La Línea 13

Corría el año 1958 cuando Bernardo Quintana Arrioja, fundador de Ingenieros Civiles Asociados (ICA), presentó al entonces regente de la Ciudad de México, Ernesto P. Uruchurtu, el anteproyecto de lo que sería a la postre uno de los sistemas de transporte colectivo más grandes del mundo.

Pero las obras para la construcción de la primera línea del Metro tuvieron que esperar casi una década para que, finalmente, a través de un crédito pactado con el gobierno de Francia, se iniciara la construcción de la Línea 1, que corría de Zaragoza a Chapultepec. Fue el presidente Gustavo Díaz Ordaz quien dio el banderazo de salida de esa magnífica obra pública.

En la actualidad el Metro transporta a más de 4 millones de pasajeros diarios, una cifra impresionante y que no obstante es insuficiente dado los graves problemas de movilidad que sufre la capital del país. De las 12 líneas del Metro que existen, 10 fueron construidas e inauguradas por gobiernos emanados del PRI; por aquellos gobernantes creadores de instituciones e infraestructura; por aquellos que, como dicen algunos, “robaban pero dejaban”. Y aunque nunca me ha gustado esa justificación para la corrupción, la frase tiene algo de verdad.

Una línea más, la B, fue inaugurada por el presidente Ernesto Zedillo, pero esta vez siendo Jefa de Gobierno sustituta Rosario Robles. Así las cosas, el único nuevo tramo de ese sistema construido bajo los designios de la izquierda gobernante ha sido la cuestionada Línea 12, que bien pudiera ser rebautizada como la 13 por todos los infortunios que consigo ha traído.

Hace unos días el Segundo Tribunal Colegiado en Materia Administrativa dio un revés al gobierno capitalino, que exigía una liquidación de 2,177 millones de pesos al consorcio constructor ICA, Carso y Alstom. Esta obra, impulsada por Marcelo Ebrard, ha sido un verdadero dolor de cabeza tanto para el gobierno de Miguel Ángel Mancera como para los capitalinos en general.

Nunca, desde 1967, se había escuchado de problemas en la construcción; mucho menos presenciamos jamás un debate público sobre las ruedas de los vagones y los durmientes de las vías. Y aunque pueda sonar ridículo, el debate es de fondo, porque la obra civil y el equipamiento tuvieron un costo al erario de 47.9 mil millones de pesos, un poquito más caro que lo que saldría el tren bala de México a Querétaro.

Pero cuando el responsable de todo este lodazal puede vivir tranquilamente en Francia, con absoluto desenfado y sin trabajar; cuando puede darse el lujo de “rentar” una mansión en la colonia Roma sin habitarla, mantener a dos familias y encima viajar por el mundo libremente, se hace evidente que estamos en pañales en materia de combate a la corrupción.

Ebrard juega en la misma liga que Duarte y Borge, pero por alguna razón de difícil comprensión la corrupción de los políticos de izquierda tiene la fortuna (para ellos) de ser tratada de una manera más benevolente por la sociedad.

¡Basta ya de simulaciones e hipocresías! Sin importar colores o ideologías, empecemos por dignificar el servicio público y a castigar a quienes abusan del privilegio de servir a los demás. Mal harían los gobiernos local y federal en dejarlo pasar. O todos coludos o todos rabones, dice otro refrán popular.

Twitter: @RudyCoen

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