Hueyapan

Foto: larazondemexico

A partir de este primero de enero Hueyapan, Morelos, comenzó a funcionar como municipio indígena autónomo, el número 37 del estado. Antes pertenecía a Tetela del Volcán. Su nombre en náhuatl significa sobre el agua grande y está al pie del Popocatépetl. Lo que era una Ayudantía pasará a ser ahora la Presidencia Municipal, aunque la sede del inmueble fue dañada muy severamente por el sismo del 19 de septiembre, al igual que muchas viviendas, la cúpula y el campanario de la iglesia, así como varias capillas. Según el diario La Unión de Morelos, el sesenta por ciento de las casas, casi todas de adobe, colapsaron, parcial o totalmente. La ayuda a sus habitantes llegó pronto, cargada de víveres, cobijas y tiendas de campaña, entre otras cosas, que muy ordenadamente se distribuyeron entre la población. Jóvenes de Cuautla acudieron a colaborar en las labores más necesarias en el momento, en especial la remoción de escombros. También se recibió ayuda de los Chinelos y los Hijos Ausentes que viven en Estados Unidos. Esa solidaridad se concentró al principio mayormente en Jojutla, quizás la entidad más dañada del estado.

Como suele suceder en situaciones similares —la división, en este caso, de un municipio en dos—, los conflictos salen pronto a la luz: cómo delimitar las fronteras, a quién le corresponde un manantial que antes era compartido y, sobre todo, cómo designar al responsable de presidir la alcaldía y de dónde sacar los recursos necesarios para una reconstrucción que durará años. La gente es muy amable y está consciente de la riqueza que tiene. También sabe que vive en las faldas de don Goyo, ese gigante que a veces despierta con grandes fumarolas y vómitos de lava. El lugar es hermoso. Las montañas que lo circundan son imponentes. La vegetación es abundante y hay una gran producción de aguacates, zapotes, granadas chinas, peras, duraznos y tejocotes, entre otras cosas.

"La gente sabe que vive en las faldas de don Goyo, ese gigante que a veces despierta con grandes fumarolas".

Cuento esto porque recibí una invitación de Tatiana Bay —investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y maestra en la Facultad de Filosofía y Letras— para visitar el lugar y leer y conversar con niños, padres de familia y maestros de uno de los cinco barrios que conforman el nuevo municipio morelense. Fue el 19 de enero, justo un año y cuatro meses después del temblor, y se trataba de su última visita a la Escuela Primaria 20 de noviembre, una de las cinco que existen en el municipio, que acogió el programa Soga viviente, impulsado por el Instituto de Investigaciones Filológicas. En una primera fase, se llevó personalmente, sin intermediarios, la ayuda en especie a la que convocaron a la población universitaria. Más adelante, acudieron al lugar ella y siete de sus alumnos varios meses, los sábados, para promover la lectura, la escritura y la creatividad entre alumnos de los tres últimos años de primaria y dotar de libros a la comunidad, ya que la biblioteca que tenían también se destruyó con el terremoto, al igual que su acervo. Los libros donados se encuentran a resguardo provisional en la casa de quien fuera bibliotecaria en tanto se habilita un lugar para que sea su nueva sede, seguramente el nuevo Palacio Municipal.

Además, imprimieron siete pequeños libros, uno por cada grupo de trabajo, con los cuentos, poemas, haikús y dibujos de los participantes para que quedara como un recuerdo de la experiencia vivida, tanto para los niños como para los estudiantes de Letras Hispánicas de la FFyL. Voluntad de servicio a quienes más lo necesitan. Por ello no puedo de dejar de escribir sus nombres: además de Tatiana, su animadora, Vero, Susi, Michel, Miguel, Fernando, Daniel y José Luis, también Pascual, el conductor de la camioneta del IIF que siempre los acompañó con la misma solidaridad. Trabajaron con cada uno de los grupos, no como instructores, sino como acompañantes y fueron (fuimos) retribuidos por una comunidad hospitalaria y generosa que nos llenó de regalos: granadas, aguacates, dulces, comida y sobre todo muchas sonrisas.


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