Don Artemio y el doctor Meraulyock

Chivas 1 – 2 América, Marcador Final
Por:
  • larazon

No tiene sentido seguir escribiendo esta columna, pretendidamente metropolitana, sin saludar a Don Artemio de Valle Arizpe, elegante escritor que fuera nombrado cronista de la ciudad de México en 1924.

La posteridad no ha sido muy amable con Don Artemio. Es cierto que sus libros están en todos lados, sobre todo en las librerías de viejo, pero más como un venerable tapiz que como una literatura viva. Además, el factor aritmético pesa: sus libros son 48, ni más ni menos, así que es muy probable que si usted frecuenta librerías y bibliotecas, tarde o temprano termine topándose con algún título suyo. Y es que Don Artemio procuró un estilo literario tan arcaizante que hoy pertenece, por méritos propios, a un pasado que parece mucho más remoto de lo que es. Alfonso Reyes y José Vasconcelos, sus contemporáneos, son prosistas más jóvenes que él. Pero la juventud y la novedad no eran atributos que le interesaran a Don Artemio: él era un escritor de la Colonia perdido en el México del siglo XX. Su casa, dicen, era un verdadero túnel del tiempo: ingresar en ella era retroceder 300 años e instalarse en un hábitat perfectamente virreinal.

Leerlo es también viajar en el tiempo. Él mismo se consideraba un “escapista”, una sensibilidad aterrada ante la zozobra de la Revolución que decidió huir hacia atrás y reinventar la Nueva España. Nuestros mejores críticos literarios han querido salvarlo, no sé si con éxito. José Luis Martínez escribió sobre él: “Su larga frecuentación de las cosas de la Colonia le ha llevado en sus obras de ficción a inventar un estilo arcaizante, falso o verdadero, y a recrear tipos y ambientes con la habilidad del consumado erudito y la viveza del buen novelista, mezclando con desenfado libertad e imaginación”. Mmm, no sé, como que no suena muy convencido. Christopher Domínguez Michael necesita destruirlo para elogiarlo: “La obra de Valle Arizpe es vasta y extraña. Puede ser aburrida, pusilánime e intrascendente como pocas. Pero cuando el autor alcanza a sintetizar las complejas especies de su cocina, logra platillos no sólo excéntricos sino únicos”. Pero el autor de El Canillitas y de La Güera Rodríguez resiste, ahí están sus libros, que no sé si se reediten. ¿Alguien lo leerá?

A mí me interesa más el cronista de la ciudad, el autor de libros como La muy noble y leal Ciudad de México, según relatos de antaño y hogaño (1924), Historia de la ciudad de México, según relatos de sus cronistas (1939), Cuadros de México (1943), Calle vieja y calle nueva (1949) e Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México (1957). La palabra clave es “leyendas”, género de veracidad indemostrable llevado a su cumbre por Don Artemio, quien reunió cientos o miles de leyendas y las usó como materia prima para la reconstrucción de una ciudad de México única, fascinante y muy probablemente irreal. So what?

Tomo un ejemplo de su libro Cuadros de México. Se trata del texto “El doctor Meraulyock”. Ahí, Don Artemio cuenta cómo había gran expectación entre “los buenos y pacíficos habitantes de la ciudad de México” ante unos carteles que se habían fijado en todas las esquinas, donde se anunciaba la presencia de un doctor “que a cualquier enfermedad le daba remedio”. Le dejo la voz al autor:

Por fin, ¡oh gozo!, el gran doctor Meraulyock apareció arriba de una soberbia carroza ante el asombro de la gente, ataviado con su extrañísimo traje lleno de faralaes, con mucho ringorrango y firuletes. Era de una verbosidad excesiva el tal doctor. Desataba la tarabilla en fantásticos diluvios de palabras. No se había visto un hombre más picudo y parlero que Meraulyock. Hablaba a hilván, a borbotones, a chorretadas. No sé cómo de tanto parlar no se le secaba la humedad del cerebro. Esta locuacidad inacabable usábala para anunciar un elíxir misterioso, el aceite de San Jacobo, con el que no había mal que se le resistiera.

Se sospecha ya hacia dónde se dirige Don Artemio. Unos párrafos después, concluye:

Por dificultad de pronunciar el nombre extranjero del afamado médico, se le cambió por el de Merolico con el que se asemejaba por el sonido, y no sólo se popularizó éste, sino que así se les empezó a decir en todo México a los desenfadados charlatanes que engañaban con embaucamientos e ilusiones.

Como lectores, no sabemos si Don Artemio nos ha regalado un dato duro o no, y no nos importa. Lo que nos gusta es, de vez en cuando, empalagarnos con su prosa (¿ringorrango y firuletes?) y condimentar nuestra conversación con sus leyendas.

fdm