EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

Principio de incertidumbre. (Charla con Daniel Fragoso)

Principio de incertidumbre. (Charla con Daniel Fragoso) Foto: Especial

Conocí a Daniel Fragoso hace veinte años en la ciudad de Hermosillo. Desde entonces nos hicimos amigos y le he agarrado un cariño a prueba de tragos. No me gusta la gente abstemia. Sin embargo, es la única persona a la que le sigo dirigiendo la palabra después de que renunciara a la bebida. Ya no nos podemos poner esas maravillosas borracheras, pero cada que lo visito en Pachuca vamos a comer barbacoa. Es un poeta con una biografía de película. Y eso se advierte en su labor poética. Espero que un día escriba sus memorias. Saldrá un libro bestial. Acaba de publicar Ser Silencio (Círculo de poesía, 2025). Aproveché para entrevistarlo a propósito del libro mientras le soplaba a mi consomé para que se enfriara tantillo.

¿Cómo descubriste que la poesía sería tu vida pública y tu labor burocrática tu identidad secreta?

Cuando me di cuenta que la bola de nieve en que estaba cubierto se había convertido en un alud y mi tiempo de lectura transmutó de leer poesía, ensayo y literatura a leer estudios y proyectos.

La poesía se siguió manifestando incluso en contra de lo que yo pensara. Ha estado ahí desde el principio y estará después de que ya no respire. Siento que, a pesar de la lucha contra el ruido y el silencio, es la contención de

las palabras que pretenden interpretar lo que ocurre afuera quien siempre está hablándote, murmurando o gritando en tu nuca, incluso cuando intentas hacerte el sordo.

¿Cuál es la emoción principal que dictó los poemas de Cable a tierra (Valparaíso, España, 2025) y Ser Silencio?

La incertidumbre. Creo que el principio de toda obra siempre es la inconformidad y la incertidumbre. El saber que por más que pretendas tener control sobre las palabras que viertes no existe más control que el que ellas te dictan. Cuando las creas de manera primigenia y después cuando vuelves a ellas para trabajarlas, leerlas e interpretarlas nuevamente. Siempre se están descubriendo ante ti. Es un ciclo interminable donde la única certeza es la de tratar de decir algo. Estos libros son un viaje de veinte años de creación literaria y muy pocas certezas.

¿Dejar de beber modificó en algo tu proceso creativo?

No sólo mi proceso creativo, modificó todo. La manera en que me conduzco con las personas todos los días. Creo que en cierta medida dejé la euforia para regresar a ser la persona aburrida que siempre he sido. Estar sobrio me ha traído, sobre todo, la certeza de vivir en una ceguera de la luz del mundo, es como andar lampareado siempre. Más atento, pero a la vez, más disperso para asir las palabras. Todo se ve distinto, a veces más feo y menos estridente que antes. Y también me ha pasado que cosas que me parecían maravillosas, verdaderos motivos de poder crear, hoy se me hacen intrascendentes. Supongo que es parte del proceso. Lo que sí no ha cambiado es la manera en que ahora edito lo que escribo. Aunque ahora se ha vuelto un proceso menos tortuoso y más rápido que antes.

¿Qué papel juega la música en la edificación de tus poemas?

Es fundamental. Sin embargo, creo que la experimento de manera un poco azarosa, principalmente porque no escucho un solo género o artista en particular.

Aunque sí existen algunos tipos de música que me acompañan todo el tiempo, principalmente hip hop de los años noventa, chill hop, jazz, música clásica, música electrónica, música norteña y el rock. Aunque me encanta la cumbia, la bachata y el reggaetón de los noventas, dosmiles.

Ahora que has rebasado el umbral de los cuarenta, ¿cómo te diferencias de aquel joven poeta que fuiste?

Siempre hago la broma de que algún día fui una joven promesa y hoy soy una triste realidad. Pero más allá de eso, creo que la diferencia de esas dos vertientes de la misma persona radica en aprender a quedarme callado y contemplar. Ya no me interesa el sentido de reconocimiento del autor de la juventud, sino busco ahora el poder transferir el valor de lo que escribo en la resonancia que pudiera causar en las personas que lean mi obra. Me interesa más ese diálogo.

¿Cómo diagnosticarías el panorama de la poesía reciente en México?

No lo sé. Principalmente porque ya no me he centrado en estar al pendiente de qué se publica o cuáles son los autores que están en auge. Creo que hoy vivimos en un punto de convergencia entre muchas generaciones que están conviviendo al mismo tiempo en un mismo espacio, donde el sistema de valor que se tenía anteriormente se ha ido desdibujando.

No existe un solo canon literario o un solo grupo hegemónico que dicte hacia dónde va la poesía en México, como se consideró que pasaba en las décadas anteriores. La democratización de la información y el flujo de la misma en la red ha permitido que existan muchas maneras de hacer literatura. Y de pasar de la literatura de papel a la trasmedia. Hay autores interesantísimos en ambas orillas y otros aquellos que van y vienen sin la preocupación de adscribirse a una sola corriente o ideología.

NO EXISTE UN SOLO CANON LITERARIO O UN SOLO GRUPO HEGEMÓNICO QUE DICTE HACIA DÓNDE VA LA POESÍA EN MÉXICO

Y, por otro lado, está la facilidad que se tiene ahora para publicar o autopublicar un libro. Para distribuirlo y venderlo. Eso ha movido las placas tectónicas del continente literario a nivel mundial.

¿Consideras que existe una diferencia entre la poesía joven del presente y la de tu generación?

Sí, antes la validación de un poeta se daba en el reconocimiento de su comunidad, la publicación de un libro y la obtención de un premio, hoy eso, que era tan añorado, ya no es tan imposible como cuando los de mi generación comenzamos a escribir. Pero más importante aún, ya no es lo que buscan los autores jóvenes. Ya no tienen esa presión social de que para trascender tenían que recorrer este camino de la validación externa de su obra. A las nuevas generaciones no les mueve tanto ni la publicación ni los premios, les mueven otro tipo de factores, su presencia en redes, su autoproclamación, no lo sé. Quizá tendríamos que preguntarle a alguien menos amargado que yo.

¿Por qué la poesía sigue importando en un país como el nuestro, en el que la violencia domina el debate público?

Existe más poesía en el mundo de la que nosotros quisiéramos reconocer. En un país que pareciera en ocasiones que se está resquebrajando y que no hay salida, siempre estará la palabra para pensar que otro mundo es posible. Es la poesía la que ha salvado al ser humano de su propia barbarie.


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