Incandescencia insomne

En este ensayo personal, intenso y perturbador, Bibiana Camacho comparte la lucha contra sus episodios de insomnio, que suelen durar varios días seguidos y le revelan un yo que desconoce. Un yo que se parece al de sus sueños. “El pensamiento divaga por tierras pantanosas y mares turbulentos al despertar de un sueño particularmente vívido. Y es que el insomnio terco y las pesadillas comparten un vaso comunicante.”

Portada de El Cultural No. 553 Foto: Arte digital > A partir de Papilla estelar (1958) de Remedios Varo > Luis de la Fuente > La Razón

Después del primer cabezazo, dejo el libro en el buró y apago la lámpara. Son pasadas las once. Me acurruco y despejo la bulla medieval que habitó mi mente durante la lectura. En cuanto abro los ojos de golpe, estoy segura de que han pasado varias horas, quizá sean las cinco de la mañana o casi. Creo haber dormido suficiente, pero el reloj apenas marca las 12:48. Cierro los ojos y a tientas me cubro la cabeza. Es inútil, llevo poco más de una semana en las mismas condiciones. No es la primera vez que me ocurre, he sufrido insomnio intermitente desde muy joven. Trato de recordar lo que he pensado en ocasiones anteriores, debería mirar en las decenas de diarios, en busca de una pista, un consejo, una palabra de aliento, una solución, pero me da miedo asomarme a esos abismos. Temo que si lo hago, quizá no duerma jamás. Lo que sí sé es que he escrito un puñado de cuentos en los que el insomnio está presente, a veces de manera insidiosa y otras de forma velada. Seguramente han sido vanos intentos por explicarme esa anormalidad.

Pero, ¿qué es lo normal? En una charla reciente con mi amiga Gladiola, que tampoco duerme bien desde su juventud —ahora a sus más de noventa— me dice que el insomnio es incandescente. Me pregunto si acaso aquella gente que ahora mismo no puede dormir también incandesce, como yo. Si pudiera observar la ciudad que habito desde las alturas, ¿miraría cuerpos incandescentes?Sería una estrategia efectiva para calcular un número aproximado de insomnes.

No logro concentrarme en la lectura de ninguno de los cinco libros en distintos grados de avance. Me levanto, me visto y calzo, me lavo la cara. Gonzo y Pasa se desperezan confundidos, su reloj biológico los alerta, todavía no es hora de salir, pero el tintineo de las correas y el crujido de las bolsas para la caca los alegra de inmediato. Son pasadas las cuatro de la mañana y no estoy dispuesta a mirar el amanecer en la cama.

Afuera, la oscuridad es intensa. Las calles están desiertas y el silencio alerta mis sentidos. Debo ser cautelosa, aunque no sé de qué. El paseo es lento, los perritos olisquean en los rincones de las jardineras, en los arbustos al pie del tronco de un árbol. Adelante, nos topamos con un indigente que duerme inmóvil bajo cobijas pesadas, al lado sus pertenencias reposan amontonadas.

En la noche el mundo es otro, el ritmo del propio cuerpo cambia. Nosotros mismos nos metamorfoseamos en otras personas. En la acera de enfrente veo caminar a un joven, su paso es largo y enérgico, no parece que se ejercite, el gesto de su cuerpo es severo, el ceño fruncido. Su actitud es de quien busca bronca, algo o alguien para desahogar una frustración, un coraje, una muina. Pasa de largo a nuestro lado y siento, por un instante, el aire furioso que ha dejado a su paso. Damos vuelta en una calle para regresar y nos topamos con un puesto callejero de tacos de guisado. Un grupo de cinco personas trabaja al ritmo de una cumbia pegajosa. Mientras unos limpian la banqueta a cubetadas jabonosas; otros pican ingredientes y encienden los fogones. Dentro de algunas horas, el lugar estará rodeado de personas que aprovechan la generosa barra de guarniciones para completar la comida.

BIBIANA CAMACHO ı Foto: Especial

Regreso, me lavo las manos y de nuevo la cara, me desnudo y me meto a la cama, mientras los perritos beben agua para echarse de inmediato. Les doy las gracias antes de cubrirme completa y cerrar los ojos. Sé que saben que me acompañan, que me cuidan y procuran solidarizarse con mi insomnio lacerante. Al fin logro dormir algunos minutos de sueño profundo.

LUEGO DE VARIOS DÍAS, mi concentración languidece, se torna fugaz y caprichosa, tengo olvidos recurrentes y falta de apetito. Miro mis ojeras profundas en el espejo y sonrío, procuro relajar el gesto, aparentar frescura y vitalidad, sin lograrlo. De pronto me descubro recordando cosas del pasado, cosas que deberían permanecer a una sana distancia cronológica, cosas que no tienen ninguna utilidad en el presente, y que me distraen de lo necesario para sobrevivir. Recuerdo las noches adolescentes de insomnio, asomada a la ventana durante horas hasta que escuchaba, primero y, luego miraba pasar a una mujer en tacones altísimos que parecía regresar de una batalla, con los cabellos alborotados y la ropa revuelta sobre un cuerpo robusto y erguido. Recuerdo la dentellada de una pesadilla que me sobresaltó en plena clase en la universidad, después de varias noches de insomnio. Escuché las risas apenas contenidas de mis compañeros y el regaño de la profesora, tratando de disipar la luz viscosa que me impedía enfocar la mirada. Recuerdo el terco ronquido que escuchaba durante los insomnios infantiles, que no provenía de ningún miembro de mi familia y que yo, estaba convencida, pertenecía a la tierra bajo la casa, que de vez en cuando suspiraba y cambiaba de posición, para acurrucarse en el profundo lecho de su existencia.

Leonora Carrington, Ulu's Pants, 1952. ı Foto: Fuente > Especial

A decir verdad, en ocasiones he disfrutado el insomnio, porque me induce a estados de imaginación desconocidos; hasta que su insistencia se torna insoportable, insostenible, indeseable; y los destellos luminosos se tornan en relámpagos que desembocan en la angustia definitiva.

A DECIR VERDAD, EN OCASIONES HE DISFRUTADO EL INSOMNIO, PORQUE ME INDUCE A ESTADOS DE IMAGINACIÓN DESCONOCIDOS; HASTA QUE SU INSISTENCIA SE TORNA INSOPORTABLE, INSOSTENIBLE, INDESEABLE

Si, como afirma Gérard de Nerval, el universo está en la noche y el sueño es una segunda vida, no entiendo cómo no he logrado recuperar en la claridad del día las visiones tan nítidas que me embargan en el estado difuso del insomnio, para comprender, como creo hacerlo durante la ensoñación, la naturaleza que palpita en el mundo.

El soldado húngaro Paul Kern vivió durante aproximadamente cuarenta años sin dormir. Después de recibir una bala en el cerebro en 1915, se recuperó milagrosamente sin secuelas motrices ni mentales visibles, pero perdió la capacidad de dormir y no sólo eso, sino que, si permanecía mucho tiempo sentado y en reposo, entonces y sólo entonces, se sentía verdaderamente cansado. Por tal motivo, buscaba actividades que lo mantuvieran en constante actividad física y mental. Seguramente habría sido el humano ideal en nuestra época que exige una productividad sin pausa. Lo que no logro imaginar es cómo se sentía, qué experimentaba, si soñaba despierto; y, si no soñaba, si anhelaba ese mundo alterno en el que somos siempre otros, pero también nosotros mismos. Roger Callois se pregunta si es concebible que pueda surgir o subsistir un individuo, es decir, un ser que sea alguien o algo sin ser Todo, sin las apariencias, sin las imágenes, sin el sueño. Quizá Paul Kern perdió una parte fundamental de su esencia o tal vez encontró otras maneras de reflejarse en el espejismo de la realidad alterna de los sueños.

ME OCURRE A MENUDO que cuando sueño, hago o digo cosas que jamás haría en la vigilia, pero quizá esas actitudes y gestos me pertenecen y yo no los reconozco. Será que hay una doble en mis sueños, una que no sólo vive situaciones extraordinarias e inexplicables, sino que actúa y se manifiesta de maneras perturbadoramente distantes de lo que creo ser. Y es que los sueños y el insomnio ponen en jaque lo que pienso de mí misma. La manera en la que me percibo o el gesto que ensayo frente al espejo, sin duda, no corresponden al modo en que me miran los demás. Quizá los sueños y el insomnio recalcitrante, ese que me hace mirar despierta cosas que no existen, me diga más de mí misma que el reflejo que me regresa el espejo y las decenas de libretas que lleno todos los días con mis impresiones.

El pensamiento divaga por tierras pantanosas y mares turbulentos al despertar de un sueño particularmente vívido. Y es que el insomnio terco y las pesadillas comparten un vaso comunicante. Ambos parecen provenir de la fantasía, del misterio de lo jamás revelado que fácilmente se puede experimentar como algo terrorífico. Hace años, después de días casi sin dormir, vi dentro del túnel oscuro del metro, caprichosas figuras luminosas que se acercaban y se alejaban de mi campo de visión. Me pareció que transcurrió una eternidad, hasta que por fin el tren llegó a la estación. Tiempo después desperté agitada y confundida, pues acababa de soñar con las mismas luces, pero dentro de una cueva estrecha y húmeda. Pareciera que los sueños y la vida misma se bifurcan de tal manera que se encuentran de frente en una dimensión alterna, que sólo se experimenta en cada oscuridad, en cada rotación lunar.

La casa familiar de mi infancia ha sido un sitio onírico recurrente durante toda mi vida. No la que ahora cobija a mi familia, un lugar ordenado y distribuido armoniosamente; sino aquel laberinto de cuartos maltrechos y crueldades agazapadas en las grietas. Es como si una yo, que no soy yo del todo, habitara todavía esos espacios oscuros, caóticos, inseguros, y divertidos, a su manera. Recientemente soñé la misma casa, cuyas paredes acababan de ser remozadas y una brocha empuñada por alguien invisible les daba color. La sensación era la misma, yo reconocía la casa de la infancia, aunque ahora no se le pareciera en nada. Me pregunto si eso tiene que ver con una especie de hojalatería del alma, una restauración psíquica. No me detengo mucho en la interpretación, prefiero jugar con la ficción de mi yo dormida, esa desconocida que me conoce más a mí, que yo a ella.

Remedios Varo, Ojos sobre la mesa, 1935. ı Foto: Fuente > HA!

DE NUEVO ESTOY DESPIERTA, deben ser las tres o cuatro de la mañana, porque durante esas horas el silencio estremece y la oscuridad se torna particularmente lóbrega. En El faro por dentro de Menchu Rodríguez, leo:

El cansancio actúa desde dentro y desde fuera del misterio, con una fuerza centrífuga y centrípeta a un tiempo. Es la piel del misterio, la opacidad tras la cual se esconde luz, la luz que ha de ganarse con fatiga. Debo aislarlo como si fuera una bacteria, dominarlo, trepanarlo con el taladro de mi razón.

Entonces pienso que quizá lo que provoca el insomnio que me agota con una potencia centrífuga y centrípeda, sea provocado por una bacteria incandescente, una que sin duda respira dentro mío pero, ¿cómo aislarla?, ¿cómo desarraigarla de mi cuerpo?

Incapaz de continuar con la lectura, recuerdo a Sabina, heredera de una maldición que ha perseguido a una familia italiana durante al menos dos siglos. Las primeras veces que la aterrorizada mujer acudió al hospital, durante la primera mitad del siglo XX, creyeron que padecía alcoholismo, por su nerviosismo, delirios y desarticulación de los miembros. Todavía no se descubría que el insomnio fatal familiar, como se le denomina, es una enfermedad causada por proteínas mal plegadas (priones) que se acumulan en el cerebro, principalmente en el tálamo; eso provoca severo insomnio progresivo, demencia, pérdida de coordinación motora, y muerte. Por si fuera poco, es una mutación autosómica dominante, o sea el hijo de una persona que padezca esta enfermedad tiene el 50% de probabilidades de contraerla.

Otra vez las cuatro de la mañana, me levanto, me visto y mis compañeros se desperezan con un evidente reproche. Mientras caminamos, miro las ventanas oscuras, imagino a las personas dormidas, y anhelo hallar una luz que no provenga de la electricidad, sino que sea la manifestación de la incandescencia de los insomnes.

EL INSOMNIO FATAL FAMILIAR se manifiesta en la edad adulta y no hay modo de prevenirlo. Quienes integran este clan, nacen y viven con la incertidumbre. Muchos de ellos han logrado transcurrir sus vidas sin sucumbir a la incandescencia, pero otros saben que han sido tocados por la maldad de la enfermedad, cuando empiezan a sudar en exceso, las pupilas se reducen al tamaño de una cabeza de alfiler, la cabeza adquiere una postura anormal y rígida. Es común el estreñimiento, que se adelante bruscamente la menopausia a las mujeres y que los hombres se vuelvan impotentes. Aumenta el pulso y la presión sanguínea y el cuerpo ruge a un ritmo acelerado. El agotamiento es inmenso y sin el descanso del sueño se pierde paulatinamente la capacidad de caminar y de mantener el equilibrio. Algunos extravían la cordura, otros mantienen la conciencia hasta el final. Aproximadamente quince meses después de que aparezcan los primeros síntomas, caen en un estado de extenuación similar a un coma, hasta que fallecen.

INTENTO DAR LA VUELTA en una esquina para regresar a casa, pero Pasa y Gonzo se empeñan en seguir adelante, los dejo andar y me parece que sus pasos son automáticos y frenéticos, sin propósito claro. Espero no inducirlos a estados insomnes prolongados. Al fin logro arrastrarlos de regreso, y luego de beber agua, se sumen en un sueño profundo. Los miro con envidia, los espasmos en su cuerpo y algún gemido quedo me indican que sueñan. Me encantaría introducirme en ese universo que no puedo ver desde mi vigilia, estoy segura de que en ese estado onírico, sus personalidades se desdoblan.

SÉ QUE DURANTE EL DÍA MI CUERPO Y MENTE NO ESTARÁN PREPARADOS PARA LAS ACTIVIDADES COTIDIANAS. ME ESPERA UNA JORNADA DE SOMBRAS QUE SE ATRAVESARÁN EN MI CAMPO DE VISIÓN.

Dice Richard Burton que el sueño humedece y alimenta el cuerpo, prepara y ayuda a la digestión, expulsa preocupaciones, apacigua la mente, refresca las cansadas extremidades después de una larga jornada. Sé que durante el día que ya ha iniciado, mi cuerpo y mente no estarán preparados para las actividades cotidianas. Me espera una jornada de sombras que se atravesarán en mi campo de visión, de zumbidos internos y de falta de concentración, por no mencionar la debilidad generalizada. Cómo me gustaría llevar a cabo el incubatio, la práctica terapeútica religiosa de griegos y romanos que consistía en dormir en un templo para que el alma recibiera la sanación directa de los dioses. Quizá un lugar de oración arrulle mis pensamientos y me conduzca al tan anhelado sueño profundo.

La siguiente noche de insomnio decido ocupar las horas para adelantar trabajo, continuar con la escritura de la novela o leer alguno de los libros en turno. Mi concentración se resiste y cuando al fin logro domesticarla, se disuelve en los efluvios de una memoria que divaga sin mi intervención. Envidio la terquedad y laboriosidad de Kafka, que se obligaba a escribir durante toda la noche, de ser necesario, con tal de rematar el texto en turno. Atisbo el cielo desde la ventana y decido subir a la azotea para admirarlo un poco más de cerca. Los pasillos y las escaleras del edificio están en completo silencio, la ominosa luz blanca que los ilumina me deslumbra. Pocas estrellas diminutas titilan a un ritmo magnético en lo alto del cielo despejado. Me pregunto si desde allá arriba notarán mi incandescencia, el ritmo orgánico de mi existencia. Bajo un poco más relajada, me meto a la cama, enciendo la lámpara de buró y garabateo notas rápidas en la libreta.

Descubro el final del episodio insomne varios días después, cuando la alarma del despertador me sobresalta a las seis de la mañana. Los periodos suelen durar una semana o dos, como máximo. Luego se ausentan durante meses, en los que procuro anotar las vivencias de mi otra yo, que actúa de maneras extrañas en mis sueños. Durante este tiempo, Pasa y Gonzo también descansan mejor; supongo que las caminatas de madrugada, a las que inevitablemente los arrastro, son un equivalente al remedio de Emily y Charlotte Brontë, que solían dar vueltas alrededor de la mesa de la cocina para agotarse y conciliar el sueño. Por el momento ocuparé parte dela noche para escribir, sin la tortura de la soledad rabiosa que causa el insomnio y sin los pensamientos expandidos hacia lo monstruoso.

Sabina ocupa mi mente de nuevo, los antiguos miembros de su familia que padecieron la enfermedad se resguardaban en el silencio absoluto y en la experimentación inútil con hierbas y menjunjes. La comunidad italiana en la que vivían los consideraba una familia maldita y evitaban casarse con ellos. Uno de los síntomas más perturbadores es la miosis, contracción excesiva de las pupilas hasta hacerse diminutas. Cada que sienta la incandescencia insomne, evitaré mirarme en el espejo para esquivar la inevitable zona liminal, que podría mostrarme la casi inexistencia de mis pupilas.

Reviso mis notas, antes de ir a la cama y descubro, ensimismadas entre garabatos y dibujos, algunas frases queno recuerdo haber escrito, pero que son detonantes indiscutibles de narraciones pendientes. Quizá las escribí cuando le daba la espalda al mundo, como dice Úrsula K. Le Guin, cuando el misterio de mi ser cobra más fuerza: en el extravío del sueño o de la incandescencia.


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