COMISIÓN DE SOMBRAS

Sobre la gracia

El Niño de la espina (también conocido como Spinario), s. I a.C.
El Niño de la espina (también conocido como Spinario), s. I a.C. Foto: Museos Capitolinos

Uno de los primeros lectores mexicanos de Simone Weil, o al menos uno de los primeros que deja constancia de lectura en un texto, fue José Joaquín Blanco. En 1991 la editorial Jus publicó La gravedad y la gracia con un prólogo de su autoría que aún se lee con provecho. Entre sus hallazgos, figuran verdaderos senderos para adentrase en la selva Weil:

“No es novedoso querer librarse del mundo, sí lo es quererlo hacer para quedarse sin nada: sin recompensa alguna, sin esperanza, apenas con una vaga sospecha metafísica impersonal, abstracta, de la reintegración a un Dios total y difuso”.

Lleva razón, Weil nos enseña que hay que repetirse con fuerza que Dios no existe, porque “si se ama a Dios pensando que no existe, él manifestará su existencia”. Pero aun Blanco se atreve a más:

Hay que renunciar al Bien —a su comodidad rutinaria, a la buena conciencia, al paraíso como propiedad privada y bien raíz, a la comunidad de los santos como vecindario aristocrático para la eternidad, obteniendo bien barato con unas cuantas tretas de virtud fácil y especulativa—: mejor dicho, hay que renunciar a codiciarlo: ‘Renunciar a todo lo que no es gracia y no desear la gracia’.

ADEMÁS DE DECIR QUE ME GUSTA su manejo de subordinadas que se abren ante los abismos de los guiones largos y dan a un callejón de dos puntos, pido humildemente al lector quedarse con aquella afirmación sobre la gracia, hecha por Weil, que nos compete para este texto. No sin antes insistir: Weil no sólo desconfiaba del Bien, también del Amor y de la Amistad, no porque sean algo malo en sí mismos, sino porque debe “prohibirse severamente el soñar con el goce de los sentimientos”, porque se trata de alegrías gratuitas como el aire, el sol, el viento y no pertenencias a las que uno debe atarse o atar a los demás, pero sobre todo por temor a interrumpir la conversación infinita con uno mismo y con la ausencia de Dios. “Amar puramente —nos dice— es consentir la distancia, es adorar la distancia entre el yo y lo que se ama.”

Finalmente, me atrevo a señalar que Blanco no se permite llamar a Weil por su nombre secreto: gnóstica. Escuchen esto: “No hay absolutamente un acto libre que nos sea permitido sino la destrucción del yo” o bien, “participamos en la creación del mundo descreándonos a nosotros mismos”. Esa teología negativa busca la revelación personal e intuitiva de lo divino, rechazando toda obediencia y renunciando a todo aquello que no sea la gracia, sin jamás desear otra cosa que no sea la gracia. Pero ¿cómo es posible este equilibrio?

En un relato —a medio camino entre cuento de hadas y ensayo— de Heinrich von Kleist, Sobre el teatro de marionetas, se nos ofrece una clave para entender ese rayo que a veces nos alcanza y llamamos a falta de mejor nombre, gracia. Un narrador, tal vez el propio Kleist, se encuentra con el señor C., primer bailarín de la ópera de la ciudad de M.,en primera fila ante una función de títeres. Kleist (consintamos en que se trata del poeta) se sorprende de que el artista se deleite mirando bailar a esos muñecos de madera. Ciertamente, contesta el señor C., los movimientos de las marionetas pueden ser limitados, pero los ejecutan con tal “sosiego, ligereza y donaire que pasman a cualquier ingenio propenso a cavilaciones”.

EN UN RELATO DE HEINRICH VON KLEIST, SOBRE EL TEATRO DE MARIONETAS, SE NOS OFRECE UNA CLAVE PARA ENTENDER ESE RAYO QUE A VECES NOS ALCANZA Y LLAMAMOS A FALTA DE MEJOR NOMBRE, GRACIA

Y NO SÓLO ESO, LAS MARIONETAS carecen de la “afectación” que, en cambio, padecen algunos bailarines. ¿Pero cómo puede ser eso? Para empezar, continúa C., son ingrávidos, (el subrayado es suyo) y, para terminar, no son conscientes de la gracia. Para nosotros, en cambio, “desde que comimos del Árbol de Conocimiento, el paraíso está cerrado con siete llaves…” Entonces el poeta recuerda una anécdota que ejemplifica la desgracia, la caída que la conciencia provoca en los seres humanos. Un día, estaba bañándose con un chico “cuya constitución irradiaba un maravilloso donaire” de la cual no parecía ser consciente y por tanto no había vanidad ni afectación en su comportamiento, cuando de pronto, el joven se sentó en un taburete frente al espejo y al comenzar a secarse un pie, se descubrió a sí mismo idéntico a una escultura que recién habían visto, el famoso Spinario, la pieza de bronce del siglo I a.C. El chico llama la atención del poeta sobre el descubrimiento, y éste “para atajar su vanidad” le asegura que no es así, que no se parece a la estatua. Entonces, el joven intenta sentarse tal y como había estado apenas un segundo anterior, pero no consigue el mismo efecto, lo vuelve a intentar una y otra vez, sin éxito. Y a partir de ese día, “se operó en el joven una misteriosa transformación”, lo abandonaron sus encantos uno tras otro y al cabo de un año “no se podía descubrir en el joven ni siquiera una huella de su pasada hermosura”.

Por su parte, el señor C. se siente obligado a replicar con otra historia. Un día, estando en Moscú de visita en casa de un aristócrata, uno de los hijos lo reta al arte de la esgrima, sólo por fanfarronear, “se las daba de maestro”. El bailarín es ágil y ha practicado esgrima de modo que en unas cuantas estocadas hace volar el florete del chico a un rincón. Enfadado, el muchacho lo reta a medirse con “la horma de su zapato”, y entre broma y broma lo llevan ante un oso que el aristócrata criaba en su finca. El oso está atado a un poste, pero puede erguirse y moverse con facilidad. Le entregan un florete al señor C. y se enfrenta al oso. Para su sorpresa, el oso elude cada una de las estocadas, o bien las detiene con la zarpa “con movimientos ligerísimos”, y cuando el bailarín intenta una finta, el oso parece adivinarla y ni siquiera se mueve.

LA BELLEZA Y LA ACCIÓN. Ambos personajes consienten en que a medida que se “oscurece la reflexión, hace su aparición la gracia cada vez más radiante y soberana”, aunque existe una excepción: cuando el ser no es más que pura conciencia, “una conciencia infinita” entonces la gracia también es posible, “esto es, en el títere y el dios”.

Terrible condición humana, no puede ser de manera voluntaria ninguno de los dos. En cualquier caso, la Gracia es fuga y no amoldarse a una forma preestablecida, es escapar, momentáneamente a las leyes del mundo, Weil:

Instantes de tregua, de contemplación, de intuición pura, de vacío mental, de aceptación del vacío moral. Por esos instantes [el hombre] es capaz de lo sobrenatural. Quien soporta un momento el vacío recibe el pan sobrenatural o cae. Riesgo terrible, pero hay que recorrerlo sin arrojarse en él.

Habría que seguir los pasos de Weil, y atender a las consecuencias en Kleist: rechazar la gracia con tal de acceder a ella —sin saberlo ni desearlo, pero también sin escape ni recompensa—: no nos pertenece, es una llama que al notarla desaparece, y su luz quema al conocerla; es, todo lo más, una disposición, y no una cualidad, no depende de nuestra voluntad. Nadie puede acceder a aquello que lo salva sin arriesgarse a perderse por completo.

No hay consuelo, pero hay luz.


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