Una oportunidad para la paz

Las sombras de Gray
Por:
  • armando_chaguaceda

La crisis política venezolana entró esta semana en un nuevo y agitado capítulo, de impredecibles consecuencias.

Por un lado, se produjo la asunción de Nicolás Maduro como presidente, para el periodo 2019-2025, en medio del cuestionamiento de los gobiernos de la Unión Europea, la mayoría de América Latina, los Estados Unidos y Canadá, entre otros países. Cuestionamiento que deriva de las flacas credenciales democráticas de la elección que le dio el triunfo, con niveles récord de abstención ciudadana, la inhabilitación de candidatos opositores y el veto a partidos políticos como Primero Justicia y Voluntad Popular.

De la acera del frente, la Asamblea Nacional —parlamento— llamó a desconocer lo que califica como usurpación, activando la protesta ciudadana y la solidaridad internacional. El nuevo titular del Legislativo, Juan Guaidó, hizo el llamado en medio de un cabildo abierto que reunió numerosos ciudadanos en un céntrico sitio de Caracas. Generando rumores sobre una evantual asunción sustitutiva de la presidencia nacional —desmentida luego por los portavoces de la Asamblea—, así como del posible apresamiento del dirigente parlamentario y la disolución del órgano legislativo por las fuerzas del madurismo.

Nadie puede ignorar, con independencia de a quien se adjudique las responsabilidades de la crisis —al asedio del imperialismo o al desastre gubernamental— la difícil situación que atraviesa Venezuela. La oleada de migrantes que arriba a Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y otras naciones vecinas; los niveles de inflación —con cifras de seis dígitos— y el desplome del PIB —de alrededor de un 50% del de 2013— y del salario —con honorarios de cinco dólares mensuales para un docente universitario— así como el deterioro de los servicios públicos han puesto en jaque a la población venezolana. El incremento de la represión, la censura y el cierre de espacios políticos acompañan la difícil situación. Frente a eso, la desesperanza cunde.

Justo en este trasfondo, los gobiernos del Grupo de Lima tomaron la iniciativa de desconocer al régimen madurista. Tras el fracaso de negociaciones entre gobierno y oposición auspiciadas por dicho foro regional —así como las impulsadas por representantes europeos y de la ONU— la postura del bloque regional se ha endurecido. Lo cual es respondido desde Caracas con acusaciones de injerencia y promesas de una mayor radicalización del rumbo.

En ese contexto la nueva postura de México, absteniéndose de apoyar las denuncias y sanciones contra Venezuela, es leída en doble clave. Para algunos se trata de una reedición de la Doctrina Estrada, que desentiende al gobierno azteca de los conflictos internacionales bajo el mantra de la no injerencia a los asuntos internos de otros países. Para otros, el giro podría producir la oportunidad de retomar el diálogo entre las partes enfrentadas, actuando México como mediador. Esta última opción, acompañada por gobiernos moderados del Grupo de Lima, como Costa Rica, y otros ajenos al bloque, como Ecuador, podría funcionar, de haber voluntad de las partes. Ojalá sea ejercido este rol facilitador por la cancillería mexicana, reeditando buenas experiencias como la de la pacificacion de Centroamérica en los años 80. Dando una nueva oportunidad a la paz en la sufrida Venezuela.