Diversa cultural

Diversa Cultural Foto: Imágenes: Latin American Literature; IA; Sudcalifornios;

GENIO CIENTÍFICO

El genio científico completo ha de reunir en sí tres personalidades harto desemejantes: la del minero infatigable y paciente que arranca la hulla de los filones profundos; la del químico práctico, que aprovecha ingeniosamente el material bruto para fabricar espléndidos colores que anilina, y, en fin, la del artista que, combinando diestramente esos colores, sabe pintar los episodios heroicos de la lucha entablada entre el espíritu y la materia, el alcance teórico de los resultados y, en fin, sus ventajas en pro del aumento y comodidad de la vida.

Santiago Ramón y Cajal, Charlas de café: pensamientos, anécdotas y confidencias, ed., introd. y notas Francisco Fuster, FCE, 2016

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Arte de la alegría ı Foto: Fuente > IA

ARTE DE LA ALEGRÍA

Frente a la maraña de solemnidades que suele oscurecer nuestras discusiones, sería saludable cambiar de ángulo y recordar de vez en cuando las fuerzas elementales. Una de esas fuerzas es la alegría. Tengo la convicción de que, en su sentido más profundo, la alegría no pertenece al mundo anímico sino a un orden estético.

Alcanzar la alegría no es lo mismo que ser alegre. Para militar en la alegría no es preciso mostrar a todas horas una euforia insensata ni anular irresponsablemente nuestra actitud crítica. Basta con resguardar la íntima certeza de que, a pesar de todo, nos gusta vivir. ¿No es la historia del arte un disperso monumento a la alegría, un colectivo canto de resistencia?

Me gusta pensar en la alegría como categoría moral, como centro motor de las actividades humanas, incluso como razón de ser del pensamiento. Creo que el vitalismo —quiero existir aquí ahora— es una de nuestras pocas obligaciones irrenunciables. No ser leales a esa obligación significaría menospreciar la fortuna, nunca del todo merecida, de poder participar de la realidad.

Indudablemente Schopenhauer sintió entusiasmo al redactar su pesimismo. Sin el color de sus pinceles, Van Gogh no habría dudado en cortarse la otra oreja. Beethoven supo bien desde dónde —o hacia dónde— componía su música torturada. Por qué no celebrarlo. ¡La alegría!

Andrés Neuman, El equilibrista. Aforismos y microensayos, Acantilado, 2015.

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Contrato temporal ı Foto: Fuente > Sudcalifornios

CONTRATO TEMPORAL De VIDA

Podría tratarse de una sádica manifestación de crueldad, como tantas que vemos todos los días, pero la muerte no tiene ninguna necesidad de ser cruel, para ella, con quitarle la vida a las personas basta y sobra. No pensó, es lo que es. Y ahora, absorbida como está en la reorganización de sus servicios de apoyo, tras la larga parada de siete meses, no tiene ojos ni oídos para los clamores de la desesperación y angustia de los hombres y de las mujeres que, uno a uno, van siendo avisados de su próxima muerte, desesperación y angustia que, en algunos casos, están causando efectos precisamente contrarios a los que habían sido previstos, es decir, las personas condenadas a desaparecer no resuelven sus asuntos, no hacen testamento, no pagan los impuestos que adeudan y, en cuanto a las despedidas de la familia y de los amigos más cercanos, las dejan para el último minuto, lo que, como es evidente, no alcanza ni para el más melancólico de los adioses. Poco informados acerca de la naturaleza profunda de la muerte, cuyo otro nombre es fatalidad, los periódicos se han excedido en furiosos ataques contra ella, acusándola de inclemente, cruel, tirana, malvada, sanguinaria, vampira, emperatriz del mal, drácula con falda, enemiga del género humano, desleal, asesina, traidora, serial killer otra vez, y hasta hubo un semanario, de los de humor que, exprimiendo todo lo que pudo el espíritu sarcástico de sus creativos, consiguió llamarla hija de puta. Felizmente, el sentido común todavía perdura en algunas redacciones.

José Saramago, Las intermitencias de la muerte, trad. Pilar del Río, Punto de Lectura, 2014.

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LA MUERTE DE UN LIMONERO

Que yo sepa no tiene amigos, y sus vecinos lo consideran un bicho raro, pero a mí me gusta pensar que sí somos amigos, ya que a veces deja un balde con composta afuera de mi casa, como regalo para mis plantas. El árbol más antiguo de mi terreno es un limón, su copa es un tupido enjambre de ramas. Hace poco, el jardinero nocturno me preguntó si yo sabía cómo morían los cítricos: cuando llegan a la vejez, si logran sobrevivir a sequías, enfermedades y a los incontables ataques de pestes, hongos y plagas, sucumben por sobreabundancia. Al alcanzar el fin de su ciclo de vida, dan una última cosecha gigantesca de limones. En su primavera final, sus flores brotan y florecen en enormes racimos y llenan el aire con un dulzor tan fragante que te hace picar la garganta y las narices a dos cuadras de distancia; sus frutos maduran todos a la vez, ramas completas se quiebran bajo su peso, y luego de un par de semanas el suelo a su alrededor está cubierto de limones podridos.

Es extraño, me dijo, ver tanta exuberancia antes de la muerte. Uno puede imaginarla en el reino animal, esos millones de salmones copulando antes de caer muertos, o los miles de millones de arenques que vuelven blancas las aguas de las costas del Pacífico con su semen y sus huevos, a lo largo de cientos de kilómetros. Pero los árboles son organismos muy diferentes, y esos espectáculos de monstruosa fertilidad no parecen propios de una planta y son más parecidos a los excesos de nuestra propia especie, con su crecimiento desbordado y fuera de todo control. Le pregunté cuánto tiempo le quedaba de vida a mi limón. Me dijo que no había forma de saberlo, al menos no sin cortar su tronco para mirar sus anillos. Pero ¿quién querría hacer una cosa así?

Benjamín Labatut, Un verdor terrible, Anagrama, 2015.

La muerte de un limonero ı Foto: Fuente > IA

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Primer encuentro ı Foto: Fuente > Latin American Literature

PRIMER ENCUENTRO

Me sorprendió porque yo ya conocía bastante bien al escritor; era amigo a través de una correspondencia muy abundante. En esa edad uno escribe largas cartas, con afirmaciones y negaciones apasionadas.

Y de pronto, veo a un muchacho que me pareció altísimo, larguísimo: parecía más alto de lo que realmente era; con un cuerpo un poco delgado y un traje que parecía quedarle chico. Estaba vestido como empleado de una tienda comercial de principios de siglo, no muy moderno.

Su cara, un poco de gato, un poco como la de un adolescente que no correspondía a su edad: tenía ya más de 30 años y unos ojos claros de extraordinaria inocencia, de una extraordinaria curiosidad… Todo esto fue lo que me sorprendió al conocer a Cortázar.

Braulio Peralta, El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz, Cámara de Diputados, 2014.

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Arboles

pródigos

El paralelo entre el signo “Ahau” y el signo chino “origen” es evidente. La cosmogonía maya nos presenta en el centro del mundo, uniendo la tierra con el cielo, el árbol del origen, la ceiba (yax-ché), que asegura el alimento al hombre y que atraviesa los nueve niveles del cielo para extenderse allá en lo alto, mientras que en China es el Árbol de la Inmortalidad el que se expande y, sobre la torre más alta, una gigantesca planta de arroz, símbolo de la alimentación.

Así pues, en las dos etnias encontramos los grandes símbolos del árbol del origen asociado al Señor supremo, sustituto del dios supremo original. Y comprendemos mejor el extraño dibujo por medio del cual los mayas, que veneraban la ceiba ante la mirada de los españoles, han expresado en la escritura la doble naturaleza del Señor Ahau.

Paul Arnold, El libro maya de los muertos, trad. Orlando Espinosa, Editorial Diana, 1991.


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