La pandemia y los políticos

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

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El coronavirus ha llegado para exponer sin tapujos el lamentable panorama de la política global en la tercera década del siglo XXI. Algunos líderes del planeta están demostrando la miserable idea del Estado que poseen y la frivolidad con que asumen su oficio, en un momento de riesgo vital para sus naciones. No es coincidencia que los mandatarios que peor lo están haciendo en nuestros días sean, precisamente, los que juntan, en una mezcla letal, el desprecio por el Estado y la milagrería populista.

El asesor científico de Boris Johnson, Patrick Vallance, recomendó al Primer Ministro que dejara penetrar el virus en el territorio británico. Según su racionamiento darwinista, en cada gripe viral mueren cerca de 8 mil personas. Sir Vallance contempló entonces un escenario en que se contaminaban más de 100 mil, pero morían sólo 20 mil británicos. El resultado le pareció “bueno dadas las circunstancias”, ya que se crearía una “inmunidad colectiva” y más personas serían capaces de sobrevivir a la enfermedad.

No fueron las protestas de Jeremy Corbyn y la oposición laborista o los informes críticos del Imperial College o de la Escuela de Higiene y Medicina de Londres, los que disuadieron a Johnson de cambiar radicalmente la estrategia y aceptar el protocolo recomendado por la OMS. Fue, curiosamente, la actitud inversa de sus homólogos en la Europa continental, Emmanuel Macron y Angela Merkel. El coronavirus ha obligado a Londres y Bruselas a aplazar las negociaciones del Brexit, en una suerte de perversa justicia biológica.

Donald Trump es otro político que actuó con escepticismo frente a la pandemia. Durante semanas negó la gravedad del virus y llamó a los ciudadanos a “relajarse”. Su confianza provenía más del triunfalismo patriotero que lo caracteriza que de un diagnóstico darwinista como el de Johnson. Aunque, pensándolo bien, hay también un darwinismo originario en ese nacionalismo conservador. El caso es que cuando Trump o sus asesores leyeron el mismo informe del Imperial College que leyó Johnson, advirtieron que el coronavirus era grave y, lo que es más importante, un fenómeno a su favor, ya que podía aprovecharse para atizar el aislacionismo y la xenofobia.

Jair Bolsonaro es, tal vez, el presidente latinoamericano que más ha destacado por su estulticia en el manejo de la pandemia. Tras regresar de una gira apoteósica por los Estados Unidos de Trump, el presidente brasileño se negó a restringir sus actividades públicas y participó en diversos actos masivos. No sólo eso, en cada una de sus comparecencias, Bolsonaro recurrió a la típica subestimación de la pandemia, aunque intentó tranquilizar a los brasileños recordando que todos vamos a morir. Bolsonaro, como otros líderes de la región, menospreció la plaga y luego amenazó con toques de queda y militarización del país.

El mejor contraste con esas actitudes irresponsables lo han ofrecido los mandatarios de Francia y Alemania, Emmanuel Macron y Angela Merkel. El presidente francés anunció un desembolso de 300 mil millones de euros para salvar empresas en quiebra y asumir créditos bancarios desde el Estado. También decretó la suspensión de pagos de impuestos, alquileres, cotizaciones sociales y facturas de agua, luz y gas. Tal vez fue ese atisbo de socialismo el que hizo decir al neomarxista Slavoj Zizek que el coronavirus era un golpe al capitalismo a lo Kill Bill.

Si un liberal como Macron ha actuado como socialista, una demócrata cristiana como Merkel enfrenta el Covid-19 como una republicana. La canciller alemana dijo que la pandemia es el mayor desafío de Alemania desde la Segunda Guerra Mundial y llamó a actuar como una “comunidad para la que cada vida y cada persona cuentan”. Fuera de todo triunfalismo nacionalista o superchería religiosa, estos líderes han entendido la terrible novedad de esta plaga, que amenaza con hacer colapsar el frágil andamiaje de la globalización.

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