Podríamos extrañar el 2009

Podríamos extrañar el 2009
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La falta de cohesión nacional en la lucha contra el narcotráfico nos puede acarrear un año de pesadilla.

El poder económico y de fuego de los grupos narcotraficantes es infinitamente mayor al de la guerrilla que estalló en Chiapas en enero de 1994.

En este año emblemático, 2010, los cárteles de las drogas se van a tratar de confundir con grupos que enarbolan demandas sociales.

Necesitan el río revuelto para continuar su lucha contra el Estado.

Organizaciones armadas que dicen tener motivaciones de orden político —o que genuinamente las tienen— son los aliados más atractivos para los narcos en el año que inicia.

La confluencia de organizaciones guerrilleras y grupos de narcos en algunos puntos del país es lo más peligroso que tenemos enfrente para este año.

Esa alianza puede desestabilizar al país, porque ése es el objetivo común.

Y lo puede desestabilizar si la sociedad permanece confundida acerca de qué está en juego en la lucha contra el narco.

Obviamente el tráfico de drogas es una actividad que no se va a acabar nunca.

Sería absurdo, e imposible, que el gobierno se propusiera terminar con esa actividad ilícita mientras haya consumidores de éste y del otro lado de la frontera.

Pero lo que no puede permitirse es que las agrupaciones dedicadas a esa actividad suplanten al Estado en la procuración y administración de la justicia.

Ahí está el punto de la lucha contra el narcotráfico. Eso significa ganar la guerra: que los narcos renuncien a suplantar al Estado y que declinen su lucha por impedir el funcionamiento de las instituciones.

De buena fe, hay quienes proponen “cambiar el enfoque” de la lucha contra el narcotráfico hacia un esquema de “salud pública”.

Con todo respeto (para citar al clásico), eso es un disparate.

Si el Estado se enfrenta en el terreno de las armas con los grupos de narcotraficantes es porque ellos desafiaron al Estado y le arrebataron funciones en algunas regiones del país, especialmente en la frontera norte.

Los analistas pueden armar en sus gabinetes todos los esquemas que quieran, pero a la hora de la verdad lo que se juega es la soberanía del país.

¿Quién manda en México?

Ante esa pregunta no caben ambigüedades. Y eso es lo que está en juego.

El Estado no puede dejar que el narco haga lo que quiera.

Disfrazar una capitulación y llamarla “cambio de enfoque” en el combate al narcotráfico es regalar el país a los grupos delictivos.

O a los vecinos del norte, que no van a permitir un narcoestado al sur de su frontera.

No nos engañemos: inicia un año muy difícil.

Y si en ese tema estamos divididos, 2010 no será bueno.

Hasta podríamos extrañar el 2009.

phl@3.80.3.65

fdm