Le Pen: dar el zarpazo

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Por:

Julián Andrade

La primera vez que me topé con el Frente Nacional fue en el muro de un puente de París. Con grandes brochazos de pintura azul habían escrito: “La izquierda los engaña” y debajo: “Detengamos la invasión”.

Eran los años ochenta. El autor de los mensajes, Jean-Marie Le Pen, no tenía empacho en lanzar un discurso racista contra los inmigrantes, sobre todo africanos, y acusar a los socialistas de estar quebrando el espíritu de Francia.

Transcurrían los primeros años del mandato de Françoise Mi-tterrand, quien había triunfado “a contracorriente de la ideología dominante”, como describió, con puntualidad, Jean Daniel en Les religions d’un president.

La irrupción radical no era uno de los desafíos urgentes, pero el huevo de la víbora estaba ahí.

Le Pen convocaba a los sentimientos subterráneos, a los grupos marginales y a quienes no tenían empleo y creían que la culpa de su situación provenía del exterior y de las amenazas constantes a la identidad.

La ultraderecha del FN es anímica y rompe con cualquier complejo de culpa. En los últimos 30 años ha avanzado hasta convertirse en una seria amenaza para la democracia.

Le ha faltado, sin embargo, el seducir a la derecha tradicional, levantando los obstáculos que aún le quedan para profundizar en su poder.

Hasta ahora los partidos tradicionales lo han impedido. Cerrar el paso a los radicales fue y es una convicción de las corrientes republicanas, pero nada garantiza que esto sea para siempre.

Esto lo sabe Marine Le Pen, la presidenta del partido e hija de su fundador, y por ello está impulsando un deslinde de las concepciones más polémicas y de los guiños al nazismo.

Hace unas semanas el viejo Le Pen declaró que los hornos crematorios, en los campos de concentración, eran “un incidente de la historia” y ello abrió una polémica dentro de la familia.

Europa recordaba, por esos días, el fin de la guerra y la derrota de Hitler y lo último que necesitaban en el FN era que los ligaran a los criminales.

El presidente honorario fue destituido de su cargo y ya amenazó con construir una alternativa. Inclusive se burló señalando que “el FN terminaría convertido en el principal partido antirracista”.

La grave es la persistencia de grupos y visiones que reivindican una de las mayores atrocidades de la historia y que al parecer están dispuestos a recorrer caminos similares.

Están ahí, a la espera de dar el zarpazo, aprovechando el desencanto democrático y el repudio de sectores cada vez más amplios a los partidos históricos.

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