Sin regreso a Downing Street

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Por:

Rojas Rafael

En 2010 el partido conservador británico, encabezado por su joven líder David Cameron, derrotó por cincuenta escaños al laborismo, que tenía entonces como candidato al heredero de Tony Blair, el popular socialdemócrata Gordon Brown. Con la ayuda de los liberal-demócratas de Nick Clegg, Cameron rescató el poder para el conservadurismo, que había sido desplazado de Downing Street desde 1997, cuando Blair derrotó a John Major, sucesor de Margaret Thatcher.

Cinco años después, el conservadurismo ha afianzado su hegemonía duplicando la ventaja sobre el partido laborista y alcanzando la mayoría absoluta de 326 escaños parlamentarios. El nuevo líder laborista, Edward Miliband, un joven político que, en su tenaz oposición a Cameron, intentó devolver a la izquierda británica algo de aquel encanto que a mediados de los 90 la convirtió en fuerza hegemónica del Reino Unido, deberá renunciar en las próximas horas.

Ed Miliband es hijo del importante marxista británico, nacido en Bélgica y de ascendencia judío-polaca, Ralph Miliband. Vinculado a los círculos de la New Left Review desde los años 60, Miliband, junto a otros marxistas británicos, como E. P. Thompson, Perry Anderson y Robin Blackburn, fue de los pensadores de la izquierda occidental que celebraron la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS porque, a su juicio, cancelaba definitivamente las opciones estalinistas y, a la vez, abría nuevas posibilidades para el socialismo democrático.

Tanto Edward como su hermano David, ex ministro del gobierno de Gordon Brown, forman parte de una generación educada luego del colapso del comunismo, que apuesta por una adaptación de la socialdemocracia a las demandas del siglo XXI. La socialdemocracia ha sido dada por muerta, prácticamente desde que nació, por las izquierdas comunistas y por el liberalismo y el conservadurismo más ortodoxos. Sin embargo, en Europa, sigue viva y con posibilidades de preservar o recuperar el poder.

En Gran Bretaña y el norte de Europa pesan más las repuestas precisas a demandas concretas, que la retórica o la ideología, y tras la última crisis económica el laborismo ganó terreno. Las encuestas, sin embargo, exageraron el favor popular de la izquierda y llegaron a pronosticar que ninguno de los dos grandes partidos ganaría la mitad más uno de los 650 asientos en el parlamento. Según los fantasiosos sondeos, el gobierno británico entraría en un limbo legislativo, llamado “hung parliament”, que tendría que deshacerse por medio de una coalición, un gobierno mixto o una intervención de la reina.

Aunque los liberal-demócratas de Nick Clegg, distanciados de Cameron, habían declarado que apoyarían a cualquiera de los dos grandes partidos que obtuviera mayor ventaja y propusieron un programa de claras sintonías laboristas, basado en la ampliación de la cobertura de salud y educación y el aumento de la presión fiscal sobre los sectores económicamente poderosos, esta vez, a diferencia de 2010, no tendrán que ofrecer sus pocos escaños a los conservadores para formar gobierno.

El mediocre resultado electoral de los liberal-demócratas, si se compara con el de los separatistas escoceses, que se han convertido en la tercera fuerza política del Reino Unido, o, incluso, de los ultranacionalistas enemigos de la Unión Europea y de la inmigración, tiene que ver tanto con el aumento del apoyo electoral a los conservadores como con la aproximación de Clegg al programa laborista. La pregunta clave, que se hacía Joshua Keating en Slate, es cómo Cameron y sus conservadores enfocarán el tema europeo, luego de alcanzar la mayoría absoluta y formar gobierno por sí solos.

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