Zelaya, Bonifacio y la musica

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Gil estrujó su periódico La Jornada contra su pecho. Conmovido hasta los huesos leyó la cabeza de una gran fotografía: “Llegó Manuel Zelaya”.

Qué bueno que llegó Zelaya, Gamés no dormía de la preocupación. La verdad es que si hubiera llegado el mismísimo Benito Juárez, los editores no lo habrían celebrado de la misma rumbosa forma. El pie de foto era duro como la roca revolucionaria: “El mandatario constitucional de Honduras se reúne este martes en Los Pinos con el presidente Felipe Calderón. A las nueve de la mañana será recibido con honores de jefe de Estado”. En qué quedamos, compañeros, presidente espurio o presidente presidente, en fin, no vamos a discutir naderías. Van a perdonar a Gamés, pero el presidente hondureño depuesto no le simpatiza. Tiene un extravagante parecido con Vicente Fox y habla como Hugo Chávez. A la menor provocación, Zelaya se lleva la mano al corazón, se quita el sombrero de ranchero y habla de los ideales bolivarianos. En la mente de Gil no puede haber una mezcla política más repulsiva. Sí, Gamés lo sabe: interrumpir un régimen elegido democráticamente es inaceptable, no hay vuelta de hoja. Gamés ha leído en La Razón los artículos de Bertrand de Lagrange y Rubén Cortés sobre el conflicto en Honduras y los suscribe: ¿qué pasará con los próceres latinoamericanos que aprovechan los instrumentos democráticos para instalarse indefinidamente en el poder contra viento y marea? ¿Nada? ¿Permanecerán en el poder los años que les dé la regalada gana?

La nota de La Jornada firmada por Blanche Petrich afirma que uno de los objetivos de la reunión en México es contribuir a la búsqueda de una vía para restaurar a Zelaya en la posición que le corresponde. Ahora mal: la misma nota afirma que “el presidente Venezolano, lo mismo que el líder cubano Fidel Castro han sido críticos implacables de la iniciativa de Arias”.

Un momento, que nadie se mueva de sus lugares. Castro lleva en el poder 50 años, Chávez se prepara para cumplir 30 en el gobierno y ha clausurado canales de televisión desafectos a su política y amenazado con la cárcel a la oposición. Zelaya, por su parte, fue depuesto porque quería cambiar la Constitución de su país para reelegirse indefinidamente. Luego entonces, ¿estamos de acuerdo en que los presidentes se sienten en la silla presidencial años y años sin llamar a elecciones? ¿Tantas vueltas democráticas para esta paparruchada autoritaria? ¿Así es la nueva izquierda? Aquí hay un gato encerrado del tamaño del cretinismo izquierdista latinoamericano. No cuenten con Gamés.

Bonifacio. Tomemos por esta vez la misma primera página de La Jornada: “Magistrados electorales ganan al año 4 millones de pesos. Disfrutan de compensaciones garantizadas, asesores, celulares, choferes, niñeras, cocineras. Viajes al extranjero, seguros de gastos médicos mayores y estímulos. ¡Ya llegó Bonifacio!, clave para informar sobre el bono que engorda aún más su salario”. La nota la firma Jaime Avilés que, como los lectores saben, no es santo de la devoción de Gamés (es-es), pero aún así, caramba, estos magistrados se han servido con el cucharón del pozole. Con razón se les ve tan contentos. Hay más prestaciones para las magistrados: “Seguro de vida equivalente a 40 meses de percepción ordinaria, seguro colectivo de retiro por 25 mil pesos, seguro de gastos para el cuidado de los ojos”. Sus ojitos de los magistrados. Gamés no se va a poner el pasamontañas y la cachucha, Dios lo libre, no se trata de desacreditar a esa institución por lo que gana su cuerpo colegiado, pero caracho, ¿no es un poco demasiado? La nota de La Jornada se publica, además, el mismo día en que se anuncian aumentos a la luz, a los combustibles. Por lo demás, Bonifacio no ha pisado en su vida la duela de cedro blanco del amplísimo estudio.

Música deslumbrante. Por extrañas e inexplicables razones, Gamés amaneció en algún lugar de la segunda mitad del siglo XIX. El dengue avanzaba a galope rumbo al centro del país. Gil lo leyó en su periódico El Universal: el dengue, una enfermedad transmitida por un mosquito que se reproduce en charcos y aguas estancadas se extendía por al menos seis estados de México. Así las cosas, las autoridades sanitarias emitieron una alerta epidemiológica.

No nos vaya a dar el dengue, ni a nosotros ni a los muchachos músicos que se insolaron mientras tocaban música en un acto organizado por la SEP. Casi se quedan ciegos. La Orquesta Sinfónica Infantil Juvenil tocó bajo un sol a rajatabla. Mientras leían sus partituras, los jóvenes sufrían distintos daños en las córneas y las retinas. 55 de ellos pararon en el hospital. Lo dicho: levantas una piedra y sale un idiota. El funcionario genial que puso a los jóvenes a tocar en un patio del CENART sin protección se llama Enrique Barrios. Así no se puede.

Hablando de música, la banda catalana Cabo San Roque hace música con una lavadora. Así como lo oyen. “Esta es una lavadora bastante especial que interpreta las prendas de ropa que nosotros vamos a poner a lavar”.

Mecachis en veinte, exclamó Gamés y se frotó los ojos pensando que se había insolado como los muchachos de la orquesta. Por fortuna pudo leer:

“La lavadora polifónica se conecta a una suerte de consola con un sistema mecánico sensorial que permite traducir lo que acontece al interior de la máquina en una serie de martilleos que a su vez hacen reaccionar a otros instrumentos interrelacionados”. Al fin un genio entre nosotros. Gamés quiere colaborar con este proyecto y ofrece una licuadora vieja, un hornito de microondas y una batidora. Vengan por estos instrumentos musicales. Lo dicho: levantas una piedra y sale un fanfarrón. Gil s’en va.

Tres sin sacar

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