El cardenal Richelieu (1585-1642), cuyo nombre real era Armand-Jean du Plessis, será recordado siempre como el hombre malo y siniestro de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Pero este personaje tuvo una vida llena de fantasías desaforadas, que el gran escritor no hubiera podido imaginar jamás.
Contaba la princesa Isabel Carlota del Palatinado, duquesa de Orleáns y cuñada del rey Luis XIV de Francia, una anécdota nada edificante sobre él: “El cardenal Richelieu, a pesar de su inteligencia, tuvo graves accesos de locura. Algunas veces, imaginando que era un caballo, comenzaba a saltar alrededor de una mesa de billar, relinchando y coceando. Esto duraba casi una hora, al cabo de la cual sus criados le acostaban y le cubrían bien para hacerle sudar; al despertarse, el acceso había pasado y no reaparecía”. Así era este hombre, uno de los cardenales más célebres y polémicos de la Historia y la literatura.
Verdad o no, uno de sus mejores biógrafos, el vizconde de Avenel, nos presenta al cardenal como un hombre muy supersticioso, al que obsesionaban los presentimientos, los pronósticos y los presagios.
Creía fuertemente en la decisiva influencia de los planetas, en los días felices y desgraciados y hasta admitía el poder de la magia y el efecto de los sortilegios. Así, consiguió de un banquero de Roma un anillo para lucirlo en el anular, pues le aseguraron era un verdadero antídoto contra las hemorroides.
Y hasta juzgó muy natural que Leonora Dori, hermana de leche de María de Médicis, hiciera bendecir gallos y pichones para aplicárselos acto seguido en la cabeza.
Por increíble que parezca, el extravagante comportamiento de todo un cardenal y primer ministro francés como Richelieu no resulta sorprendente.
En esa época no eran pocos los nobles que creían rumores de magia y brujería. Su historial médico, recogido por el profesor Poncet de Lyón, nos presenta a un paciente reumático, con hemorroides, frecuentes jaquecas, accesos de fiebre y úlceras que requerían curas diarias. Cuatro años antes de su muerte, recibía los cuidados del farmacéutico titular, que servía de enfermero de noche. No era extraño que el cardenal se hiciese sangrar de noche por un cirujano basándose, por insólito que resulte, ¡en la astrología! El cardenal consultaba a los cerebros más lúcidos de su tiempo sobre sus predicciones zodiacales antes de someterse a una sangría.
Estaba convencido de que, para que los remedios médicos surtiesen efecto, era esencial conocer los signos del zodiaco, pues cada uno dominaba una parte distinta del cuerpo humano. Pero a veces el dolor no le dejaba tiempo para consultar a los astros y había que proceder de inmediato a la sangría para calmarlo.
Alejandro Dumas lo inmortalizó como un ministro codicioso y hambriento de poder, pero en el fondo de carácter noble y grande, como se aprecia al final de la novela y en la secuela Veinte años después.
Las diversas adaptaciones de esta obra lo han deformado hacia un villano sin ningún rasgo favorable, pero a pesar de su poca popularidad, en la vida real Richelieu fue uno de los más hábiles políticos de la historia. Para muchos es el heredero definitivo de Maquiavelo. Y fue mecenas de pintores, escritores y dramaturgos.

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