Lunes 30.11.2020 - 16:43

La persona como cliente

Indignación y transformación
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La distinción metafísica, moral y política entre el ser humano y la persona se ha trazado de diversas maneras a lo largo de la historia de Occidente. La dignidad de ser una persona se ha negado a los niños, las mujeres, los extranjeros, los esclavos, los incapacitados y demás seres humanos. Las razones que se han aducido para esta discriminación son complejas, por lo que no las expondré aquí. Basta con señalar que, de acuerdo con estas doctrinas, se nace ser humano, pero se llega–o nunca se llega– a ser una persona.

En el mundo de hoy la plenitud de la persona se adquiere en el momento en que uno se convierte en cliente. El sistema mercantil es el que, en verdad, otorga ese título y el Estado le sigue dócilmente. Y es que no es lo mismo ser ciudadano –condición reconocida por el Estado, casi siempre a partir de la mayoría de edad– que ser una persona hecha y derecha. En la actualidad la persona es el consumidor que tiene un registro en alguna base de datos de una o más compañías. Ese registro es lo que permite que ese individuo pague impuestos, es decir, colabore en el sostenimiento del Estado.

Desde hace tiempo se ha otorgado a los bancos el registro definitivo de la persona como cliente. Cuando llegué a vivir a Inglaterra, a los veintitrés años, se me informó que lo primero que yo tenía que hacer era abrir una cuenta bancaria. No se entendía que una persona de mi edad no tuviera una cuenta que le permitiera tener una chequera, solicitar un préstamo o recibir un pago. Ser mayor de edad y estar fuera del sistema bancario se consideraba algo rarísimo. La situación en México en aquella época —mediados de los años ochenta— era muy distinta. El porcentaje de mayores de edad que no tenían cuenta bancaria resultaba sorprendente —diría escandaloso— a mis amigos ingleses.

A pesar de todos los esfuerzos que han realizado los bancos privados, alrededor de la mitad de los mexicanos aún no tiene cuenta con ellos. Sin embargo, el sistema mercantil se las ha ingeniado para convertir a la enorme mayoría de los mexicanos en clientes, es decir, para otorgarles un número en una base de datos. Si no tienen cuenta bancaria, sí son clientes de alguna compañía telefónica o, por lo menos, de una cadena de tiendas de conveniencia.

Se podría decir que en el sistema capitalista ser cliente es participar de manera activa en la principal actividad de la comunidad. Quien se resiste a ser cliente, le da la espalda a la práctica integradora, al ritual más básico, de la sociedad. Este precepto me incomoda. Pero quizá no debería quejarme. Si usted, estimado lector, puede leer esta modesta reflexión es porque también es un cliente.