El fantasma de T

“Los cuentos de Bibiana Camacho son artefactos implacables para hablar de las sinrazones ocultas que anidan en las relaciones humanas —escribió Ana Clavel—. En todas sus historias late una imaginación poderosa para hacer pasar por cotidiano el oscuro juego de sombras y deseos que se gestan en el insomnio, el sueño, el delirio o la soledad”. Este cuento inédito es un ejemplo exacto de las atmósferas perturbadoras que puede crear Camacho para que el lector no pierda nunca el interés por la trama.

El fantasma de T Foto: Zintosch7 / CC

—Casi me desmayo, no me lo vas a creer.

M deposita las compras del súper en la mesa y se deja caer en el sillón individual con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.

—¿Te sientes mal?, ¿qué pasó? —grito desde la cocina, sin entender lo que dice, le sirvo un vaso de agua y vuelvo a su lado—. ¿Cómo? —Le tiento la frente, fría, pero el contacto con su piel me crispa los nervios.

—Acabo de toparme con T.

—¿Qué?

Creo no haber entendido, pero repite lo mismo, esta vez mirándome a los ojos, en busca de una aceptación imposible.

—Ya sé que suena como una locura, pero te juro que lo vi. Igualito. Llevaba esa chamarra mostaza de beisbolista que tanto le gustaba.

Apenas una noche antes lo habíamos invocado. Era la primera vez que lo intentábamos con alguien conocido. Desde que nos conocimos, gracias al taller literario que impartía T, nos aficionamos a hacerle preguntas a nuestros autores favoritos muertos hacía tiempo que, según nosotros, contestaban a través de sus libros. El ritual era sencillo pero efectivo. Apagábamos la luz, encendíamos velas, pensábamos en ellos, hablábamos de las sensaciones que nos causaba su literatura y luego les hacíamos una pregunta cada quién, en silencio. Después abríamos el libro al azar y el primer párrafo que encontrábamos era la respuesta. Lo hacíamos en pocas ocasiones, sólo cuando la urgencia lo ameritaba, como cuando quisimos saber si nos darían el apoyo para un proyecto literario o si lograríamos emprender el viaje tan deseado. Si procurábamos la suficiente atención, la respuesta siempre era atinada; y aunque a veces el párrafo parecía no tener nada que ver, de alguna manera nos proporcionaba pistas y señales, más tarde comprobables.

BIBIANA CAMACHO ı Foto: Especial

T había muerto dos meses atrás y nos había dejado con una terrible sensación de orfandad. M y yo nos conocimos en su taller, ahí empezamos a salir y terminamos por vivir juntos. T fue testigo y cómplice de nuestra amistad primero, y luego de nuestro enamoramiento y compromiso. Por si eso fuera poco, valorábamos sus recomendaciones de lectura y cine, sus severos y acertados comentarios a nuestros textos bisoños, su ácido sentido del humor y su solidaridad eterna. A la menor oportunidad resaltaba la enorme diferencia entre escribir y querer ser escritor con todo su oropel y lentejuelas. Afirmaba que el oficio nunca es suficiente si no se posee cierta sensibilidad orgánica y honesta para sentir y expresar.

Su muerte fue súbita e inconcebible. Nos negábamos a ver el deterioro evidente, y él procuraba mostrarse siempre jovial y divertido, quizá como una estrategia para espantar la decrepitud. Nos hubiera gustado despedirnos, decíamos. Así que convenimos en realizar nuestro ritual y darle un mensaje de cariño al más allá, quizá debimos darle el mensaje y no pretender obtener una respuesta.

Permanecemos callados, estoy segura de que nuestros pensamientos rondan la misma imagen de T cuando nos reprendía por algún error, a sus ojos inaceptable; cuando la falta de belleza en nuestros textos era tan insultante que se sentía y mostraba hondamente ofendido. Entonces el chirrido de la tetera nos saca de nuestro ensimismamiento. Me levanto, sirvo dos tazas con té de azahar y un poco de miel, y regreso a la sala. M parece más tranquilo, pero cuando toma la taza que le ofrezco, noto un ligero temblor en su mano.

—Te juro que lo vi, ya venía de regreso, cuando tropecé con él de frente, en el pasillo que conduce al sitio de taxis.

—¿Te vio?

—No creo, iba hablando solo, no miraba a nadie.

—¿Qué hiciste?

—¿Cómo, qué? Vine a toda velocidad, me dio un susto terrible.

—¿Estás seguro? Quizá sólo se le parecía. Hemos pensado mucho en él, quizá tu cabeza te jugó una mala pasada.

—Puede ser —contesta con desgana—, debí seguirlo, pero estaba aterrorizado, lo único que quería era escapar.

Bebemos el té en silencio y reanudamos nuestras actividades cotidianas. Evitamos mencionar el incidente y mucho menos el conjuro formulado una noche antes. Incapaces de reconocer el miedo, disimulamos nuestro temor y hablamos de cualquier tontería, cada vez que T invade nuestros pensamientos, aunque la realidad es que los dos sabemos que no nos lo podemos sacar de la cabeza, y que debe haber una relación entre ese extraño encuentro y nuestras invocaciones.

INCAPACES DE RECONOCER EL MIEDO, DISIMULAMOS NUESTRO TEMOR Y HABLAMOS DE CUALQUIER TONTERÍA, CADA VEZ QUE T INVADE NUESTROS PENSAMIENTOS, AUNQUE LA REALIDAD ES QUE LOS DOS SABEMOS QUE NO NOS LO PODEMOS SACAR DE LA CABEZA

AL PASO DE LOS DÍAS SE DISIPA el espanto, pero no el miedo. Y de nuevo hablamos de él. Nombrarlo y evocarlo ayuda a aminorar la emoción violenta que bulle en nuestro interior y que no nos atrevemos a reconocer. Así que hablamos, incluso más que antes, para exorcizar las emociones. Recordamos anécdotas y consejos. Con el paso de los días, hemos logrado amansar la tristeza y enterrar la emoción turbulenta que nos causa la posible manifestación de su espíritu.

Voy al súper y recuerdo que T decía que la esencia y sustancia de los personajes sólo es visible a través de sus acciones y reacciones en la situación planteada por el escritor. Entonces pienso en el espanto auténtico de M, en mi omisión, en nuestro procurar hacer como si no pasara nada, como si una inquietud no nos carcomiera por dentro. Y entonces, me ocurre a mí.

Igual que a M en aquella ocasión, voy al súper a unas calles de nuestro domicilio, hago las compras y, cuando salgo, me topo con él. Lleva su chamarra color mostaza de beisbolista y una playera a rayas horizontales. Me mira de frente, es él, sin duda alguna. Su mirada aterrorizada abarca todo mi campo de visión y lo demás se vuelve sombra. Se aleja a toda prisa, pareciera que es él quien ha visto un fantasma. Quiero seguirlo, pero las piernas no me responden, siento el cuerpo vacío, como si la sangre, los músculos y los huesos me hubieran abandonado. Creo que estoy a punto de desvanecerme y una vibración que nace de mí misma se intensifica. Tiemblo de pies a cabeza. Segundos después, toda convulsa, voy tras él, pero no me es posible alcanzarlo. Miro cómo atraviesa la gran avenida esquivando carros que le mientan la madre a claxonazos.

Entonces el golpe de la comprensión me llega con contundencia. Y aquello que estaba oculto, pletórico, florece. En cuanto abro la puerta, no hay necesidad de anunciar lo acontecido, conmigo entra esa salvaje sensación de lo innombrable.

—Estás pálida, ¿qué pasó, estás bien?

El cruce de miradas es suficiente.

—Lo viste, ¿verdad?, ¿verdad?

Asiento apenas. Despojada de la seguridad de entender el mundo, de la certeza de lo palpable, del amparo del suelo firme. Me dejo caer en un sillón.

—Huyó de mí… aterrorizado… como si… como si…

—Calma, te entiendo, es horrible. Pero, ¿lo seguiste, te vio?

—Sí, él me vio primero, creo. Y de inmediato echó a correr, como si yo fuera el fantasma. Y luego… y luego intenté seguirlo, después de que… de que… las piernas.

M me abraza, pero incluso el contacto de su amado cuerpo es volátil e irreal.

—Fui tras él, pero le di tanto miedo que cruzó sin fijarse y casi lo atropellan.

—Quizá creyó que querías asaltarlo o algo.

—¿Cómo le voy a hacer algo malo, si lo adoraba?

—Bueno, es que, ahora pienso que quizá es alguien que se le parece mucho, porque…

Y me repite casi lo mismo que yo le dije aquel día: no somos únicos, a veces encontramos personas que se parecen perturbadoramente a nosotros o nosotros a ellas. Y es normal porque, a fin de cuentas, ¿qué nos hace pensar que somos únicos?

—Y mira, de alguna manera, me tranquiliza que lo hayas visto tú también. Seguramente es un vecino. Verás que en cuanto lo encontremos juntos todo se va a aclarar.

—Mmm —contesto sin mucha convicción y me dispongo a guardar los víveres.

El fantasma de T ı Foto: Zintosch7 / CC

A PARTIR DE ESE MOMENTO, una aparente calma, llena de sobresaltos y taquicardias, se instala entre nosotros. Cada que salimos juntos hacia la zona de los avistamientos, como la hemos nombrado, por ser el mismo sitio donde ambos lo topamos, miramos a todos lados con la esperanza de encontrarlo. No lo confesamos, pero ambos deseamos encontrarlo, enfrentar a la visión, el fantasma o lo que sea, juntos.

Con el paso de los días y de las rutinas cotidianas, el ánimo decae. Y aunque el espanto se ha diluido en una duda punzante, yo siento una profunda tristeza.

—No entiendo, ¿Por qué estás tan triste?

—Es que lo hubieras visto, me tuvo miedo.

—Quizá lo espantaste con tu mirada de loca.

—No te burles, de verdad me siento muy triste. Yo lo quería mucho.

—Y él a ti, pero no era él, no puede ser.

—Tú estabas muy seguro.

—Sí, pero, bueno, me espanté. Los dos sabemos que es imposible. Quizá el señor que viste también vio a alguien conocido en ti.

—¿A un fantasma? ¿Crees que estoy muerta?

—No digas tonterías. Sobre todo, no te obsesiones. No era él.

HE CONSIDERADO LA POSIBILIDAD de preguntar a uno de sus libros, pero la sola idea me paraliza. Después de todo, su primera aparición fue horas después de haberlo invocado. M no me dice nada, pero estoy segura de que piensa lo mismo que yo. De cualquier modo, desde entonces no nos hemos atrevido a averiguar a través de los libros, de ningún libro. Quizá nuestro juego no sea un juego; quizá los textos maravillosos de gente muerta sean un oráculo, un túnel, una lupa que nos muestra nuestra insignificancia.

Luego de casi dos meses, mi tristeza aparece con menos frecuencia y se evapora en los efluvios de mis amnésicos sueños inquietos. Seguramente ha sido de utilidad que me dieran un proyecto grande en la editorial y que M se ha comprometido con un trabajo externo, que realiza en sus escasos ratos libres del trabajo cotidiano. Inmersos en una dinámica avasalladora, hemos dejado de hablar del extraño encuentro y nos hemos visto obligados a turnarnos para hacer limpieza, compras, pagos, cocinar y sacar la basura.

Un día que me toca hacer las compras, me entretengo en una de las tantas tiendas que circundan el supermercado en la plaza comercial. Las ofertas parecen atractivas y me quedo mirando unos botines puntiagudos color verde botella. Sonrío, si T me hubiera visto con ellos, me habría encontrado el apodo adecuado. Se alteraba con lo que él llamaba extravagancias del vestido, los peinados, los tatuajes. Supongo que no entendía del todo el mundo moderno; eso lo irritaba y recurría a la burla y la ironía. Entonces veo su rostro a través del cristal, un segundo nada más, porque en cuanto me mira, da media vuelta y se aleja a largas y torpes zancadas. Espero un segundo, trato de mantener la calma, percibo mi propio reflejo borroso en el aparador y de inmediato emprendo la carrera.

—Ven rápido, rápido, ahora.

M no pregunta el motivo, simplemente dice:

—No lo pierdas de vista, pero tampoco te acerques demasiado. Voy, no cuelgues. Tranquila.

Camino lentamente y lo ubico en un café, en una mesa del fondo, mirando hacia todos lados, asustado. Se seca obsesivamente la frente y el cuello con un pañuelo. Me mantengo a cierta distancia sin llamar la atención y espero.

—¿Dónde estás?

Apenas acabo de darle indicaciones, cuando aparece a mi lado. Entonces inicia todo, los engranajes del mecanismo interno del mundo se mueven y ya no hay marcha atrás. A un lado, un hombre parado en una mampara, solicita voluntarios para un concurso de imitación, el ganador o ganadora obtendrá cupones de descuento para distintas tiendas en la plaza comercial. Las bocinas resuenan a nuestro costado, pero no nos movemos, a pesar de que el volumen aturde y empaña el pensamiento, por temor a que T nos mire y huya entre la multitud que ya se congrega.

Varias manos se alzan, el animador elige a dos. De pronto T me ubica entre la multitud y se levanta de un salto, entonces el conductor le da la bienvenida, asegura que lo llena de gusto que una persona de la tercera edad, tan entusiasta, participe. T sube al estrado, acompañado de otros dos participantes. M y yo nos miramos expectantes, de verdad está igualito, la misma estatura y complexión, el gesto malhumorado con una ceja más fruncida que la otra, los labios delgados y las sobresalientes arrugas en las mejillas. Pero hay algo raro, algo en su mirada torpe. El T que conocíamos, a pesar de los párpados caídos, mantenía una mirada atenta e inteligente que sabía intimidar si era necesario. En cambio, el T del estrado tiene aspecto frágil y asustadizo, la mirada rehúye cualquier contacto y parece extraviado.

El fantasma de T ı Foto: Ahaliha mk / CC

EL CONCURSO CONSISTE EN IMITAR a un perro. Se me encoge el estómago, se sabe que, a mayor humillación, mayor éxito. Ese tipo de concursos buscan, sobre todo, ridiculizar a las personas, convidar la burla y propagar el deleite de la ofensa al denigrado.

A pesar del inconfundible parecido, dudo, porque el verdadero T jamás se hubiese prestado para un espectáculo tan lamentable. Siento un mareo y un hueco, como si las entrañas se hubieran replegado para dejar un espacio vacío en mi interior. Sea quien sea esa persona, no deseo que reciba burlas y ofensas, que el animador ya expresa de manera más o menos disimulada, a partir del aspecto físico de los concursantes.

Uno de los participantes ladra ininterrumpidamente con un tono agudo y molesto, como el de un perro chihuahua, mientras agita las nalgas para simular el movimiento frenético de un rabo. El otro, ante el logrado desempeño, ladra con estridencia y gravedad, para luego imitar los gemidos casi humanos de un husky. La gente aplaude a uno y otro, ríen y piden más. Entonces, T levanta una pierna y empieza a orinar, poco a poco el público se somete a un silencio incómodo. El conductor permanece con la boca cerrada y los brazos caídos durante unos segundos, resulta evidente que no sabe si bromear al respecto o pedirle al hombre que se marche; parece que opta por lo primero, pues una enorme sonrisa ilumina su rostro. Pero no tiene tiempo de nada, justo cuando acerca el micrófono para decir algo, T se abalanza y lo muerde en la muñeca. El conductor aúlla pidiendo ayuda, pero T no suelta, babea y gruñe con la mandíbula tensa, como un pitbull. El público grita, pero la mayoría graba con sus celulares.

Luego de unos momentos, que me parecen eternos y durante los cuales ni M ni yo atinamos a reaccionar, llegan guardias de seguridad de la plaza, y T con una agilidad inaudita para su edad, echa a correr entre la gente; a su paso, empuja, tira mobiliario, rompe vidrios.

Algunos aprovechan el caos para salir de la plaza con productos tomados de las tiendas, la mayoría de nosotros somos detenidos, a pesar de ser simples espectadores. Del interrogatorio caótico e intimidatorio no surge nada. Nadie sabe cómo y quién inició el caos, mucho menos la identidad del “abuelito can”, como ya lo apodan y como se le conocerá en las noticias. Tratan de fabricar culpables para no quedar mal con los negocios afectados y presentar a los medios una operación impecable.

NADIE SABE CÓMO Y QUIÉN INICIÓ EL CAOS, MUCHO MENOS LA IDENTIDAD DEL ‘ABUELITO CAN’, COMO YA LO APODAN Y COMO SE LE CONOCERÁ EN LAS NOTICIAS

Al final, no hay culpables, el “abuelito can” ha escapado sin que nadie pueda dar alguna información útil, las pérdidas materiales no son tan cuantiosas. En los medios de comunicación y redes sociales se resalta la poca preparación de los empleados para manejar situaciones críticas. En los múltiples videos y fotografías que circulan, jamás se ve a T con nitidez. De alguna manera nadie logró enfocar su rostro y cuando aparece, la foto siempre es borrosa y el video está movido. Acaso se logra observar el color del atuendo, pero ni siquiera se distingue si se trata de un hombre joven o viejo, o la ropa que lleva.

M y yo hemos hablado varias veces de lo ocurrido y no nos explicamos la euforia que nos poseyó ese día. ¿De verdad estábamos convencidos de que ese hombre era T? En algún momento nos unimos al pánico sin destino específico, con el único propósito de alejarnos de nuestra propia confusión.

No nos hemos vuelto a topar con el fantasma de T. Muchas veces me he preguntado si no habrá sido una última broma macabra de nuestro amigo, al que le encantaba elaborar chanzas complejas para divertirse a costa de los demás, sin caer jamás en la burla facilona.

Ya van varias veces que M se hace el disimulado cuando le pregunto qué roba su atención. Lo conozco muy bien e identifico esa arruga tenue que atraviesa su frente cuando está muy concentrado en un asunto que le preocupa. Acepto su respuesta evasiva sin insistir y me pregunto si tal vez él también le hizo una pregunta a T, la única vez que lo invocamos a través de su libro. No se lo pregunto porque si lo hago me vería obligada a compartir la pregunta secreta que le hice y que respondió de manera tan elocuente. No dejo de pensar en aquello que nos dijo un día, cuando ya casi nos echaban de su cantina favorita a la que solíamos ir después del taller: “La gente que escribe la vida, pero que la escribe bien y logra transmitir la angustia de la existencia, es monstruosa”.