Con ustedes, Lucia Berlin

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Imaginemos a una niña que ha vivido ya varias mudanzas, que va de una escuela a otra, que no se separa de un corset ortopédico que la aliena de los otros niños, que es la única protestante en un colegio católico y que consigue ganarse el cariño de las monjas porque sólo ella se atreve a limpiar las trampas de los ratones. Agreguemos una madre alcohólica y un padre ausente, y coronemos la receta con un abuelo dentista que un buen día le pide a su nieta que le saque todos los dientes… Podría ser un cuento de Charles Bukowski pero es la infancia de Lucia Berlin, potente escritora estadounidense que nos tardamos demasiado tiempo en descubrir.

Lucia Berlin murió, semi ignorada, en 2004, el día que cumplió 68 años de edad. Aunque había publicado en la revista de Paul Bowles y Robert Creeley había sido su maestro, en vida careció de lectores y reconocimiento, pero no de deudas, que se vio obligada a cubrir con los más diversos trabajos, incluyendo el de “mujer de la limpieza”. Siempre batallando contra su propio alcoholismo, manteniendo a los cuatro hijos que tuvo con tres matrimonios (el último, Buddy Berlin, un galán encantador que hospedaba secretamente una adicción por la heroína) y viviendo una itinerancia que la llevó de Alaska a Texas, de ahí a Chile, de ahí a Nueva York, de ahí a México y a varios lugares más hasta morir en Los Ángeles, la vida de Berlin basta y sobra para poblar la temática de todos sus cuentos.

Su obra completa consta solamente de 77 relatos, pero cada uno de ellos es intensísimo, de una honestidad tan encantadora como brutal. Se autorretrata ferozmente, pero al mismo tiempo cuela rachas de casi imposible ternura y amor por la vida. Se le ha comparado, con razón, con Raymond Carver, maestro del corto aliento y de los infiernos domésticos, de estampas cotidianas en las que parece que no acontece nada y que en realidad son catástrofes mudas, casi inadvertidos desbarrancamientos. Carver, sí, pero también Chéjov… Despojada de todo ornato, la prosa de Berlin va al grano, ataca su tema y desaparece: pum pum pum. Uno termina de leerla y le cuesta volver a su propia realidad, tan sumergido estaba en las atmósferas familiares, urbanas, sociales, personalísimas de la Berlin. Un relato suyo, titulado “Mi jockey”, es una obra maestra de cinco párrafos en el que cuenta cómo recibe, siendo enfermera, el cuerpo roto de un jockey después de una caída en una carrera de caballos. Más allá del dolor, la enfermera ve la belleza de ese cuerpo diminuto y fracturado y se maravilla… Eso es todo, pero la estampa es redonda y no requiere una coma más…

Una selección de los cuentos de esta extrordinaria escritora (Manual para mujeres de la limpieza) se publicó el año pasado y ya ha vendido muchísimo más que todo lo que Berlin publicara en vida… Tardamos en descubrirla pero sus textos ahí están, crudos y bellos, retratos implacables de una vida que fue, según la entiendo yo, más elegante que sórdida, siempre como tensada por una noble resistencia, una imperturbable dignidad. Qué lujo poder descubrir toda una escritura, toda una prosa a estas alturas de la vida. La obra de Berlin no tiene desperdicio.

julio.trujillo@3.80.3.65

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