Debo encontrar una verdad
que sea verdad para mí
– SØREN KIERKEGAARD

Diversa Cultural
Hace algunos años encontré la siguiente frase de Aristóteles: “La única verdad es la realidad.” Esta sentencia me quitó el sueño, y pasó a ser tan definitiva para mí, que irremediablemente terminé inscrito en la carrera de Filosofía. Como la mayoría de mis compañeros, o si hago a un lado las exageraciones, sólo dos o tres de ellos incluyéndome, conceptos como el de Verdad y el de Realidad me daban vuelta en la cabeza, volviéndose una constante en nuestras pláticas, en nuestras reflexiones y desde luego, en nuestras lecturas. Después de las primeras lecciones y de los primeros libros que leímos en la universidad, me di cuenta de que estaba perdido (por usar una imagen romántica). ¿Pero perdido en la realidad o verdaderamente perdido? Como sea, estaba perdido entre los dos conceptos que para mí en aquel entonces encerraban todos los demás conceptos de la filosofía, sí, pero también de la vida.
De modo que, sin trabajo, pasé a formar parte de la larga fila de estudiantes de filosofía que son derrotados por las primeras preguntas a las que se habían planteado darles pronta respuesta. En una situación como la mía, sólo se podían hacer dos cosas: la primera era dejar la carrera y estudiar algo de verdad, o rezarle a algún santo para que volviera realidad mis plegarias por hacerme de respuestas. Por increíble que parezca, escogí la segunda opción; sí, le recé a un santo y el santo pareció escuchar mi plegaria. Leyendo una noche Las confesiones de San Agustín, se me reveló una cita en la hoja, casi como un deslumbramiento, como una serie de palabras separadas de las demás palabras por una luz propia, una luz que llenó la oscura habitación de estudiante donde leía aquella noche.
LEYENDO UNA NOCHE LAS CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN, SE ME REVELÓ UNA CITA EN LA HOJA, CASI COMO UN DESLUMBRAMIENTO, COMO UNA SERIE DE PALABRAS SEPARADAS DE LAS DEMÁS PALABRAS POR UNA LUZ PROPIA
San Agustín se preguntaba “¿Qué es lo que busco cuando no estoy satisfecho con lo que encuentro?” La pregunta lanzada por este santo no me daba respuestas, al contrario, hacía que me invadieran nuevas preguntas que a su vez venían jalando otras, más complejas, más melindrosas; pero lo que la pregunta de San Agustín me dio, fue descubrir que hacerme cualquier pregunta una y otra vez, me llevaba a nuevos saberes. Otro hecho que me ayudó a calmar por un tiempo mi hambre de Verdad y de Realidad, fue la obra de Hegel. El filósofo parecía hablarme cuando aseguraba que “Si la realidad no es lo que yo creo, peor para la realidad”. Gracias a la ayuda de estos dos filósofos, pude caminar tranquilo, aunque como lo dije antes, sólo por un tiempo.
Antes de estudiar filosofía, pasé dos años en la carrera de realización cinematográfica, experiencia frustrante, catastrófica en todos los sentidos, pero como dice Peter Sloterdijk, en El sol y la muerte, “Los hombres tienen que emprender el camino que les pueda llevar a escribir la siguiente página de su vida”, así emprendí el camino que del cine me llevaría al mundo de la filosofía: pasé de la imaginación a la realidad, de los “planteamientos ficticios” a los “problemas verdaderos”. Pero Sloterdijk no hizo algo tan distinto a lo que yo había hecho; el camino que él emprendió representaba adentrarse en terrenos en apariencia muy dispares entre sí, entre una disciplina y la otra.
PETER SLOTERDIJK NACIÓ en la Alemania del año 1947, en Karlsruhe, con el olor a guerra todavía presente, entre caminos llenos de escombros y hombres más bien en ruinas, escombros también. Su formación como estudiante de filosofía, como la de la mayoría de sus contemporáneos, tuvo una fuerte influencia de los pensadores de la Escuela de Frankfurt, que repercutirían en sus primeros trabajos (por ejemplo en su Crítica de la razón cínica, publicada en 1983, un trabajo que guardaba fuertes ecos del pensamiento de sus maestros), hasta que, en un acto rebelde o iluminado, si es que estas palabras pueden separarse, rompió con las teorías propuestas por Horkheimer, Adorno y compañía, y emprendió el nuevo camino que lo llevaría a escribir la siguiente página de su vida.
Realiza un viaje a la India para estudiar la doctrina del líder espiritual Bhagwan Shri Rajnísh, conocido posteriormente en el mundo como Osho. Este encuentro, esta ruptura con la Escuela de Frankfurt, con el pensamiento de Occidente y su descubrimiento del otro pensamiento, el de Oriente, lo hicieron replantearse su visión de la filosofía. En adelante, en el camino andado por Sloterdijk confluirán los dos pensamientos tan distintos entre sí, su filosofía será una filosofía por muchos considerada transgresora, vaga y dispersa, y otros verán su pensamiento como un acto puro de renovación en el siglo XX.
DE PENSAMIENTO PROLÍFICO, de ideas variadas y poco o nada abordadas por otros filósofos del siglo, pienso en Deleuze, Foucault como excepciones, el trabajo de Peter Sloterdijk me interesó sobre el de otros pensadores, enfrentándome otra vez con los conceptos de Verdad y Realidad que antes me habían superado y a los que había hecho a un lado, por comodidad, sobre todo. El pensamiento de Sloterdijk se caracterizaba, desde mi perspectiva, por un punto elemental: no evadía al arte, lo enfrentaba, lo entendía como una de las expresiones más profundas que tiene el ser humano: la música, la poesía, la plástica, la danza, el cine, la arquitectura, etcétera.
Si se me permite usar el oxímoron, yo me encontraba lleno de un vacío que la filosofía escolástica me había dejado. Iba con mis conceptos repetidos a lo largo de las generaciones y concebirlos de otra manera, era romper la grande tradition, ocuparme por temas artísticos, pensar la filosofía desde la poética de Milton, la estética de Giotto, por ejemplo, me etiquetaban como un estudiante flojo, distraído, le restaba seriedad a mis ideas, me llevaba al grupo de los subversivos, y lo subversivo dentro de las aulas es visto la mayoría de las veces, como una amenaza. Esta fue mi experiencia personal, aclaro, habrá otros que corrieron con más suerte que yo.
El trabajo de Sloterdijk me mostraba que la filosofía y el arte no eran disciplinas que tenían que tratarse por separado, no, eran disciplinas complementarias, que existían como iguales, una dependía de la otra, ambas se entendían explicándose entre sí. Los temas de arte eran tratados por Sloterdijk con el mismo rigor con el que trataba temas políticos, sociales, clínicos, históricos, religiosos; el mismo rigor al trabajar en su fenomenología del espacio llamada Esferología, que al estudiar a poetas como Gabriel Tarde, Bachelard o Rilke.
En una visita al museo de Louvre, el poeta austríaco Reiner Maria Rilke, se iluminó ante la presencia del Torso Juvenil de Mileto, una pieza abatida, expuesta en la estatuaria griega del museo hasta el día de hoy. Al contemplar dicha escultura, Rilke creyó escuchar una voz que le decía: “Has de cambiar tu vida”, y con estos versos en la cabeza, escribió el bello soneto “Torso de Apolo Arcaico”. Transcribo aquí el poema:

No conocemos la inaudita cabeza,
en que maduraron los ojos. Pero
su torso arde aún como candelabro
en el que la vista, tan sólo reducida,
persiste y brilla. De lo contrario,
[no te
deslumbraría la saliente de su pecho,
ni por la suave curva de las caderas [viajaría
una sonrisa hacia aquel punto donde colgara el sexo.
Si no siguiera en pie esta piedra [desfigurada y rota
bajo el arco transparente de los hombros
ni brillara como piel de fiera;
ni centellara por cada uno de sus lados
como una estrella: porque aquí no hay [un sólo
lugar que no te vea. Debes cambiar tu [vida.
Sloterdijk toma los últimos versos del poema para titular uno de sus libros: Has de cambiar tu vida, en el que desarrollará la idea propuesta por Rilke. En él, aborda un tema tocado antes por el mismo Foucault, mismo que Sloterdijk considera que el filósofo francés dejó incompleto: el del cuidado del sí. En esta idea, Sloterdijk propone una especie de retorno al hombre. “Dios ha muerto”, nos dice Nietzsche con esa frase lapidaria, el hombre entonces se encuentra solo con su existencia. La muerte de Dios obliga al hombre a cuidar de sí mismo, a ejercitarse en la vida para conservarla, para heredarla a los que vendrán. El hombre, propone Sloterdijk, tendrá que hacer ejercicios para ser mejor. Nosotros, al no tener Dios, nos hacemos cargo de la vida, nosotros hemos de vérnoslas por nosotros mismos. El imperativo de los últimos versos de Rilke, “Has de cambiar tu vida” es la invitación directa a realizar este entrenamiento. Estos ejercicios del cuidado de uno mismo. Y yo, perdido en los caminos del entendimiento, me di cuenta de que cada trecho andado, cada página que con mis pasos iba escribiendo, me llevaba al mismo lugar: al arte. El arte guarda la esencia de la vida, y el hombre, en ruinas como el torso de aquel Apolo que inspirara al poeta, alberga toda la poesía, toda la vida, y aun rotos, sobrevivimos si nos cuidamos en el ejercicio del arte.
RILKE ENCONTRó EN LA ESCULTURA decapitada unos ojos que miraban por todos los rincones de la piedra; así el arte nos observa a los ciegos que vamos a tientas en este mundo de entendidos. Y el arte desentiende (pero no desatiende), la realidad. El hombre debe ejercitarse en el desentendimiento para entrar a la poesía. El desentendimiento visto como la manera de replantearnos, de dudar de las cosas vistas como los ojos entendidos nos dijeron que debían ser vistas. La poesía, el arte, desentiende las cosas porque las enfrenta con su esencia, les quita los vicios, las hace centellar por cada uno de sus lados como una estrella.
EL POLÍMATA VICTOR SEGALEN dijo que cuando lo imaginario se da de bruces con lo real, siempre sale ganando lo imaginario. La realidad es una, es el gran manto que a todos nos envuelve, pero cubiertas por él reposan las verdades individuales de cada hombre, sus entendimientos y desentendimientos de la realidad. Habitamos en la realidad cargando nuestras verdades. “El sol y la muerte no pueden mirarse fijamente.” dijo
La Rochefoucauld. Lo mismo ocurre, pienso, con las verdades individuales. Mi verdad no es tu verdad, pero si las dos verdades se encuentran, si entre las dos verdades distintas sucede la comunión, un pedazo de piedra sin ojos, sin boca, puede mirarnos, sonreír.
Alterando una frase de Sloterdijk de su libro de 1996, Experimentos con uno mismo, donde ensaya la intoxicación voluntaria y constitución psicoinmunitaria de la naturaleza humana, dice que quien pretenda ser médico necesita previamente ser cobaya, así, digo, que quien quiera conocer su verdad, necesita previamente sumergirse en ella.
Cuando comencé a impartir clases, mi trabajo como docente me obligaba, casi, a incitar a mis estudiantes a que guardaran bien lo aprendido, a que adecuaran sus verdades a la única y gran realidad, a que sus actos, nunca, bajo ninguna circunstancia, se prestaran a malos entendidos; pero mi inevitable ejercicio en el campo del desentendimiento, me hizo hacer todo lo contrario: invitarlos a que soltaran del conocimiento aprendido todo aquello que los ataba, para de esta manera poder hacerse nuevas preguntas; mi provocación hacia ellos ha sido la de desentender el mundo para reentenderlo luego, que emprendieran el camino que los pudiera llevar a escribir la siguiente página de sus vidas. ¿Y si hay miedo? Siempre habrá miedo, y actuar con miedo es uno de los regalos más bellos que tiene un hombre, pero dejar de actuar por miedo, es una traición hecha a uno mismo.
He tenido la oportunidad de enseñar durante algunos años, y creo que el mayor aporte que he podido dejarles a mis alumnos, tal vez el único, ha sido el llamado para que se unan a las filas de los desentendidos, para que se pierdan en los caminos siempre sinuosos y siempre reveladores de las preguntas, para que su verdad, construida de interrogaciones y algunas certezas, sea la embarcación sobre la que naveguen los infinitos mares de la realidad, la invitación a mirarlo todo con ojos nuevos y de esta manera comprender que la vida está oculta también en una piedra, en una idea, en una pregunta; andar el camino que los lleve a escribir la próxima página de sus vidas; guardar silencio, detenerse un rato, aguzar la vista y mirar con los ojos que todo lo miran: los ojos del arte, los ojos de la poesía.
CREO QUE EL MAYOR APORTE QUE HE PODIDO DEJARLES A MIS ALUMNOS, TAL VEZ EL ÚNICO, HA SIDO EL LLAMADO PARA QUE SE UNAN A LAS FILAS DE LOS DESENTENDIDOS, PARA QUE SE PIERDAN EN LOS CAMINOS SIEMPRE SINUOSOS Y SIEMPRE REVELADORES DE LAS PREGUNTAS

