas, y lo más importante: encontrar nuestras prioridades: ¿Cómo quieres pasar el tiempo que te queda en el planeta? ¿Qué es lo realmente importante para ti? ¿En que estás desperdiciando tiempo y energía?