En Ansiolíticos se aprecia la vocación didáctica de Woldenberg. A lo largo del libro explica conceptos de Maurice Duverger y Robert Michels sobre los partidos políticos, y de Ferdinand Tönnies acerca de los grupos sociales. A partir de una novela de Yukio Mishima, delinea la tensión entre razón y pragmatismo en las campañas electorales. Otra novela, de Dennis Lehane, le sirve de pretexto para escribir acerca del autoritarismo. Un texto del médico Francisco González Crussí sobre La enfermedad del amor es punto de partida para ocuparse del apasionado apego que sus seguidores les tienen a los líderes políticos. Leyendo a Andrea Camilleri, Woldenberg repara en un personaje que encantaba a quienes le ofrecían ilusiones que no podían ser cumplidas.
Con Leonardo Padura, menciona la catástrofe del socialismo en Cuba: ausencia de libertades, desigualdad social, carencias extendidas, aislamiento y censura, corrupción. Al lado de todo eso, desesperanza. En Agua por todas partes. Vivir y escribir en Cuba, ese escritor deplora:
Al final del camino la generación escondida, sin rostro, obediente y complacida, la generación que soñó con el futuro y a la cual pertenezco, ha vuelto a ser la perdedora. Sólo que esta no es una derrota coyuntural, del momento, sino una debacle histórica de la que no saldremos ni siquiera más sabios o más cínicos: porque ya no saldremos hacia ninguna parte.
LA DEMOCRACIA Y SUS CONTRARIOS
Causa, sino y convicción, el tema electoral acompaña a José Woldenberg de manera irremediable. Lo menciona en numerosos pasajes de este libro, a veces para recalcar su importancia y otras, para deplorar regresiones recientes. En diciembre de 2016 alerta: “Tenemos que aprender a vivir con y en la pluralidad. Habría incluso que buscar que los votos se tradujeran de manera exacta en escaños… Es un logro del tránsito democrático que en los circuitos legislativos estén representadas las grandes y pequeñas corrientes políticas del país. Y es necesario preservarlo”. Merced a las reformas político electorales entre 1977 y 1996, escribe, “pasamos… de un sistema de partido casi único a un sistema plural de partidos, de elecciones sin competencia a elecciones altamente competidas y de un mundo de la representación monocolor a otro en el que se expresaba y recreaba la diversidad política”.
CAUSA, SINO Y CONVICCIÓN, EL TEMA ELECTORAL ACOMPAÑA A JOSÉ WOLDENBERG DE MANERA IRREMEDIABLE. LO MENCIONA EN NUMEROSOS PASAJES DE ESTE LIBRO, A VECES PARA RECALCAR SU IMPORTANCIA Y OTRAS, PARA DEPLORAR REGRESIONES RECIENTES
Gracias a tales reformas y a las que hubo en años siguientes, tuvimos equilibrios en los poderes constitucionales, en el Congreso hubo diálogo y negociación, el Poder Judicial avanzó en su independencia, dice el autor en el penúltimo de los textos de este libro. Si fueron tan relevantes, ¿por qué muchos de esos cambios han sido revertidos tan rápidamente por el nuevo régimen morenista? En enero de 2018, Woldenberg apuntaba: “Por desgracia, la transición democrática y los primeros años de nuestra
germinal democracia, han sido acompañados de un minúsculo crecimiento y graves crisis económicas… y eso es un combustible más que legítimo del malestar social”. Siete años después, en diciembre de 2024, enfatiza: el cambio democratizador tuvo “escaso impacto” en las condiciones de vida de millones de mexicanos. Pero, además, “no hubo un esfuerzo común por socializar la venturosa transformación que se produjo en el régimen político. Ni siquiera los beneficiarios de ese cambio lo asumieron como propio y por ello para amplias capas de la población significó poco o nada”.
“La democracia es representativa o no es”, precisa el autor. Hoy, los sistemas democráticos padecen amagos intensos, destacadamente los que surgen del populismo. Con Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, explica:
el populismo nace o crece en marcos democráticos y los subvierte desde dentro. Las democracias ya no mueren por golpes del Estado militares como en el pasado, sino se deterioran paulatinamente porque líderes electos atentan contra sus principios e instituciones.
El caudillismo populista ha encontrado sustento en sectores de las izquierdas que padecen una fantasiosa concepción revolucionaria que excluye a todos los demás. Para Woldenberg, el proyecto autoritario de López Obrador está fincado en:
las viejas pulsiones de una izquierda predemocrática que piensa su victoria —electoral— en los añejos códigos de la revolución… el ensueño del presidente y su amplia coalición es reconstruir un sistema monopartidista… sin aprecio ni respeto por los otros partidos… sin medios de comunicación críticos del poder… con los demás poderes constitucionales subordinados… sin molestos órganos autónomos… y con un desprecio ni siquiera disimulado por las agrupaciones de la sociedad civil.
En junio de 2023 Woldenberg escribió que si bien hay una izquierda minoritaria, comprometida con la democracia y la equidad social, al bloque mayoritario en las izquierdas la democracia “le tiene sin cuidado” y está dispuesto a subordinarla a favor de un proyecto “concentrador del poder, impermeable al pluralismo, proclive al abuso, al capricho y sometido a la voluntad de una sola persona”. “Mucho de lo edificado ha sido destruido a nombre del pueblo”, deplora en enero de 2025.
Frente a la política democrática, que requiere del debate público porque en todo asunto hay opiniones diversas, se encuentra la política de la fe, “en la cual la duda no es aceptada ni es aceptable”. Así es la política autoritaria, que depende de un liderazgo que se pretende infalible. La fe actúa como “sedante… sella una relación de dependencia y satisfacción entre el creyente y la figura venerada”, anota Woldenberg. El fanático, dice cuando comenta una novela de Almudena Grandes, mira las cosas a partir de un filtro “que acomoda la realidad a sus prejuicios”.
IRREALIDAD DEL FANATISMO
Después de ver por televisión un partido de futbol en donde docenas de aficionados del Querétaro y el Atlas se enzarzaron en una sangrienta riña, Woldenberg encuentra en la novela Tomás Nevinson, de Javier Marías, una descripción exacta de lo que había presenciado: “La gente en masa suele ser repugnante, se contagian mutuamente sus bajezas y resentimientos, se los fomentan, los desinhiben y los lanzan con furia contra cualquiera”.
Luego del atentado contra Salman Rushdie, Woldenberg escribe que el fanatismo ignora, o rechaza, la diversidad y la complejidad del mundo. Insensibles ante quienes no son como ellos, los fanáticos son intolerantes. Por ello ante el fanatismo es preciso “reivindicar y apreciar la diversidad y riqueza, contradictoria, de eso que de manera simplificada llamamos el género humano”.
En la novela de Eduardo Sacheri Nosotros dos en la tormenta, que narra la adhesión de dos jóvenes amigos a sendos grupos guerrilleros en Argentina, José Woldenberg identifica la megalomanía del fanatismo. A uno de esos muchachos, su padre le escribe que los fanáticos perciben:
Una única realidad. Un único problema. Una única solución… El plural les queda grande. Una luz, un paraíso, un porvenir. Y ustedes, claro, encarnan todo eso. Y ustedes, por supuesto, deben juzgar a todos y proceder en consecuencia. Porque son los dueños de la verdad.
La extrema izquierda y la extrema derecha coinciden en esa “fuerte y fundamental pulsión antidemocrática” se lee en otro texto de Ansiolíticos. En ambas hay fanatismo: “creen que existe sólo una fuerza virtuosa, una sola expresión política legítima, un solo ideario merecedor de aprecio… Son la antípoda perfecta y radical del ideal democrático”.
George Orwell, anota Woldenberg, decía que la verdad, para muchos, depende del cristal ideológico con el que se la mira. En un texto de 1712 atribuido a Jonathan Swift, nuestro autor encuentra que la mentira es tan vieja como el debate público.
Los gobernantes que mienten, y pretenden que sus falsedades sean tomadas sin contraste alguno, conducen a la corrosión del debate público. Otra entrada de este libro cita a Timothy Snyder: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la cual hacerlo”.
La lectura de Democracia y verdad, de Sophia Rosenfeld, le recuerda, en julio de 2022, las mentiras que prodiga el gobierno mexicano para descalificar a personas e instituciones que ofrecen otras versiones de la realidad: “Jamás una argumentación sobre sus evidencias, razonamientos o reclamos, sólo una respuesta adjetivada, burda, y no pocas veces calumniosa”. Aún reconociendo que tenemos una escena pública plagada de falsedades, después de relatar una anécdota en Varsovia, Woldenberg aspira: “me gustaría pensar que, como en esta historia, la verdad tarde o temprano se abre paso”.
CON LA MEMORIA A CUESTAS
Ante la insensata fe en torno a personajes populistas, la expansión del fanatismo y la erosión de la verdad, podemos —tenemos que— aferrarnos a la civilidad y la civilización. Y a la historia. La memoria es tema cardinal en el pensamiento de Woldenberg.
“No hay vida sin memoria”, sentencia. Más aún: “Somos nuestra memoria. Ella nos modela, nos hace ser quienes somos…
Sin memoria la vida se seca”. Por desgracia, “la memoria es decreciente, evanescente, además de selectiva”. Por eso hay que fijarla en los textos.
Nostalgia y memoria están asociadas. Woldenberg celebra que en las columnas de José Emilio Pacheco, que hacía semblanzas de escritores y otros personajes públicos, hubiera una “reconquista de la memoria”. En otro sitio, después de referirse a una película de Joaquín Pardavé, anota: “Forjamos todos los días nuestro repertorio de memorias… Vivimos con nuestro pasado a cuestas. Somos ese pasado”.
Somos, evidentemente, lo que hemos hecho y lo que hemos dicho. Pero todo eso está acotado, cernido, por nuestra capacidad para recordarlo. “La memoria es volátil, fugaz, antojadiza” escribe Woldenberg en otro texto. “Recordar no es vivir. Recordar es recordar” dice también. Los recuerdos evocan lo que se ha hecho, pero además lo que ya no está.
En febrero de 2022 José Woldenberg enumera docenas de sitios, artefactos, instituciones, que han desaparecido: desde el papel carbón y las máquinas de escribir hasta el parque del Seguro Social, las dos Alemanias, el pisacorbatas, la ilusión en el “hombre nuevo”, las películas de charros cantores y ficheras, los autocinemas… También consideraba que ya no existían prácticas tramposas utilizadas para alterar las elecciones como urnas embarazadas, ratones locos, rasurados y fantasmas en los padrones electorales… Quién sabe si esas tristes costumbres han desaparecido. Aquello que creemos perdido para siempre, a veces vuelve como fantasma de un pasado que no se va del todo.
Calles, parques, edificios, pero también amigos, conocidos y adversarios, nos abandonan conforme pasa el tiempo. Paulatinamente resultamos extraños en un paisaje con novedades que nos pueden resultar incomprensibles, dice Woldenberg al comentar Carne gobernada, el libro de memorias de Fernando Savater. Y en Botas de lluvia suecas de Henning Mankell encuentra esta constatación: “hay una edad en la que no es posible desandar el camino, mucho menos iniciar nuevos proyectos”. Y cita la recomendación de una anciana que le dice al protagonista: “No hay que tomarse la vida tan en serio, porque de todos modos nadie sobrevive a ella”. Woldenberg comenta también el libro autobiográfico Rumbo al exilio final en donde Bárbara Jacobs admite que si antes escribía y publicaba “con entrega y con ilusión”, ahora lo hace “con entrega pero sin ilusión” porque la mente ya no se deja guiar “más por la fantasía de lo que espera que por la realidad de lo que conoce”.
Es peor cuando se sufre además la tristeza del abandono como, según describe Woldenberg, les ocurre a los ancianos de El agente topo, el documental de Netflix grabado en un asilo chileno en donde se muestra “la vejez como sinónimo de deterioro… Los momentos luminosos de la vida han quedado atrás, subsisten la resignación, el ir tirando, el vacío”. Con Mario Conde, el personaje de Leonardo Padura, Woldenberg deplora “la obscena llegada de la vejez”. “La vejez resulta incómoda, humillante, fugaz”, dice citando a Savater.
VIDA, SOMBRA, ANSIEDAD
“El paso del tiempo es como el viento que lentamente erosiona la piedra”, indica Woldenberg en uno de los primeros textos de este libro. “El transcurso del tiempo todo lo aniquila” y ante él, dice de nuevo al comentar a Padura, hay que aferrarse “a las rutinas aprendidas, a los amores y amistades conocidos”.
“A la vida la acompaña la muerte como una sombra”, escribe durante la pandemia. “No sabemos lidiar con la muerte de nuestros cercanos y quienes no lo son nos resultan invisibles”, anota. Luego se apoya en Julian Barnes que, en Nada que temer, decía que nadie puede enseñarnos a morir porque “no hay, por definición, veteranos con los que hablar del trance”.
‘A LA VIDA LA ACOMPAÑA LA MUERTE COMO UNA SOMBRA’, ESCRIBE WOLDENBERG DURANTE LA PANDEMIA. ‘NO SABEMOS LIDIAR CON LA MUERTE DE NUESTROS CERCANOS Y QUIENES NO LO SON NOS RESULTAN INVISIBLES’
Los ansiolíticos de este libro no nos quitan la intranquilidad, ni son remedios instantáneos ante una realidad compleja y provocadora. No cancelan el desasosiego que provocan la erosión democrática, el fanatismo, la mentira pública o el paso del tiempo. Pero nombrarlos y situarlos en una trama de experiencias, lecturas y recuerdos compartidos, nos permite entenderlos. Los textos de José Woldenberg ayudan a leer y vivir, sin entramparnos en la maldición china, estos tiempos interesantes.