Desgracias y enganos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Guillermo Hurtado

La Ciudad de México es el escenario diario de miles de tragedias humanas. Hay que tener muy duro el corazón para no conmoverse ante todo el dolor que se presencia.

Pero hay veces en las que no sabemos si el drama es real o es un engaño.

Cuando vamos por la calle se nos acercan personas para pedirnos dinero con todo tipo de historias. Algunos llevan vendajes que se nota a leguas que son espurios. No falta el individuo que todos los días y en la misma esquina pide dinero para regresar a su pueblo porque, según dice, le robaron todo en la estación de autobuses.

Hay quienes se indignan con estas estafas. El mendigo que finge ser ciego para ganar unos pesos, no sólo ofende al ciego de verdad, sino que le hace una competencia injusta a la hora de pedir limosna. Pero aunque la historia que nos cuenten sea falsa, muchas veces es fruto de una necesidad genuina y, por lo mismo, merece nuestra conmiseración.

Sin embargo, hay veces que la duda nos persigue. Permítanme contarles una anécdota.

Hace muchos años caminaba por la zona norte de la ciudad y al doblar una esquina vi algo que nunca he olvidado. Sobre la calle había una bicicleta tirada, en la parte posterior del vehículo había una caja de madera, las puertitas de la caja estaban abiertas de par en par, y sobre el piso, aplastadas en una mancha multicolor, decenas de gelatinas de todos los sabores. A un lado de la bicicleta, sentado sobre la banqueta, un jovencito lloraba desconsoladamente.

La calle estaba vacía. Me detuve sin saber qué hacer. Entonces vi que un auto frenaba a unos metros y que de él salía una mujer que se acercó al joven para consolarlo o para ofrecerle ayuda. Seguí mi camino, llevaba prisa, pero mientras más me alejaba, peor me sentía. ¿Por qué no había hecho nada para auxiliar al miserable muchacho?

Pasaron los años y no sé por qué en una reunión conté esa experiencia. Para mi sorpresa una conocida me aseguró que ella había visto exactamente lo mismo por esa zona de la ciudad: el ciclista que había caído, las gelatinas desparramadas por el piso, la desesperación del muchacho por haber perdido su mercancía del día.

¿Acaso mi conocida había pasado por el mismo sitio en ese mismo día? ¡Sería una coincidencia extraordinaria! ¿O es que ella presenció el mismo accidente con otra víctima? ¡Otra coincidencia no menos extraña! ¿O acaso se trataba de un truco genial para sacarle dinero a las personas caritativas? La imaginación de los pillos es muy grande: es fácil conseguir unas gelatinas viejas, tirarlas al piso y luego ponerse a gemir sobre la banqueta para esperar a un buen samaritano que suelte un billete.

Al día de hoy sigo dándole vueltas a esas preguntas.

guillermo.hurtado@3.80.3.65