Foto Patricia Gaona
Un niño cuya infancia está marcada también por la oscuridad, el abandono y el resentimiento, y una juventud enfrentada a la violencia, se refugia en Lápidas del tiempo, libro en el que a través de la poesía busca una forma de perdonar las carencias, las ausencias y los sentimientos.
Versos compuestos por el poeta mexicano Gerardo de la Concha, en
los que atrapa “el recuerdo y el sueño” de aquel pasado que lo marcó. “Como decía Goethe: ‘Detente instante, eres tan hermoso’, y los poetas son quienes intentan pausarlo y convertirlo en una belleza hablada, pues, como aprendí de Dino Campana, la poesía no debe ser leída sino creída”, comenta el también ensayista en entrevista con La Razón.
Los 23 poemas escritos en Lápidas del tiempo atrapan soledad, amor y nostalgia en cada verso. ¿De dónde viene ese abandono, qué te inspira? Este libro es un juste de cuentas con la memoria, en donde trato de atrapar el recuerdo de un niño y un joven, el sueño también. Toda poesía trata de atrapar un momento del tiempo. Ya no es ese momento que estás viviendo el que tratas de plasmar, sino aquel tiempo que viviste.
En el libro algunos poemas recalcan la religión. ¿Por qué? ¿Qué influencia tiene en aquella infancia que plasmaste en estos versos? El libro comienza con una elegía en la cual toco un tema que es muy importante para mi, y es el tema del mal, del resentimiento. Es un niño abandonado el que está en ese poema, porque está visto por mi 50 años después y de ahí derivan ironías que sí están relacionadas con la religión. Está el diablo delator. Un diablo que vaga por el mundo observando las maldades humanas y luego va con Dios, que es el juez supremo, a acusar al hombre y quiere su perdición; es como un fiscal cósmico.
A Expiación, tu anterior, le dedicas 30 años, 37 poemas que albergan tus experiencias. ¿Cuánto tiempo tardaste en plasmar esta otra etapa de tu vida a través de las letras? La poesía puede servir de forma expiatoria porque toda vida es una caída, siempre. Creí que ya había acabado ahí el asunto, pero hace unos meses pensé en aquel niño que yo fui y escribí “Elegía” —primer poema de Lápidas del tiempo— porque ese niño conoció al diablo; un diablo que se hizo presente con el mal, la perdición, la amenaza, porque era un niño que estaba solo. A partir de ahí en una semana escribí este libro. Es curioso porque me tardo casi toda la vida en escribir 37 de Expiación y de repente escribí 23 en un tiempo muy breve.
En el libro anterior se paralizan momentos de esos 30 años y en éste retrocedemos no sólo a la juventud, sino volvemos a la infancia. ¿Por qué? Sí incluso a la infancia más lejana y es catártico porque hablo de experiencias que ahora están puestas como poesía pero que fueron iniciaciones al dolor del mundo.
¿Porqué Lápidas del tiempo? Porque me remonto a mi casa de la infancia. Cuando yo era niño nos cambiamos a una casa que fue un taller de lápidas, pero ésas mucho tiempo se quedaron. Cuento una imagen que es cuando mi padre se fue a EU y dejé de verlo; entonces cuando decía que iba a regresar yo lo escuchaba, pero lo que veía eran las lápidas que había en el patio. Esa imagen, ese recuerdo, es la parte central de este libro.
Marcas a la poesía como una forma de pedir perdón. ¿Con quién te disculpas en este libro? Es una forma de perdón, en sí misma la poesía es una forma de perdón. La poesía nos perdona, perdona las carencias, las ausencias, los sentimientos, todo lo que compone la caída del ser humano, inevitable porque estamos en este mundo cayendo constantemente.
Hablábamos de cerrar ciclos. ¿En realidad se alcanza a cerrar ese ciclo con este libro? En un sentido poético creo que sí. Es una forma de dirimir la nostalgia, de ser catártico con el pasado. Ahora yo creo que posiblemente mi próximo encuentro con la poesía ya será no tan furioso porque debo decir que éste son recuerdos furiosos de una nostalgia terrible marcada por la pérdida. Entonces quizás mi próximo encuentro con la poesía sea más reposado, sea una estación final en donde haya más conformidad; es posible que así sea.
