Viernes 18.09.2020 - 08:55

No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses

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Uno no tendría dos tercios de sus problemas si no jugara la lotería de las relaciones sexuales. El sexo desordena nuestras vidas normalmente ordenadas. No importa cuánto sepas o pienses, no importa cuánto finjas o planees: no estás por encima del sexo.

Con la muerte de Philip Roth, el martes, muere el novelista estadounidense contemporáneo del sexo, por mucho que se diga que muere el escritor con mejores ojos para la realidad americana de la posguerra y su estela de poderío y libertad, grandeza y brillo, impureza y crueldad.

Nunca un escritor es inmortal si no nos deja una pequeña gran obra maestra. Hemingway dejó El viejo y el mar; Thomas Mann, El pequeño señor Friedemann; Vargas Llosa, Los cachorros; Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. Roth, El animal moribundo (Alfaguara).

A diferencia de La mancha humana (Alfaguara), donde Roth toca el sexo como una corrupción redentora que contrarresta la idealización de la especie y nos hace conscientes de la materia que somos, en El animal moribundo el sexo es el fulgor de la belleza, la sana locura del deseo.

David Kepesh, un profesor de literatura, de 62 años, tiene una relación amorosa con una chica de 24, de boca arqueada y cutis pálido, que lleva desabrochados los tres primeros botones de la blusa y deja ver unos pechos poderosos y bellos.

A su edad, el seductor, culto, el hombre atractivo David Kepesh, quien ya estaba de vuelta en todo, descubre lo que recrea de manera magistral James Buchan en El arado de oro (Tusquets): que tú no sabes que estás enamorado hasta que corres para coger el Metro o lavas los platos del desayuno.

Y Consuelo Castillo se instala en sus pensamientos. No necesariamente ella completa, con su decoro, su estilo cautamente soigné, sus pezones grandes, pálidos, color marrón rosáceo; su vello púbico liso, aplanado (“el vello púbico es importante porque retorna”), sino el sexo de Consuelo.

Porque en el sexo no existe un punto de estancamiento absoluto. No existe ninguna igualdad sexual y no puede existir, porque no existe una manera de manejar métricamente esa cosa tan salvaje, como la desestabilización radical que es la excitación. Esto lo narra Philip Roth con una hermosura única.

Cuando muere un autor, la gente corre a la librería por sus obras y los libreros recomiendan los volúmenes más gruesos y reconocidos: los hace parecer críticos literarios. Y porque los macizos suelen ser más caros. Con Roth, vale la pena buscar las 170 páginas de El animal moribundo.

Uno se regodea en un mar de placer y sabrosura, de celos y desesperanza, de agonía. Pero siempre prendido por esa música sensual…

Por esa pistola humeante que es el sexo.