Una novela de Anatole France

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Guillermo Hurtado

Nuestros bisabuelos iberoamericanos leyeron a Anatole France (1844-1924) con una mezcla de culpa y placer. Por eso, no pudieron aceptar el juicio tan terrible que de él hicieron los jóvenes surrealistas.

En un par de artículos publicados en 1925, Antonio Caso defendió a France frente a la crítica brutal que le hicieron Louis Aragon, André Breton, Joseph Delteil, Pierre Drieu La Rochelle, Paul Eluard y Philippe Soupault un año atrás en el célebre panfleto Un cadavre.

Los miembros de mi generación, los nacidos en los años sesenta, no leímos a France. En nuestra infancia nos entretuvimos con Julio Verne, Alejandro Dumas, acaso con Victor Hugo. Luego, en la adolescencia, nos cautivamos con Baudelarie, Rimbaud, acaso con Camus. En la universidad, nuestros autores fueron otros: Valery, Sarte, acaso Proust. De todas maneras, a diferencia de nuestros bisabuelos, no fueron las lecturas francesas las que más nos marcaron. Si la generación de Monsiváis ya recibió la influencia predominante de la literatura inglesa y norteamericana, la nuestra tenía esas lecturas como canónicas. Para acabar pronto: Anatole France fue un desconocido entre nosotros.

Las novelas más famosas de Anatole France son Los dioses tienen sed, en la que se narra el periodo del terror de la Revolución francesa, y La isla de los pingüinos, crónica satírica de una civilización de pajarracos cristianos. Pero yo quisiera comentar aquí otro libro menos conocido de France: Thaïs.

Esta novela gira alrededor de dos personajes. El primero es el monje egipcio Pafnucio, ejemplo de vida cristiana, que un día recuerda haber conocido en Alejandría a una célebre cortesana de nombre Tais. Pafnucio se propone algo que parecía imposible: rescatar a Tais de las garras del pecado. Pafnucio lleva a cabo su plan y, para su sorpresa, logra convencer a la bellísima Tais de dejar su vida disoluta y entrar en un convento. Pero en vez de regocijarse con su triunfo espiritual, Pafnucio se queda inquieto, no puede olvidar a la mujer deslumbrante que había conocido tan de cerca. En el lecho de muerte de Tais, Pafnucio se da cuenta de su error: pudo haber poseído a esa mujer y no lo hizo. ¿De qué le servía toda su fe si no había tenido en sus brazos a Tais? Por esperar los bienes del otro mundo, había renunciado a los bienes de este mundo. “¡No te mueras, le grita, yo te amo!”. Pero ella ya no lo escucha. Apenas alcanza a susurrar: “El cielo abre sus puertas. Veo a los ángeles, a los profetas, a los santos. ¡Qué hermosos son! ¡Ahora puedo ver a Dios!”. Esas fueron sus últimas palabras. Desesperado, Pafnucio se abraza al cadáver de su amada.

Anatole France, liberal de pura cepa y anticlerical furibundo, fue uno de los forjadores de la sensibilidad moderna que reniega del más allá y se queda con el más acá.

Twitter: @hurtado2710