Trump y la bandera del patriotismo

Ecuador: el Estado en jaque
Por:

Cada discurso de Donald Trump en la Asamblea General de Naciones Unidas suma retórica contra lo que llama “el globalismo”. Su rechazo al orden internacional posterior a la caída del muro de Berlín se vuelve estridente: descree del libre comercio, de los foros multilaterales, del Acuerdo de París o del propio Consejo de Derechos Humanos de la ONU. A su juicio, la doctrina que corresponde a Estados Unidos en el siglo XXI es el “patriotismo”, no el “globalismo”.

Hace pocos años, habría dado la razón a quienes desde las ideologías nacionalistas, sobre todo de izquierda, rechazaban las tesis cosmopolitas de Martha Nussbaum, Kwame Anthony Appiah y otros. No, por supuesto, a las ideas de Charles Taylor o Immanuel Wallerstein, que distinguían los patriotismos y los nacionalismos en experiencias postcoloniales del Tercer Mundo, ya que a Trump sólo le interesa el patriotismo conservador de Estados Unidos.

En Los límites del patriotismo (1999), un libro editado por Paidós, que reunió aquel debate, Nussbaum basaba su crítica al patriotismo en un pasaje del Emilio de Rousseau. Recordaba allí el filósofo ginebrino la “tendencia de la imaginación a comprometerse con quien se nos asemeja, pues sus posibilidades nos parecen similares a la nuestras”. Los reyes y los nobles, agregaba, raras veces se ponen en el lugar de los súbditos porque piensan que nunca quedarán socialmente por debajo de la aristocracia.

Para Nussbaum, lo que probaba el desenlace del siglo XX era que ninguno de los tres mundos, el primero, el segundo y el tercero, estaban fijos en su posición, que la concatenación mundial seguía una dinámica ascendente. La pobreza y la desigualdad podían crecer regionalmente, pero la partición del mundo en regiones colonialmente subordinadas estaba reñida con la globalización. Algunos problemas que el siglo XX heredó al XXI —migración, terrorismo, guerras civiles, crisis humanitarias— tuvieron un repunte asegurado por las resistencias a la mundialización en los años 90.

Lo curioso es que aquellas resistencias, ubicadas en el Medio Oriente, en Asia o en América Latina, ahora se han desplazado de la periferia al centro. No es un dictador integrista norafricano, sino Donald Trump quien llama, desde la sede de Naciones Unidas en Nueva York, a enterrar el “globalismo” y alzar la bandera del “patriotismo”. El reto implica una renovación del lenguaje mundialista, que ojalá gane terreno en América Latina.

Para los latinoamericanos, enfrentar ese patriotismo es una cuestión interna, ya que supone la exclusión de buena parte de los hispanos avecindados en territorio de Estados Unidos. Dicha resistencia debería partir de la consolidación del pluralismo civil y la democracia política en América Latina, como compensación del rearme del racismo y la xenofobia al otro lado de la frontera. Porque, en palabras de Nussbaum, no pocos latinoamericanos “mucho antes de que se encuentren con el patriotismo, sabrán que es la muerte”.