El historiador griego del siglo II a.C. Polibio de Megalópolis, se hacía la siguiente pregunta: “¿Quién podría ser tan indiferente o tan frívolo como para no querer averiguar cómo y bajo qué clase de organización política fue conquistada casi la mitad del mundo habitado bajo el exclusivo poder de los romanos en menos de 53 años, algo que no tenía precedentes?”.
El periodo al que se refiere, desde finales del siglo III hasta comienzos del II a.C., en plena República romana, representa una de las cuestiones básicas de lo que sigue fascinando históricamente de la Roma antigua: cómo se sentaron las bases del poderío del mayor imperio universal, del modelo político más duradero de Occidente, del pensamiento jurídico que inspiró todas las legislaciones europeas, de la literatura y las artes que más han pervivido, y así un larguísimo etcétera de logros culturales, técnicos, científicos, políticos y jurídicos. Esto, ahora es desmenuzado por Mary Beard, quizá la más brillante de las divulgadoras del mundo antiguo en la actualidad, en su libro SPQR. Una historia de la antigua Roma.
La última obra de Mary Beard recoge una personalísima historia de Roma desde sus orígenes como ciudad estado hasta la extensión de la ciudadanía romana a todo el vasto imperio en que había devenido por el emperador Caracalla en 212.
El transcurso de esa aventura, desde el nacimiento casi mítico de la monarquía romana en Rómulo, hasta el Imperio global bajo los auspicios de la Dea Roma, señalada por hitos como el derrocamiento de la monarquía y el advenimiento de la República, el Principado de Augusto, obviamente, no se acaba ahí.
Sigue hasta la caída del Imperio de Occidente en el año 476, pasando por el Dominado de Diocleciano, o el giro constantiniano y la legislación teodosiana, que convierten a Roma en un imperio cristiano. Ahí reside la segunda gran cuestión historiográfica sobre Roma: preguntarse las causas de su decadencia.
Ficción política. Tan inmensa aventura ha merecido los más brillantes cronistas que condensan, con prosa esmerada, sucesos históricos que son mil veces mejores que la mejor de las novelas. Célebres son los casos del Decline and Fall, de Gibbon, o Römische Geschichte, de Mommsen.
Si algunos de ellos reflejan la peripecia histórica de Roma desde los orígenes hasta el discutido final, o se centran en el declive, hay otros que eligen algunos episodios destacados para reflejar los aspectos principales del mundo romano. Entre estos últimos se encuentra el caso de Beard, que hereda la gran historiografía anglosajona y muestra en este libro una obra literariamente valiosísima, evocadora y sugerente, pero fundamentada en un profundo conocimiento de la erudición clásica.
Mary Beard convierte a este SPQR en una historia de Roma personalísima y fascinante, lectura imprescindible. Nos recuerda por qué ésta sigue siendo, aún hoy, estímulo para nuestra investigación, imaginación y curiosidad —tanto como en tiempos del Polibio— en ese anhelo por conocer la peripecia de los romanos, lo cual significa nada menos que conocernos mejor a nosotros mismos.
El mejor momento de Cicerón
SPQR: 63 a. C.
Nuestra historia de la antigua Roma empieza a mediados del siglo I a. C., más de 600 años después de la fundación de la ciudad. Empieza con promesas de revolución, con una conspiración terrorista para destruir la ciudad, con operaciones encubiertas y arengas públicas, con una batalla de romanos contra romanos, y con ciudadanos (inocentes o no) acorralados y ejecutados sumariamente en aras de la seguridad nacional. Es en el año 63 a. C. Por una parte, está Lucio Sergio Catilina, un aristócrata descontento y arruinado y artífice de una conjura, eso es lo que se creía, para asesinar a los cargos electos de Roma y quemar esta hasta los cimientos, borrando de paso todas las deudas, tanto de los ricos como de los pobres. Del otro lado, está Marco Tulio Cicerón (en adelante solo –Cicerón-), el famoso orador, filósofo, sacerdote, poeta, político, ingenioso y buen narrador, uno de los señalados para ser asesinado; un hombre que nunca dejó de utilizar sus talentos retóricos para alardear de cómo había descubierto la terrible conspiración de Catilina y salvado al Estado. Aquel fue su mejor momento.
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