Viernes 4.12.2020 - 19:30

La Constitución hace cincuenta años

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Un crítico contemporáneo podría describir los festejos de 1967 como ridículos. A los mexicanos nos encanta redactar leyes, modificar las leyes, estudiar las leyes e incluso exhibirlas en vitrinas de museo; todo menos obedecerlas.

La fastuosa celebración del cincuentenario de la promulgación de la Constitución de 1917 no se puede comparar con los modestísimos festejos de la Carta Magna en 2017. Gracias a una investigación que realiza la Dra. Virginia Guedea, Coordinadora del Seminario de Investigación sobre Historia y Memoria Nacionales de la UNAM, he podido enterarme de los detalles de la ceremonia de 1967. Hago aquí una crónica veloz de los sucesos.

En 1967, la Constitución todavía era el símbolo vivo de la Revolución. Y ese símbolo era el que le daba legitimidad al Estado nacional que se denominaba a sí mismo como revolucionario

El texto original de la Constitución de 1917, que se encontraba en el Palacio Nacional, fue depositado en una urna transparente, como si se trataran de las reliquias de un santo o de un héroe. En otras urnas se colocaron los originales de las Constituciones de 1857, de 1824 y de Apatzingán. Ahí fueron despedidas por el Secretario de Gobernación —en aquel entonces, el Lic. Luis Echeverría— el Secretario de Defensa y el Director del Colegio Militar —vestido con uniforme de gala—. Un grupo de cadetes del Colegio llevaron las Constituciones al patio del Palacio en donde las colocaron en vehículos militares que, en medio de aplausos, salieron rumbo a la ciudad de Querétaro. La caravana se detuvo en varias ocasiones para que las autoridades locales le rindieran homenajes. Por fin llegó al Estado de Querétaro, en donde el Gobernador la recibió emocionado, no sin dejar de mencionar que el Estado de Querétaro tenía un papel central en la historia de la Patria: fue ahí donde comenzó la conspiración de la Independencia, fue ahí en donde acabó el Imperio de Maximiliano y fue ahí en donde el 5 de febrero de 1917 nació nuestra Ley Suprema, culminando, de esa manera, un camino histórico por la libertad y la justicia social que había comenzado el 16 de septiembre de 1810.

La ceremonia en el Teatro Juárez de Querétaro fue una de las más solemnes que se recuerdan de la vida republicana mexicana. Los legisladores sobrevivientes de 1917 estaban presentes como testigos de honor del festejo. El presidente Gustavo Díaz Ordaz, visiblemente conmovido, recibió las urnas con las leyes que construyeron la nacionalidad. Se tocó el himno nacional y se recordó, de manera muy especial, al Primer Jefe de la Revolución, Don Venustiano Carranza.

En 1967, la Constitución todavía era el símbolo vivo de la Revolución mexicana. Y ese símbolo era el que le daba legitimidad al Estado nacional que se denominaba a sí mismo como revolucionario. La Constitución era una especie de texto sagrado de la Patria. Por eso no debe extrañarnos que hace cincuenta años, en Querétaro, la gente del pueblo se hincara y se persignara frente a ella.

La Constitución era una especie de texto sagrado de la Patria. Por eso no debe extrañarnos que hace cincuenta años, en Querétaro, la gente del pueblo se hincara y se persignara frente a ella

Un crítico contemporáneo podría describir los festejos de 1967 como ridículos. A los mexicanos nos encanta redactar leyes, modificar las leyes, estudiar las leyes e incluso exhibirlas en vitrinas de museo; todo menos obedecerlas. ¿Para qué toda esa parafernalia si la ley no se cumplía en 1967?

No estoy seguro de que ahora estemos mejor que antes. Me parece que para cumplir la ley, ayuda que se le respete. Es posible que hace cincuenta años se le tenía más respeto —genuino, quiero decir, no de dientes para fuera— a la ley de lo que le tenemos ahora. La Constitución de 1917 todavía no se había reformado tanto y de manera tan profunda. Preservaba aún la huella tibia de los hombres que la redactaron con el compromiso de darle a los mexicanos una ley que respondiera a los motivos que los habían llevado a la Revolución. Hoy en día, la Constitución ha perdido su íntima relación con la Revolución de 1910. Las reformas constitucionales salinistas mutilaron su sentido original y, a partir de entonces, las cuantiosos añadidos y modificaciones le han dado un perfil que poco o nada tiene que ver con el texto promulgado en 1917.

Para quienes pensamos que la ley la hace el pueblo, que es la voluntad del pueblo hecha palabra —o de dicho de otra manera, que la ley no baja del cielo, que no procede de derechos eternos que nadie sabe dónde están inscritos, que no se desprende de normas hechas por organismos internacionales— la Constitución de 2017 no tiene el mismo valor que la Constitución de 1917. La obedecemos, pero no la respetamos.