VergUenza magisterial

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En los últimos diez años los maestros mexicanos han recibido porcentualmente los aumentos salariales más elevados comparados con los demás gremios profesionales y, desde luego, con los de otros funcionarios públicos.

Tan sólo el incremento otorgado por el gobierno federal ha sido en este lapso, en promedio, superior al 8 por ciento anual en términos reales.

Además, a ese monto hay que agregar bonos, ayudas en especie o aguinaldo que, dependiendo de la entidad federativa, llega a 90 días sumando los que otorga la SEP en la negociación nacional y los que asignan los gobiernos estatales. Esta sumatoria no contabiliza los 90 días de vacaciones anuales de que goza el magisterio, pero que tienen lógicamente un costo presupuestal.

En conclusión, el promedio de días pagados a los maestros de educación básica alcanza ya unos 500 días al año, esto es, más de 16 meses de salario, mientras que su carga de trabajo, según el INEE, incluye “sólo, prácticamente, sus horas frente a grupo”.

Todo eso estaría genial si el rendimiento escolar de los estudiantes fuese excelente y tuviéramos a los mejores maestros del mundo. Ninguna de ambas cosas es cierta.

Como es bien sabido, en la prueba internacional PISA los estudiantes mexicanos aparecen sostenidamente en los últimos lugares en competencia lectora, matemática y ciencias. Técnicamente somos un país de reprobados. ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, los maestros que enseñan a esos niños, casi todos agrupados en el SNTE, están reprobados, como lo acaba de demostrar, una vez más, el examen nacional

de conocimientos y habilidades docentes aplicado para asignar plazas magisteriales y cuyos resultados, divulgados el domingo pasado son en general, sin paliativos, vergonzosos.

Los datos son conocidos: en el país presentaron el examen 123 mil 856 aspirantes de los cuáles solo alrededor de 31 mil aprobaron; 92 770 reprobaron. Es decir, 75 de cada cien maestros o aspirantes a serlo con plaza no pasaron. Más aún: de los reprobados, casi 30 mil ya daban clases actualmente aunque sin tener plaza. Es decir, esos niños que reprueban en las pruebas PISA estaban en manos de profesores reprobados.

El SNTE seguramente dirá que estos resultados no corresponden a la realidad; que el examen fue deficiente o que las normales están produciendo malos maestros. Pero recordemos que históricamente casi todas las normales públicas de este país han estado controladas por el sindicato o por su disidencia porque son la fuente desde donde esa organización empieza a edificar sus redes de control de plazas, escalafón, cambios, nombramientos y clientelas políticas.

Es urgente decir ya basta a la estafa que están perpetrando, tanto las autoridades como sobre todo el sindicato, con la educación de los niños mexicanos, y ponerle freno mediante una política estricta de rendición de cuentas que incluya no sólo el acceso a la profesión, sino su permanencia, el salario contra resultados, la autonomía de las escuelas o la certificación periódica.

Quizá los empleos magisteriales ya no se vendan. Ahora exhiben sus miserias.

og1956@gmail.com

fdm