Reinaldo Arenas, el escritor que buscó la libertad

El poeta y novelista Reinaldo Arenas, en palabras de nuestro colaborador Carlos Paredes, “nunca disimuló la urgencia que lo impulsaba a escribir. Desde su primera novela, Celestino antes del alba (1967) quedó claro que su literatura no buscaba ornamento ni obediencia, sino lo contrario: desafiar al poder, al canon y a la lengua misma. Fue, hasta su último aliento, un escritor que entendió la literatura como un territorio de resistencia”

Arenas fue figura clave de la literatura disidente latinoamericana.
Arenas fue figura clave de la literatura disidente latinoamericana. Foto: Especial

Nacido en Holguín, Cuba, en 1943, creció entre hambre y pobreza en el campo. Con la Revolución pudo llegar a La Habana a estudiar; poco después, al ganar un concurso de declamación con un cuento propio, ingresó a la Biblioteca Nacional, donde se vinculó con los círculos intelectuales. Ahí su homosexualidad y su actitud desafiante lo pusieron rápidamente en la mira del régimen. Aun así, logró enviar sus manuscritos al extranjero.

Antes de ser encarcelado, huyó y pasó semanas escondido en las copas de los árboles, donde leía, aprovechando hasta la última luz del día. De ahí proviene mucho del espíritu del nombre de su famosa autobiografía, Antes que anochezca, que a la vez es una potente metáfora de lo que vivía en el momento de ser escrita, pues, junto a El color del verano, su gran venganza, las dictó esperando la inminente muerte. Después fue capturado, encarcelado, torturado. Su vida fue “un interminable interrogatorio” en el que no se podía confiar en nadie, pues no se sabía quién informaba al gobierno vigilante.

Pasó por las UMAP (unidades militares de ayuda a la producción), por la cárcel El Morro, sufrió golpizas, delaciones, censura y la destrucción de manuscritos. Vivió el totalitarismo hasta el tuétano. Y, sin embargo, escribió en servilletas, en hojas robadas, defendiéndose con la única arma que no pudieron quitarle: la palabra.

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Sus novelas —El mundo alucinante, El palacio de los blanquísimos mofetas, Otra vez el mar, El asalto— así como la gran mayoría de sus poemas escritos en Cuba, se parecen más a un exorcismo que a una galería de su carrera literaria. Arenas no construyó una obra, sino un campo de batalla verbal. La sintaxis estalla, los personajes mutan, los tiempos se confunden. La realidad no se describe: se subvierte.

Su estilo —feroz, barroco, carnavalesco— no busca complacer, sino encarnar el caos.

A las dictaduras no les gusta la poesía porque no puede ser reglamentada, y por eso fue perseguido. No sólo por ser homosexual, sino por escribir sin miedo. No sólo por pensar distinto, sino por decirlo con belleza. Los comisarios culturales bloquearon su obra, pero Arenas siguió enviando manuscritos clandestinamente. Cuando logró exiliarse en Estados Unidos en 1980, con el Mariel, solo llevó lo único que no le habían arrebatado: su voz.

A LAS DICTADURAS NO LES GUSTA LA POESÍA PORQUE NO PUEDE SER REGLAMENTADA, Y POR ESO FUE PERSEGUIDO. NO SÓLO POR SER HOMOSEXUAL, SINO POR ESCRIBIR SIN MIEDO

El caso de Reinaldo Arenas es uno de los más claros ejemplos de cómo un escritor puede convertirse en sinónimo de resistencia. Su obra, más que una reacción a la Revolución Cubana —con la que desde su adolescencia creció en paralelo—, fue, desde el inicio, una rebelión por pensar diferente. A diferencia de muchos escritores cubanos que enfrentaron al régimen con el silencio o con la docilidad de la metáfora, Arenas prefirió el grito frontal, el escándalo estético y la provocación existencial. No se disciplinó para gustar, no suavizó su estilo, nunca ocultó su deseo. La suya fue una literatura contra el canon, contra el poder, contra la represión de cualquier tipo: literaria, política, sexual.

Para él, escribir fue un acto desesperado y urgente: cuerpo, exorcismo y último refugio. Sus textos buscan restaurar la patria de la infancia perdida bajo la vigilancia del Estado, aun sabiendo que era como un náufrago lanzando botellas al mar. Creía en el lector del futuro: esa fe también fue resistencia.

El mito de Arenas se construyó desde la persecución, no desde el exilio. No es casual que su Pentagonía —Celestino antes del alba, El palacio…, Otra vez el mar, El color del verano, El asalto— naciera en esas condiciones: cada novela es una trampa barroca contra el discurso oficial. El color del verano, la más entrañable de las cinco; una autobiografía en clave de caricatura, donde lo grotesco se vuelve belleza y lo indecente, sagrado. Contar su versión de la historia fue su única forma de venganza, una demostración de que fue más libre que todos los que lo condenaron.

Por otra parte, su homosexualidad nunca fue una bandera de lucha: fue una verdad vivida sin filtros. En tiempos donde los homosexuales eran perseguidos, obligados a fingir, a callar o a emigrar, él no sólo lo dijo: lo escribió, lo celebró, lo erotizó. Su literatura está cargada de deseo, de cuerpos sudorosos, de junglas, de sexo, de animales, de bestias políticas y bestias humanas. En él, la libertad de satisfacer los deseos del cuerpo es otra forma de disidencia.

Reinaldo Arenas se suicidó el 7 de diciembre de 1990. Dejando una nota en la que culpa a Fidel Castro de todos sus males: “Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país”. Pero, sobre todo, legó una obra inclasificable, furiosa, libre. Una obra que no sigue reglas porque nació para dinamitarlas.

A 35 años de su muerte, su literatura sigue encendiendo hogueras. Leer a Arenas es recordar que incluso en las celdas más oscuras hay una ventana abierta en el lenguaje; que escribir puede ser la forma más pura de insubordinación; y sobre todo, que ningún verdugo puede contra la libertad que da una hoja en blanco.