¿Nuevas democracias?

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Otto Granados

Hasta la década de los años ochenta del siglo pasado, y más tardíamente en algunos casos como México, el mundo parecía pensar que había ingresado a una era irreversible de transiciones políticas y consolidaciones democráticas. Lo que no imaginamos, quizá, es que con el tiempo ese régimen podría sostenerse, pero no necesariamente la forma de entenderlo y de practicarlo.

Los informes internacionales hablan de que más de dos terceras partes de los Estados viven bajo sistemas democráticos formales. Los hechos, sin embargo, han dado lugar a nuevas modalidades. Existen países en donde la democracia ha derrotado a las dictaduras y a los regímenes autoritarios; otros en donde la democracia sirve para minar a la democracia misma; otros más en donde las prácticas políticas plantean un regreso a formas predemocráticas. Y uno que otro, como ahora mismo sucede en Oriente Medio, en donde ciertos instrumentos nada democráticos pueden ser usados, aparentemente, para reestablecer una convivencia y un marco institucional razonablemente democráticos.

En cualquiera de esas variantes subyace ciertamente el hecho de que el mero cascarón democrático no asegura que se viva bajo ese régimen, con todo lo que ello supone —libertades, separación del Estado y las iglesias, laicismo, pluralidad de credos, división de poderes, etc.—, sino simplemente una etiqueta vacía de contenido.

Más aún: es probable que en una o dos décadas ya ni siquiera sea ésta la discusión sino, que el mundo pasará a vivir en sociedades posdemocráticas en donde las elecciones o los arreglos institucionales serán apenas la decoración de las nuevas formas en que se ejercerá la disputa por el poder y la vida política.

Por ejemplo, el apoyo a la democracia en América Latina, es decir la aceptación de que es un régimen preferible a los demás, bajó del 61% al 58% desde 2010 a la fecha y en catorce de los 18 países medidos en la región se registra una disminución. Pero la satisfacción con la democracia, es decir la percepción de que funciona bien, apenas alcanza un 39%.

Este panorama supone fenómenos por un lado inéditos, porque reflejan una diferente composición demográfica de la sociedad; nuevas formas de interacción, organización y participación ciudadana; grupos de población más demandantes y más integrados en las clases medias; categorías analíticas y motivaciones distintas a las de generaciones anteriores, y, lo más importante, una vida pública con crecientes grados de “desintermediación” entre organizaciones tradicionales y sociedad, y una comunicación más horizontal y directa que prefigura lo que se empieza a llamar e-democracia.

Pero por otro esos mismos rasgos pueden conducir, y de hecho ya sucede, a incentivar demandas sociales más rápidas y visibles, respuestas políticas más efectistas que efectivas, y, por ende, el regreso a prácticas que se creían desterradas y a cierto grado de disolvencia institucional.

De continuar esta tendencia, lo que veremos, tal vez, es una nueva forma de organización con menos políticos convencionales, menos partidos y menos medios, pero con más ciudadanos, más redes y más decisiones directas. ¿Será?

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