Si no hay sexo, no hay comida

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Los momentos históricos cuestan. Por ejemplo, Cuba puso tres mil muertos para ganar la guerra de Angola y obligar a Sudáfrica en el armisticio a salir de Namibia, finalizar el Apartheid, liberar a Mandela y hacer elecciones multirraciales. Gracias a aquello, hoy África es diferente.

Y la actual misión de Naciones Unidas en Afganistán cuenta más de mil caídos: todo para conseguir que el islamismo radical, envenenado más aún por los talibanes, no se vuelva a apoderar del país.

Aunque, viéndolo a la escasa luz histórica que filtra la actualidad, se podría pensar que tantos muertos no valen la pena, teniendo en cuenta que el gobierno afgano acaba de aprobar una ley que permite a los maridos castigar sin alimentos a sus esposas si éstas les niegan la satisfacción de las necesidades sexuales.

Puede parecer injusto, pues la lucha en contra de la ignorancia en Afganistán viene costando muertos al mundo civilizado desde que la ex URSS fue la primera en prever que allí se incubaba el terrorismo que se presentó en sociedad el 11 de septiembre de 2001, derribando las Torres Gemelas de Nueva York.

Así que se metió en Afganistán de 1979 al 89. Pero era el tiempo de los bloques y Estados Unidos llenó el país de los lanzacohetes UB-16 de 57mm con los que los incipientes talibanes vencieron a los soviéticos borrándole toda su flotilla de Mig-21 y Mig-23.

Tras la victoria de las guerrillas, Washington se dio cuenta de que había creado un monstruo y les ofreció 100 mil dólares por cada uno de aquellos lanzacohetes. Pero no recuperó ni uno. Ya el mal estaba hecho y se volvió contra los propios Estados Unidos el 11-S.

Y, después de tanta brega, el actual gobierno afgano, financiado a precio de oro por la comunidad internacional, viene a aprobar esta ley que regresa al país a las cavernas colocando a la mujer al parejo de una chiva.

La disposición la obliga a hacer el “tamkeen” siempre que el esposo quiera, so pena de morir de hambre. Y le prohíbe salir de casa sin permiso.

Claro que se trata de un bodrio oscurantista. Pero la libertad siempre acaba por abrirse paso. Y el día de ayer fue un ejemplo: ocho millones de afganos, la mitad del padrón electoral, desafiaron las amenazas de los talibanes y votaron en las elecciones para presidente.

Sin miedo a bombas ni suicidas, las filas doblaban las esquinas de la mayoría de los seis mil 185 colegios electorales que abrieron.

Y lo mejor: quienes más acudieron a las urnas fueron las mujeres. Porque son ellas las más jodidas.

Y quieren cambiar las cosas.

ruben.cortes@3.80.3.65

fdm