Cita a ciegas

Ana Clavel, quien recientemente recibió el Premio Mazatlán de Literatura 2026 por su libro Autobiografía de la piel, entrega a El Cultural un relato inédito que lleva en su trama uno de los temas a los que ha dedicado su literatura: el ser devorado por otro. Aquí los hilos son una nota periodística, un zoológico, los felinos, la agudeza visual, un duelo, las máscaras, la tierra y el agua, el poder de los olores, un animal salvaje. Y de principio a fin: el deseo de la carne.

Arte digital > A partir de Der Tiger, Franz Marc, 1912 > Belén García > La Razón
Arte digital > A partir de Der Tiger, Franz Marc, 1912 > Belén García > La Razón Foto: Especial

“Se miran adorables cuando retozan, ¿no les parece?”, murmuró Celeste al micrófono y luego, en una súbita confesión, agregó: “Su piel refulge como si reclamara la caricia tierna de los gatos”. La reportera, visiblemente interesada, acercó más el artefacto a los labios de la veterinaria para no perder ningún detalle. Ella continuó con la mirada hipnótica de quien se embelesa con los felinos por primera vez, aunque por supuesto no era su caso: “Pero aun en estado de vulnerabilidad, nunca son inofensivos. En la oscuridad poseen una agudeza visual cinco veces superior a la de los humanos. Si sólo tuvieran que guiarse por el olfato, podrían desplazarse con mirada ciega y dar, a más de cinco millas, con una gacela recién nacida para devorarla”.

Celeste apartó el micrófono de la reportera para echar un vistazo a la manada de leones que descansaba del calor de media tarde en el hábitat del zoológico. Con los tres años que llevaba de trabajar en el equipo de médicos veterinarios del lugar, sabía sobradamente de los animales ahí guarecidos. A sus 27 años, contaba con suficiente experiencia para responder las preguntas de los periodistas que hacían reportajes para los medios, pero además su aire juvenil y amigable despertaba cordialidad entre los visitantes, por lo que el director acostumbraba asignarle las entrevistas y ser la cara pública del equipo médico. Por ejemplo, solía ser quien interactuaba frente a las cámaras con los afamados pandas y las especies más vistosas del mariposario en los videos de televisión y redes sociales.

Sin embargo, ella prefería sobre todas las variedades a los leones africanos y terminaba las visitas guiadas frente a ellos. Desde niña le habían despertado fascinación esos cachorros gigantes, en reposo cuando descansaban, máquinas salvajes durante el ataque. Por otro lado, su llegada al zoológico estuvo marcada por el arribo de tres machos jóvenes y una hembra, rescatados de un santuario de especies salvajes de la periferia de la Ciudad de México, que tuvo una crisis financiera y dejó de alimentarlos. En total eran más de 200 felinos que fueron repartidos en diferentes zoológicos y resguardos del país.

Desde su primer día tuvo la encomienda de tramitar la acogida de damnificados: estaban en los huesos, con problemas gástricos severos y las colas mutiladas e infectadas. Daba tristeza ver la piel antes majestuosa colgarles ahora como saco de pordiosero, coronada por séquitos de moscas. Llegaron en tan malas condiciones que el equipo médico reportó un pronóstico reservado sobre su supervivencia. En esos días, las cadenas de noticias dieron a conocer el rostro de Celeste como la joven veterinaria que comunicaba las novedades del caso. Meses después, estaban tan recuperados que era posible admirar a los machos —aún con una melena incipiente— y a la hembra iniciar los rituales de apareamiento. Ella, mayor que ellos, no se decidía por ninguno y los dejaba rivalizar y competir sin dejarse montar más que en juegos que no concluían. Hasta que dos ciclos más tarde, quedó preñada por el león de melena más rojiza y hubo que apartar a los otros para dar espacio a la naciente familia, sin riesgos de liderazgo que amenazaran a los cachorros.

Celeste estuvo a cargo de los solteros, consiguiéndoles citas con posibles novias y los consecuentes traslados. Se esmeraba en la búsqueda no sólo por el riesgo de la agresividad creciente, sino porque Tom y Mix —así les pusieron los cuidadores por un sombrero estilo tejanoque un visitante les arrojó y con el que jugaron por días hasta hacerlo jirones— podrían terminar castrados, o incluso ser sacrificados, medidas para controlar la población y equilibrio de las especias resguardadas, cosa de la que no suelen hablar los zoológicos.

Se podría decir que para Celeste el zoológico y los leones eran su vida. Así se lo recriminaba, un poco en broma, Michelle, la amiga con quien compartía un pequeño departamento en una zona cercana al zoológico. A Michelle la había conocido desde los tiempos de la preparatoria y aunque escogieron carreras diferentes —una veterinaria, la otra química— nunca perdieron el contacto, en parte porque se llevaban bien y en parte porque Celeste, al ser huérfana de padres desde comienzos de la universidad, fue prácticamente adoptada por los de Michelle que la invitaban a comer a menudo y la convocaban acelebraciones y compromisos familiares. Así que, cuando Michelle se tituló de química y comenzó a trabajar y quiso independizarse, su familia vio con buenos ojos la alternativa de compartir un espacio con su amiga preparatoriana, a quien ellos conocían de sobra.

Por eso Michelle podía asegurar que Celeste vivía para su trabajo. No es que ella misma no destinara buena parte de su tiempo en un laboratorio farmacéutico, pero se daba oportunidad para cambiar de novio cada tanto, hacer sus prácticas y hasta viajar a lugares ideales para hacer inmersiones con sus amigos del club de buceo. Todo eso, sin descuidar a su familia, a la que veía los domingos, algunas veces acompañada de Celeste.

Franz Marc, Zwei Katzen, blau und gelb, 1912.
Franz Marc, Zwei Katzen, blau und gelb, 1912. ı Foto: Google Art Project

A diferencia de su amiga, Celeste no acostumbraba salir mucho. Había tenido un novio en la facultad, aspirante a veterinario como entonces ella, pero el vacío que dejó la muerte de sus padres —uno a los pocos meses del otro—, sólo acentuó su naturaleza solitaria. El romance no sobrevivió a los cambios de grupo según los diferentes semestres y las exigencias de la carrera. Varios se acercaron a ella atraídos por su aire jovial en apariencia, pero al poco sucumbían ante esa burbuja de aislamiento en la que Celeste se mantenía inmersa. La misma burbuja que la acompañaba al contemplar a Tom y Mix cuando les tocaba el turno de aparecer ante el público para que la otra familia pudiera descansar. Cada uno como un soberano de su cuerpo vital y perfecto. Tom acostumbraba colocarse sobre un promontorio de rocas y desde ahí atisbaba atento a sus súbditos. Más de una vez Celeste llegó a creer que el joven león la buscaba entre la multitud, que con el morro en alto percibía su olor entre toda aquella gente. Mix respondía mejor cuando estaban en la zona de reserva donde solían pasar el resto del día y de la noche. Apenas percibía la proximidad de Celeste, se restregaba contra los barrotes de metal para que ella pudiera tocarle los flancos. Un par de palmadas leves o alguna caricia fugaz mientras se deslizaba de un lado a otro de la reja, mimos que le arrancaban un ronronear ronco como de gran gato. El escarceo duraba apenas unos minutos, justo el tiempo en que Tom los descubriera y se acercara con rugidos molestos. Ojalá pronto pudiera encontrarles un lugar alternativo, aunque eso significara no volver a verlos. Entonces la burbuja se llenaría de soledad y tristeza nuevamente.

TOM ACOSTUMBRABA COLOCARSESOBRE UN PROMONTORIO DE ROCAS Y DESDE AHÍ ATISBABA ATENTO A SUS SÚBDITOS. MÁSDE UNA VEZ CELESTE LLEGÓ A CREER QUE EL JOVEN LEÓN LA BUSCABA ENTRE LA MULTITUD

Hasta que apareció Bruno, un primo de Michelle que vivía en el puerto de Ensenada, biólogo marino, del que Celeste había oído hablar por su interés en las especies en extinción en la zona del mar de Cortés, pero como él venía contadas veces a la capital, no habían coincidido. Ahora era diferente pues le habían ofrecido un puesto de coordinador en un gran acuario de Puebla que también tenía una filial en San Juan de Aragón, por lo que desde unos meses atrás tenía un pie en Puebla de los Ángeles y otro en la Ciudad de México.

Bruno acababa de salir de un matrimonio fugaz, después de un noviazgo de diez años, cuando conoció a Celeste en una reunión familiar en casa de los padres de Michelle. Pero antes de esa ocasión, él ya la había visto en uno de los videos que el zoológico había subido a sus redes sociales. Entonces había pensado que esa muchacha de sonrisa acogedora realmente contagiaba entusiasmo por los animales en exhibición, pero cuando se refería a los leones parecía que sus ojos y rostro irradiaran luz. Así se lo dijo después de que Michelle los presentara y pudieron conversar un poco.

Franz Marc, Drei Katzen (detalle), 1913.
Franz Marc, Drei Katzen (detalle), 1913. ı Foto: Google Art Project

—Te conocí antes por los videos. ¿Sabes que brillas cuando hablas de los leones? Son tus preferidos, ¿verdad?

Celeste permaneció en silencio, apenas con el esbozo de una sonrisa, como si hubiera sido sorprendida en una travesura. Bruno bromeó:

—Bueno… A mí también me han grabado en videos promocionales pero no estoy seguro de si transmito una emoción semejante al hablar de mis especímenes predilectos del acuario.

—¿Y cuáles son los tuyos? —se animó a preguntar una Celeste con aire de complicidad.

Sin titubear, Bruno respondió:

—Las mantarrayas... se deslizan como si nada pudiera tocarlas.

HABÍA PENSADO QUE ESA MUCHACHA DE SONRISA ACOGEDORA REALMENTE CONTAGIABA ENTUSIASMO POR LOS ANIMALES EN EXHIBICIÓN, PERO CUANDO SE REFERÍA A LOS LEONES PARECÍA QUE SUS OJOS Y ROSTRO IRRADIARAN LUZ

A ese encuentro se sucedieron nuevos en los que ambos se descubrían más semejantes que diferentes. Y lo diferente era atractivo: descubrir por qué Celeste siendo de temperamento aparentemente suave y dócil podía preferir la agresividad agazapada de los felinos, o qué estaba detrás de la fascinación de Bruno por todo aquello que resultara evasivo y complicado de apresar.

Fue Michelle quien les sugirió tener una “cita a ciegas”, tal y como se llamaba una modalidad de cena romántica en la que se proponía degustar un menú de platillos exquisitos, maridados con vinos sugeridos por un sommelier profesional, en un ambiente de penumbra permanente, acentuado por un antifaz sobre los ojos de los participantes, quepotenciaba los otros sentidos que lavista suspendida de este modo, ponía a trabajar: el tacto, el olfato, el gusto, incluso el oído. Tan pronto escucharon la propuesta, a ambos les atrajo la posibilidad de descubrirse de esa manera, así que concertaron el encuentro.

La cita sucedió una semana después. Apenas llegar al vestíbulo recibieron instrucciones junto con las otras parejas participantes que sonreían nerviosas y divertidas por la experiencia que estaban por vivir. A partir de ahí, se pondrían el antifaz y serían guiados por personal de apoyo durante toda la sesión, que les indicarían dónde sentarse, quien les serviría los platos y los vinos, y a quienes podrían preguntar o pedir cualquier cosa que necesitaran. La única regla: abrirse al disfrute de sus otros sentidos, mientras la vista permanecía en suspenso. Comenzó un menú de cuatro tiempos en el que se daban cita el cruce de sabores mezclados de la nueva cocina mexicana, confeccionado para cada pareja según sus dietas particulares: veganos, celíacos, dietéticos, kosher, o cualquier otra modalidad. A la par, la anfitriona del recinto preguntaba a los comensales por los ingredientes empleados en cada platillo para luego confirmar a quienes hubieran acertado, propiciando así un juego de descubrimientos en los que Celeste y Bruno participaron gozosos. La sommelier también iba guiando la degustación y explicaba información sobre el bouquet de los vinos seleccionados, su cepa, su agarre y su textura, el por- qué del maridaje.

Cita a ciegas
Cita a ciegas ı Foto: Franz Marc, Traum, 1913.

El ambiente de timidez inicial se iba tornando cálido y expansivo. Las bromas y risas ante los hallazgos caldearon los ánimos. Bruno, en el trayecto por alcanzar al tanteo una mano de Celeste, tiró una copa, que fue rápidamente sustituida por el personal de apoyo para que no tuviera que quitarse el antifaz. Celeste sintió una efervescencia que le bullía desde el fondo de las entrañas. Los sabores deliciosos, el calor del vino la colmaron de una alegría orgánica que le acaloraba el cuerpo en una sensación de oleaje en crecida. Al terminar todos los participantes se sentían agradecidos y hasta se prodigaron abrazos antes de despedirse. Celeste y Bruno se dirigieron al departamento de él en la ciudad. No era la primera noche que pasaban juntos, pero ésta fue especial. Colmados los cuerpos por los alimentos terrenales, se amaron para saciar un hambre diferente, esa que surge de la plenitud.

A la mañana siguiente, cada uno intentó retomar el día laboral del mejor modo posible, no habían podido ducharse pues la bomba de agua del edificio dejó de funcionar por la noche y todavía no llegaban a repararla. Así que cada uno, con los restos de la noche y sus excesos, se dirigió a sus respectivos trabajos. Pero antes de separarse, Bruno bromeó:

—Ahora sí olemos como tus leones.

Para Celeste sería un día intenso pues tenía programada una sesión delimpieza de colmillos y dentadura de los leones jóvenes con el dentista del zoológico. Empezarían con Tom, y al día siguiente le tocaría turno a Mix. Por supuesto el felino fue adormecido con un dardo narcotizado por uno de los cuidadores antes de disponerlo en la sala de tratamiento. Mientras el dentista se preparaba con la bata y los guantes esterilizados para proceder a la limpieza, Celeste observó al felino en reposo. Completamente indefenso, era ahora un cuerpo a la espera, sin asomo de la fiereza habitual. Acarició la melena en ciernes y el morro terso del animal, uno de sus consentidos. Tom percibió el aroma proveniente del cuerpo de la mujer, la mezcla de olores reconcentrados en su piel impregnada de resabios de placer, y con un arrojo instintivo a pesar del sedante que corría por sus venas, abrió las fauces para devorar a la gacela que se había colado en la pradera de su sueño.


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