Tres encuentros en la playa

Edna O’Brien (1930–2024) nació en el estricto entorno rural del Condado de Clare. Desde allí desafió la moral católica y conservadora de su época: sus primeras obras exploraban la sexualidad y el deseo femenino con tal franqueza que fueron censuradas y quemadas públicamente. Luis Jorge Boone pone el foco en la novela Agosto es un mes diabólico (Lumen 2025) para describir el viaje de su protagonista, Ellen Sage, a la Riviera francesa como un descenso a los infiernos

Agosto es un mes diabólico Foto: Especial

Lo que me interesa de Edna O’Brien es su prosa. No es poca cosa. La exactitud de sus observaciones, el escalpelo con que apostilla asuntos tan triviales como el juego de la luz entre las ramas de los árboles, tan definitorios como la culpa enterrada y tan volátiles como los recuerdos que brotan espontáneos en la mente. El ritmo con que secuencia las acciones, la mezcla de distancia y compenetración que le permite estar dentro y fuera de sus personajes cuando corresponde. La endiablada malicia con que construye ladrillo a ladrillo la perdición, la sombra que marca las vidas de los personajes. Y asimismo esos personajes, que esperan con miedo y el corazón en vilo, que se debaten contra sí mismos. Quedarse con su prosa es quedarse con todas sus virtudes.

LA GRAN DAMA DE LAS LETRAS irlandesas me flechó hace unos años con sus cuentos, reunidos en Objeto de amor (Debolsillo, 2019); el golpe de gracia me lo dio la ejemplar pieza titulada “La alfombra”. En ella, la madre de una familia sencilla recibe por correo el regalo de una alfombra que se vuelve orgullo y deleite de sus días. A través del goce de ese lujo inesperado, nos enteramos de sus sueños, su deseo de ser bien considerada en el barrio. Sin embargo, un bien suministrado giro de tuerca echa atrás todo, y la protagonista debe afrontar una realidad que no esperaba. El conjunto —veinte cuentos— es diverso y elocuente. Si una autora escribe así, me dije, hay que continuar con sus novelas.

Celebré mi buena estrella al llegar a libros como Madre Irlanda, de corte autobiográfico, y La chica, un relato desgarrador. La joya de esta corona del país de Éire es, hasta el momento, Agosto es un mes diabólico (me falta obra suya por leer y todo puede ir a más), una novela cuya estructura es la del descendimiento —me recuerda a despojados viajes iniciáticos como el de Se está haciendo tarde de José Agustín, o a ciegas andaduras nocturnas como Mañana en la batalla piensa en mí, del último rey de Redonda—: un descenso a los abismos, la caída gradual en los círculos infernales.

ELLEN SAGE, LA PROTAGONISTA, un buen día se ve tal como es: una mujer joven que ha decidido dejar atrás un matrimonio que le salía sobrando, y ahora vive cuidando de su hijo y de su empleo. Cuando Mark, de siete años, se va de campamento con su padre, el ex marido, Ellen reconoce en sí misma el metálico sabor de la insatisfacción y decide marcharse a la Riviera francesa para —fantasea— asolearse, coquetear, divagar y ser feliz en el azar.

A partir de aquí, abundan los encuentros que ocultan sus signos, la sospechosa amabilidad de los desconocidos, los paraísos con dobles fondos, los anhelos que se craquelan cuando se exponen a la intemperie.

Al terminar mi lectura y buscar semejanzas de la forma del relato, me vino a la mente el de “Los tres encuentros” que llevaron a Siddharta Gautama a convertirse en Buda. El príncipe del clan de los shakya, aislado hasta entonces de la realidad del mundo, abandonó la seguridad de su palacio a los 29 años para enfrentar los azotes del ser humano: la enfermedad, la vejez y la muerte. Tuvo así la revelación que lo condujo a buscar el fin del sufrimiento, la extinción de los deseos y, asimismo, la iluminación.

Si superponemos a este dibujo el que define el tránsito que en implacables 180 páginas recorre la protagonista, encontramos varias coincidencias. En esas vacaciones repentinas, Ellen confronta los estragos del tiempo, cifrados en la pérdida de vigor y lozanía que experimentan los cuerpos; vive las penurias del contagio y los remordimientos de quien, al pecar, concibe la enfermedad como un merecido castigo; y finalmente, la muerte que cubrirá con su velo negro el cielo de sus días soleados.

EN EL TRAYECTO DE SU PROTAGONISTA, LA AUTORA NOS ENFRENTA A LOS REVESES CON QUE LA VIDA ARRUINA EL PAISAJE DE LOS HUMANOS DESEOS

El arte no ofrece nunca una salida incontrovertible —eso lo convertiría en religión, publicidad, proselitismo—; lo que sí ofrece es el tránsito y, con él, una modificación de la percepción. Ellen no busca la iluminación; apenas, digamos, desea sobrevivir. Después del vaciamiento vendrá la desorientación, y entonces, en medio de la nada, aparece un norte. Una manera se seguir. Un sentido.

En el trayecto de su protagonista, la autora nos enfrenta a los reveses con que la vida arruina el paisaje de los humanos deseos. Con la maestría y el valor de quienes recorren el puente colgante de la forma —sus bien tensados diálogos, sus símbolos precisos, sus endiablados adjetivos— para que podamos, luego, aventurarnos en él.

El corazón de Ellen Sage vive el dolor, el desligamiento de la realidad, la locura, y recibe cada mazazo sin ocultarse, sin engañarse (o no demasiado).

El final de la novela me parece de una coherencia notable, no falta ni sobra un sentimiento de los ahí expuestos en esos últimos párrafos que no pierden fuelle. Si la transformación existe, es en los intersticios que abren las palabras. Ahí donde la respiración de la escritura se suspende encontramos la posibilidad de la visión personal. Por amarga que sea.

La novela, publicada originalmente en 1965, fue prohibida, por pecaminosa, dura, y todas esas cosas que la visión arriesgada de la escritora aprovecha para configurar un vibrante relato. Hoy podemos leerla y dejarnos sorprender por su escritura. Punto, set y juego para la gran O’Brien.

Agosto es un mes diabólico ı Foto: Especial

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