La señora Palfrey llegó por primera vez al hotel Claremont un domingo de invierno por la tarde. Llovía torrencialmente sobre Londres y el taxi avanzaba chapoteando por Cromwell Road, que se hallaba casi desierta, dejando atrás un pórtico tras otro, cada uno más cavernoso que el anterior. El conductor había aminorado la velocidad y asomaba la cabeza por la ventanilla bajo el aguacero, porque no conocía el Claremont. Semejante descubrimiento, el hecho de que el hombre ignorase la existencia del hotel, había inquietado un poco a la señora Palfrey, pues tampoco ella lo conocía y empezaba a preguntarse en qué clase de establecimiento estaba a punto de hospedarse. Trató de ahuyentar el terror de su corazón. La amenaza de su propia angustia la atemorizaba. “Si no es un lugar agradable, no estoy obligada a quedarme”, se dijo a sí misma, moviendo apenas los labios mientras se inclinaba hacia delante en el interior del taxi, mirando a ambos lados de la calle ancha y aterradora, casi temiendo leer “Claremont” sobre el pórtico de uno de aquellos edificios. Había muchos hoteles a lo largo de la calle, uno junto a otro, y todos parecían iguales. Había descubierto por casualidad el anuncio en el periódico del domingo mientras pasaba unos días en Escocia en casa de su hija Elizabeth. Tarifas reducidas en invierno. Cocina excelente. “No hay que tomarse eso al pie de la letra”, había pensado entonces.
“TRATÓ DE AHUYENTAR EL TERROR DE SU CORAZÓN. LA AMENAZA DE SU PROPIA ANGUSTIA LA ATEMORIZABA. ‘SI NO ES UN LUGAR AGRADABLE, NO ESTOY OBLIGADA A QUEDARME’
EL COCHE AL FIN SE DETUVO. Leyó nítidamente “Hotel Claremont” escrito con grandes letras que cruzaban el frente de lo que debían ser dos, o quizá tres, grandes casas que habían sido transformadas en una. Sintió alivio. Las columnas del pórtico parecían recién pintadas, había laureles en las macetas que decoraban las ventanas, cortinas limpias: una fachada de meticulosa respetabilidad. Salió con dificultad del taxi y, apoyándose en su bastón con punta de goma, cruzó la acera y subió los escalones. Le dolían las varices.
Era una mujer alta, corpulenta, de rostro noble, cejas oscuras y mandíbula de contorno firme. Habría podido ser un hombre apuesto y distinguido y, a veces, cuando se ponía un traje de noche, parecía un general ilustre disfrazado de mujer.

La función de Toño Rotuno
Seguida por el conductor del taxi y por su equipaje (porque el hotel no daba señales de vida), la señora Palfrey luchó con la puerta giratoria y entró casi dando tumbos en el vestíbulo silencioso. La recepcionista la recibió con amabilidad distante, como si trabajara en una clínica, y una clínica para enfermos mentales, además.
—¡Qué día! —dijo.
El taxista, que avanzaba tropezándose con las maletas, parecía un intruso en aquel lugar aislado del mundo, y enseguida el portero se ocupó de reemplazarlo en la tarea de cargar el equipaje. La señora Palfrey abrió la cartera y eligió cuidadosamente algunas monedas. Todos sus movimientos eran lentos, casi solemnes. Siempre había sabido cómo comportarse. Aun en sus tiempos de recién casada en Birmania, cuando vivía en condiciones extrañas, por no decir alarmantes, se había mostrado majestuosa y serena, como la vez en que la transportaron en canoa río arriba hasta su nuevo hogar; impasible, había entrado en una casa que era la humedad misma, mientras una serpiente enroscada en el pasamanos le daba la bienvenida. Había alzado la frente y se había armado de valor, como aquella misma tarde en el tren que la llevaba a Londres.
Pese a la práctica adquirida, había descubierto que ya no le resultaba tan fácil mostrar firmeza. En su juventud tenía que cuidar su imagen primero ante su marido, a quien admiraba, luego ante sí misma y por último ante los nativos (“Soy una mujer inglesa”). En la actualidad, esa imagen de sí misma ya no se reflejaba en nadie, y estaba disminuida: había perdido dos tercios de su antiguo valor (ya no había marido ni nativos).
Después de que el portero dejara las maletas en el suelo y se marchara, la señora Palfrey se dijo que así debían sentirse los presos la primera vez que los dejaban solos en su celda: primero se acercarían a la ventana, luego se volverían para mirar la puerta que acababa de cerrarse y, por último, contarían los pasos que separaban las paredes. Se imaginó la escena vívidamente. Desde la ventana vio (era lo único que podía ver) un muro de ladrillos blanco manchado por el agua sucia de la lluvia y una escalera de emergencia de hierro bastante bonita. Trató de convencerse de que era muy bonita. El paisaje, sobre todo en aquella tarde gris, era deprimente, pero ya sabía que las habitaciones traseras de los hoteles donde se hospedan las ancianas de pocos recursos no suelen ofrecer unas vistas agradables. Reservan las mejores para los recién casados, aunque son precisamente los únicos que no las necesitan.
LA CAMA ERA BASTANTE ALTA y la alfombra estaba gastada, pero no raída. Aún se vislumbraba un dibujo de rosas. En un rincón había una chimenea tapiada, que conservaba el hogar de azulejos azul eléctrico. El radiador emitía un olor acre, a quemado, y ruidos sordos. Vio que los cajones de la cómoda lucían gruesos tiradores de madera. Se parecía bastante a la habitación de una criada. Se quitó el sombrero y se arregló el cabello. Lo tenía corto, gris y con ondas regulares, como si una mano se hubiese desplegado sobre él y luego hubiese apretado con fuerza. El silencio era extraño, el silencio y la extrañeza de una tarde dominical, y por un momento su corazón dio un vuelco, empezó a latir con desesperación horrorizada, como lo había hecho la vez en que de pronto supo, o más bien no pudo no saber, que su marido estaba en el umbral de la muerte y evidentemente se disponía a franquearlo. Contra toda esperanza y a pesar de todas sus plegarias. Para calmarse, se sentó en el borde de la cama y respiró profundamente con la frente en alto, como si quisiera dar ejemplo.

Nélida Piñón. Hay que garantizar la ilusión

