Desde aquellos diálogos de José Bernardo Couto sobre la historia de la pintura mexicana en la mítica Academia de San Carlos en 1860, las artes plásticas del país han desarrollado su porvenir durante varias centurias con expresiones soberanas y de ruptura. Al día de hoy, es posible establecer el desciframiento de más de cinco puntos cardinales que transparentan los signos de mayor clarividencia en el arte mexicano. Desde el muralismo a la abstracción, pasando por Bonampak y el devenir de la biopolítica cromática de figuras y contornos en los devenires del realismo y lo onírico, se puede trazar un puente visible que interconecta Oaxaca y Zacatecas, dos estados que cuentan con unos perfiles reconocibles, donde la identidad y el cosmopolitismo conjugan sus espectros de irradiación cultural.
De igual modo, en Ciudad de México y otras geografías del extrarradio nacional que van de Veracruz hasta Baja California, se concentra la dialéctica histórica entre manifestaciones pictóricas que abordan el compromiso social y la evasión estética, la pintura sostiene su credibilidad y verosimilitud cuando lo propiamente mexicano se acerca cada vez más a una eclosión múltiple de alteridades postnacionales, donde será el papel demiúrgico del artista quien recrea y socava sus propios cimientos para afrontar un escenario contemporáneo marcado por el desafío de la digitalización. Hay un diálogo persistente entre lo cotidiano y lo extraordinario que resulta una constante para los imaginarios de la plástica mexicana, siendo la ciudad de Durango, por su luz geodésica, la que aglutina una sorpresiva miscelánea de artistas actuales, cuya vocación hiperrealista está siendo capaz de redoblar los índices de perplejidad ante la fractura de la realidad bajo los dispositivos tecno espectaculares. Uno de estos artistas es Carlos Cárdenas, cuya serie Alter ego ofrece un caudal de referencias visuales para dar a conocer este otro punto cardinal duranguense de la plástica mexicana de nuestros días.
MUCHO TIEMPO ATRÁS, el pintor francés Nicolas Poussin escribió algunas consideraciones sobre el arte en cartas como la enviada al señor de Chambray, antes de fallecer en 1665, donde afirmaba que para el hallazgo de la verdad en la pintura era preciso el múltiple axioma de que no se produce lo visible sin luz, tampoco se produce sin término, y menos aún, sin un medio transparente que muestre al espectador la propia naturaleza de la pintura y todas sus verdades. Han transcurrido más de tres centurias desde entonces y el arte contemporáneo sigue debiendo a la carta de Poussin esa clarividencia sobre su devenir futuro. La pantalla, los píxeles y el síndrome telemático del omnipresente celular han definido la esclerosis de la belleza en tiempos de Google y de IA. La perfección del halo fotográfico como representación pura de la realidad se ha cancelado hacia formas de televidencia y holografía tridimensional que están universalizando un tipo de experiencia humana bajo el imperio de lo efímero y publicitario.

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LA PANTALLA, LOS PÍXELES Y EL SÍNDROME TELEMÁTICO DEL OMNIPRESENTE CELULAR HAN DEFINIDO LA ESCLEROSIS DE LA BELLEZA EN TIEMPOS DE GOOGLE Y DE INTELIGENCIA ARTIFICIAL
En 1999, antes de finalizar el siglo, el pintor mexicano Carlos Cárdenas realiza una trascendental estancia en Roma, la ciudad de Poussin. Con una reconocida trayectoria, su obra plástica se enmarca como expresión excelsa del ecosistema pictórico de la ciudad de Durango, cuya luz y punto cardinal en el centro norte de la República mexicana contiene una identidad propia, afín y proclive a un neofigurativismo cristalino de gran singularidad. En sus cuadros, el artista nacido en Monterrey atesora un potencial de síntesis creativa capaz de sumar la destreza de la téchne y el valor sensitivo de la episteme, dos facetas esenciales de la civilización griega que otorgan a la pintura su dimensión objetiva, es decir, de otra realidad, tan real como la realidad misma, al ser una efervescencia matérica de la conjunción histórico social y de la imago del artista.

EN ESTA EXPOSICIÓN titulada Alter Ego, Carlos Cárdenas nos brinda el colofón de su proyecto resultante y resolutivo del proyecto artístico beneficiario del Sistema Nacional de Creadores de Artes (SNCA). Cada figura femenina portando un celular espejea la realidad dominante de la era del hiperconsumo: no son maniquíes y tampoco las modelos que posaban en el atelier decimonónico del artista universal. Las protagonistas de las pinturas de Carlos Cárdenas, cuyo receptáculo ambiental con estética kitsch y stickers adhesivos se percibe bajo el ángulo de una cámara y el velo de una hiperrealidad cotidiana, se convierten ante nuestros ojos en la aparición oleiforme de un epifenómeno global de la civilización planetaria donde lo platónico ha sido pulverizado y los cuerpos vivos en la pintura adquieren un rango de biopolítica, regresando a la pintura su virtud esencial de ser lo visible gracias a su luz, a su término y a su transparencia.
LAS PROTAGONISTAS DE LAS PINTURAS DE CARLOS CÁRDENAS SE CONVIERTEN ANTE NUESTROS OJOS EN LA APARICIÓN OLEIFORME DE UN EPIFENÓMENO GLOBAL DE LA CIVILIZACIÓN PLANETARIA
La condición espectacular de los fenómenos publicitarios que han trivializado los cánones de belleza hasta límites insospechados, además de enturbiar el lenguaje con la instrumentalidad espasmódica del capital, posiciona a un artista como Carlos Cárdenas ante el dilema de reproducir una estética posthistórica donde el pasado y el futuro se confunden como en un choque de trenes. Estas deidades femeninas son el reclamo del empoderamiento humano ante la máquina, a pesar de que esa batalla filogenética parece decantarse por un triunfalismo del dispositivo y de la prótesis tecno virtualizante, por lo que la pintura de Carlos Cárdenas supera a la fotografía y devuelve a lo plástico su potencial emancipador, marcando un tempo estético que va más allá de etiquetas realistas y figurativas, dilucidando en suma la propia pantalla profunda en que se está convirtiendo lo visible en el paradigma de lo artístico mexicano. Cada una de estas pinturas detonan su aporía esencial, devolviendo al espectador su posibilidad de interlocutor cuando el sujeto trascendental kantiano ha quedado sustituido definitivamente por la efervescencia de un modelo de yo hiperturístico, caramelizado por las dinámicas socializadoras de un consumismo atroz. Lejos de la libertad y de la voluntad de poder, los gadgets universales de las grandes corporaciones son los que educan al prójimo, esencializando de nuevo una humanidad corroída por el dinero y el ensueño hipertrofiado de la acumulación, una deshumanidad planetarizada que se asoma a las pinturas duranguenses.

Entre Poussin y Cárdenas, están Roma y Durango, además de tres siglos y medio de historia de la pintura y de la tecnología. Como el personaje de Balzac, en otra mañana de un lejano diciembre, una pintura es desvelada para el desenlace insospechado del cuento La obra maestra desconocida: entre el caos de colores y formas, sobresale la piel desnuda, viva, real. El asombro, la perplejidad y el desasosiego irradian en la pupila de los espectadores, atónitos y desconcertados, por ese extraño cuadro de verdad humana al que dedicó el pintor sus mayores anhelos y angustias. Sucede así con Alter ego de Carlos Cárdenas, cada una de sus pinturas son verdaderas, anticipan lo real, como sueños soñados que nos recuerdan que aún estamos vivos.

