El TLCAN bajo fuego

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Hace dos años se celebraron las primeras dos décadas de existencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Recuerdo que en nuestro país se realizaron grandes eventos por parte de instituciones como COMEXI o la SRE, en los que los principales negociadores y actores involucrados en la firma del tratado se reunieron para hacer una evaluación de las consecuencias del mismo para México. Si bien había puntos de mejora, el consenso era en que el TLCAN había tenido un impacto positivo en nuestra economía.

Esta perspectiva no se ha limitado a los analistas, empresarios y especialistas en política exterior, sino que es compartida por una buena parte de nuestros conciudadanos: de acuerdo con un estudio de Consulta Mitofs-

ky realizado el mes pasado, 64% de los encuestados consideran que el TLCAN ha sido algo bueno para nuestro país. En el extremo, ni Andrés Manuel López Obrador, con todo y su retórica nacionalista trasnochada y su continuo señalamiento del neoliberalismo como único responsable de nuestras tragedias, ha declarado que deberíamos abandonar o siquiera renegociar el Tratado.

Por ello, para nosotros fue como un balde de agua fría escuchar que el Tratado estaba siendo cuestionado desde varios frentes en nuestro principal socio comercial: desde el lado demócrata, el precandidato Bernie Sanders señaló las consecuencias negativas para los trabajadores y los jóvenes; desde el republicano, Donald Trump, no paró de repetir que éste era “el peor acuerdo en la historia de los Estados Unidos”. El primero no logró superar la maquinaria política de los Clinton, mientras que el segundo casi de manera segura no llegará a la presidencia, víctima de sí mismo. Sin embargo, Hillary Clinton también ha adoptado una posición similar.

A lo largo de los debates y de la campaña, Hillary ha reconocido que el TLCAN debe ser revisitado y renegociado. Inclusive ha señalado que designaría a un funcionario como “Trade Prosecutor”, una especie de zar comercial encargado de revisar aquellos acuerdos que no beneficien a los Estados Unidos. Por lo tanto, sin importar quién llegue a la presidencia en las elecciones de la siguiente semana, tenemos que estar preparados para una evaluación integral del Tratado y de un debate más amplio sobre cómo queremos relacionarnos con nuestro vecino.

Para ello, tenemos que comprender la dinámica laboral con nuestro vecino, y que esta oposición al TLCAN no surgió de la nada, sino de la percepción de que la tragedia económica y social que vive una buena parte de la población blanca sin educación universitaria (y otros sectores poblacionales en diferente medida), es consecuencia de la fuga de empleos hacia México. Que el Nuevo Detroit esté en México y la ciudad norteamericana de Detroit esté prácticamente quebrada, es una potente arma discursiva para que Estados Unidos busque replegarse hacia sí mismo.

Con esto en mente, vale la pena que comencemos un ejercicio de reflexión, más allá de señalar los puntos en que el Tratado nos ha beneficiado, y nos preparemos frente a una discusión pública que se avecina en la que se redefinirá cómo queremos que sea nuestra relación.

leonugo@yahoo.com.mx

Twitter: @leonugo