Francis Picabia afirmaba: “tenemos la cabeza redonda para que nuestros pensamientos puedan cambiar de orientación”. John Maynard Keynes, en cambio, desde una postura más disimulada, decía que cambiaba de opinión cuando cambiaban los hechos.
Cambiar de opinión genera polémica, explica Barnes. Es una operación que, vista desde fuera, puede asumirse como una falta de coherencia. Cambiar de opinión no es siempre, como explica Keynes, una cuestión fáctica. Barnes defiende que hay múltiples aspectos que se mezclan en ello como los sentimentales o los relacionados con la edad y la experiencia. ¿Cómo podría uno ser estable en sus juicios si cambia en casi todo lo demás? Nuestra propia memoria es maleable y frágil, y respalda nuestros cambios de opinión porque revela la paradoja deun disfraz. Para ahondar en esto, el autor retoma una frase de Joyce, manteniendo su orden original y también invirtiéndolo: “la imaginación es recuerdo”. Y es que los recuerdos son una guía endeble para el pasado, porque los reinventamos constantemente y en esas reinvenciones, hay que decirlo, tendemos a favorecernos e intentar estabilizar lo inestable.
NUESTROS CAMBIOS DE OPINIÓN se sustentan también en otra arena movediza, una de nuestras herramientas esenciales: el lenguaje.
“El lenguaje es oceánico, se ve afectado por mareas”, escribe Barnes, quien trabajó como lexicógrafo en el Oxford English Dictionary, y a partir de ello analiza sus propios cambios depostura ante las inevitables modificaciones del lenguaje: comenzó como un “irreflexivo y normativista conservador” y salió como un “descriptivista liberal”.
Para él, si bien pudo sustituir “el mito de la decadencia” del inglés por “la verdad de un follón secular” y no exigirle al idioma una especie de pureza primigenia ante su tumultuoso movimiento, eso no quiere decir que no haya “zoquetes lingüísticos” que lo empantanan o lo empobrecen. Como escritor, cree en el valor que existe en conservar la diferencia entre palabras, sus matices, tensiones e historia.
HAY UN MOMENTO PARTICULARMENTE DIVERTIDO EN EL LIBRO DONDE BARNES CONFIESA QUE HA VOTADO POR SEIS PARTIDOS POLÍTICOS DISTINTOS EN SU NATAL INGLATERRA
Un escritor, decía Pound, tiene como misión mantener sus herramientas limpias. ¿De qué otra manera es posible aclarar un poco el mundo, el pensamiento, ese yo huidizo y esos juicios cambiantes?
Hay un momento particularmente divertido en el libro donde Barnes confiesa que ha votado por seis partidos políticos distintos en su natal Inglaterra. Asegura no haber sido él quien ha cambiado de opinión, sino los partidos en una persecución sanguinaria por los votos. Es probable que un analista minucioso no lo vea con tanta sencillez.
A partir de una divertida anécdota del historiador A.J.P. Taylor, Barnes categoriza a quienes tienen firmes opiniones que defienden con débil convicción; quienes tienen débiles opiniones que protegen con firme convicción, y demás combinaciones.
“Si leer es uno de los placeres —y de las necesidades— de la juventud, releer es uno de los placeres —y de las necesidades— de la madurez”, afirma Barnes, quien a lo largo del tiempo hacambiado de autores de cabecera; ha emitido juicios injustos e intempestivos en torno a una obra; que en su lectobiografía y experiencia ha modificado sus valoraciones, y que ha afirmado que sería una tontería no darle espacio a esos cambios de opinión.
Y es que, al margen de lo que piense Barnes, más allá de nuestros dictámenes sobre las obras y los escritores, el pleno acto de leer ya supone una enorme disposición a cambiar de opinión. La lectura es un ejercicio que exige continua retrospección y prospección. A partir de lo leído generamos continuamente hipótesis sobre lo que vendrá, sobre el sentido de lo que nos ha sido dado. Según nuestra lectura avanza, estas hipótesis serán o no confirmadas, por lo que tal vez modificaremos nuestras posibilidades futuras. Pocas cosas hay tan gozosas en la lectura como darte cuenta que te han tomado el pelo, y que lo que llevas pensando cincuenta, cien o doscientas páginas es equivocado.
Desde este punto de vista es posible sugerir una pregunta que Barnes no responde directamente: ¿Es posible escribir sin estar dispuesto a cambiar de opinión? No lo creo. En primer lugar, porque la escritura es un proceso de pensamiento en desbandada que luego se articula. En segundo, porque es un diálogo con uno mismo, con la tradición, con el lenguaje, la memoria y la experiencia, y eso, como ya explicó Barnes, es cambiante. Además, el escritor tiene que poder alterar el rumbo; desacomodar el lenguaje para que surja algo parecido a la verdad; no debe perder de vista que las cosas siempre pueden ser de otra manera. Y, por supuesto, debe elegir, pues narrar es tomar decisiones.
Pero eso es lo que pienso ahora, tal vez después piense distinto.
Divagaciones sobre el tiempo. Renato Leduc
