Jueves 24.09.2020 - 15:47

L. M. Oliveira traza la traición desde un conflicto amoroso

L. M. Oliveira traza la traición desde un conflicto amoroso
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L. M. Oliveira (Ciudad de México, 1976) es filósofo, investigador y docente de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ensayista y narrador, ha publicado las  novelas Bloody Mary (2010), Resaca (2014) y Por la noche blanca (2017)  complementadas con los cuadernos de ensayos La Fragilidad del campamento (2013) y Árboles de largo invierno (2016). Circula en librerías El oficio de la venganza (Alfaguara, 2018), su más reciente fábula novelística, que los lectores han recibido con interés; y la crítica especializada, con comentarios positivos.

Dos personajes: Aristóteles Lozano y Cristóbal San Juan (protagonista y antagonista, respectivamente) se encuentran sitiados por las inquietas aguas que conducen a la impiedad y al engaño. Aristóteles Lozano sabe que la “Venganza es hermosa, es milenaria y nos hace humanos y nos dignifica”: aguarda en los atajos que le accede la angustia en una espera indulgente y sigilosa. Ficción que entrecruza varias tramas en que una máscara  encubre una irreverente procacidad (Cristóbal) y un recelo arropado en la conmiseración (Aristóteles).

“Me atrevo a presumir que El oficio de la venganza conduce al lector por los libros de aventuras: la búsqueda de la venganza por parte del protagonista, Aristóteles Lozano,  es una luminosa eventualidad”

L.M. Oliveira

Escritor

“Esta novela aborda el amor, la traición y la venganza: tres eventos que se relacionan. Mientras más uno quiere a una persona, más dolorosa y terrible es la ingratitud de esa persona. La venganza se alimenta de todo eso, de esa relación triangular  en la cual, quien  ha sido traicionado se fortalece en su sentimiento  y exploración de ser ‘indemnizado’. La venganza, me parece, es, más que todo, un delirio perseverante y cauteloso”, comentó, en conversación con La Razón, el escritor L. M. Oliveira.

[caption id="attachment_742297" align="alignleft" width="192"] Foto: Especial[/caption]

Hacía tiempo que como lector no me topaba con una relación tan perfectamente trazada entre protagonista-antagonista (Aristóteles-Cristóbal)... ¿Por qué decidió usted configurar con tanta precisión esos perfiles? Cristóbal es siniestro y místico, manipulador. Mientras que Aristóteles es un poeta menor sin voluntad. Julieta es un puente  entre los dos: es pragmática y oportunista, los hombres cobardes la aburren. Quise determinar muy bien ese conflicto, ese apremio entre los dos personajes.

¿Qué es la venganza para usted? Está la venganza obsesiva, rencorosa, iracunda como impulso; y está la otra, la que se convierte en un plan de vida, en un gozo, de ahí las referencias en el libro del Conde de Montecristo, de Alexander Dumas.

Pero también hay alegaciones con El último encuentro, de Márai, y con Moby Dick, de Melville... Claro, lo asumo. La ofuscación del capitán Ahab se hace patente y, asimismo, toda la frialdad calculada que hay en Márai.

¿Por qué la inclusión del  monje Luis de Cáncer? Él simboliza la voluntad.  Aristóteles pasa del retraimiento a la pasión presidida por la  voluntad, por el impulso.  Luis de Cáncer es un contrapunto necesario en la conformación de la atmósfera alegórica, tal vez cervantina de la historia.

¿Relato de aventuras? Me atrevo a presumir que El oficio de la venganza conduce al lector por los libros de aventuras: la búsqueda de la venganza por parte del protagonista, Aristóteles Lozano,  es una luminosa eventualidad.  Asumo la presencia de El conde de Montecristo, sin desdeñar, quizás, a la novela picaresca, Cervantes, Petronio, Mark Twain, Melville, Defoe... Edmond Dantes se engrandece cuando se convierte en Conde. La vida de Aristóteles Lozano cobra sentido y significación en los dilemas de la venganza. Sí, en ese sentido es una novela de aventuras.

Fragmento destacado de la novela

L. M. Oliveira

Los edificios viejos, cuando están en buen estado, suelen ser más sólidos, espaciosos y bellos. Me costó mucho trabajo encontrar alguno que satisficiera mis expectativas. De entre los tres o cuatro que más o menos tenía en la mira, ninguno valía realmente la pena. Pero un día encontré el adecuado. Fue así: después de una larga jornada de búsqueda infructuosa, tomé asiento en una terraza y pedí un expreso. La luz del sol era tan apacible y cálida que aquel momento también pareció bueno para leer. Saqué el best seller que me ocupaba esos días y un cuaderno de notas, pues debía anotar mis impresiones; así lo exigía mi profesión de crítico literario: tenía una columna, que escribía bajo seudónimo, en la que cada semana hablaba de estructuras, personajes, influencias, debilidades, inteligencia, valentía, fuerza del lenguaje. El nombre falso me daba la seguridad de la que carecía en la vida. Si todo fuera tan fácil como esconderse detrás de una careta…

Después de leer un par de capítulos hice una pausa y levanté la vista del libro, quería procesar alguna idea y apuntarla. Entonces, la mano de una mujer que ponía un letrero de “se vende” en una ventana del edificio de enfrente me distrajo. Qué casualidad. Miré con otros ojos la edificación, parecía, al menos por fuera, justo lo que buscaba: sólida, antigua, bien cuidada. Así que pedí la cuenta para ir a informarme, no dejaría pasar ese golpe de suerte. Pero más se tardó el mesero en traer el cambio, que la mano de un hombre en retirar el susodicho cartel. Esto, tras un jaloneo con la frágil mano femenina que, unos minutos antes, lo colocó en la ventana. Supuse que se trataba de una disputa de pareja: ella quería vender el departamento y marcharse para siempre; él, en cambio, fincaba todas sus esperanzas de tener un hogar en ese piso con vista al parque. Pronto descubrí lo equivocadas que eran mis cavilaciones.