ASÍ COMO LA CAPILLA Sixtina es, en un sentido muy literal, la catedral del Renacimiento italiano, el Palacio de Bellas Artes es una catedral de ese otro renacimiento que fue el muralismo mexicano. Se ha convertido en una suerte de sitio de peregrinaje para amantes del arte mexicano; tanto propios como extranjeros nos embelesamos frente a sus colosales muros para consumar una suerte de adoración a sus pintores. No es fortuito que ahí se haga presente también una trinidad, la de los llamados “Tres Grandes”: Rivera, Orozco y Siqueiros. Con una mirada periférica descubrimos también a Roberto Montenegro, ubicado literal y simbólicamente al margen de la monumentalidad de sus contemporáneos. Ahora, una nueva exposición en el mismo recinto reivindica su lugar en una historia que, a pesar de años de exclusión, protagonizó como pionero.
Bajo el muy adecuado título de Roberto Montenegro. Muralismo fuera de la norma, se trata de una revisión de poco menos de 15 años de trayectoria muralista del pintor jalisciense planteada desde dos perspectivas paralelas: su experimentación vanguardista y su identidad como hombre homosexual. Esto último resulta más que pertinente cuando se entiende que la muestra forma parte de un programa expositivo de largo aliento que propone reexaminar el acervo del Palacio. La perspectiva de género no ha estado ausente de estas indagaciones curatoriales, sin embargo, la mirada queer ha quedado excluida durante demasiado tiempo de las lecturas del muralismo y por ello resulta tan relevante que un museo de la importancia de Bellas Artes se proponga abordarla.
EL RECORRIDO INICIA CON EL PRIMER MURAL de Montenegro y, a la vez, momento fundacional del muralismo: El árbol de la vida. Bajo el auspicio del secretario de educación José Vasconcelos, inauguró lo que se convertiría en el movimiento artístico más importante de América Latina, pero las narrativas impuestas posteriormente no le han reconocido debidamente ese mérito; tras ver la exposición no me queda duda que esa omisión en la historiografía nose debe a faltas en su técnica ni poética, sino muy probablemente a su orientación sexual. Los guiños a su identidad aparecen continuamente en el recorrido, a través de los retratos de sus colegas y amigos más allegados, e incluso en su manera de representar el cuerpo masculino.

La función de Toño Rotuno
Igualmente, desde esa primera exploración de la pintura mural se indaga en su continuo impulso a las artes populares —otra forma quizá de mostrar su sensibilidad para mirar hacia los márgenes. El diálogo entre su colección de artesanías y su propia obra pictórica permite entender de otra manera no sólo sus intereses sino también sus soluciones plásticas. Al mismo tiempo, se perfila como un homenaje a su propia impronta en la historia del Palacio de Bellas Artes, donde en 1934 inauguró el primer Museo de Arte Popular.
Una exposición que llega en el momento idóneo, para celebrar el mes del orgullo, pero también para mostrar a los aficionados mundialistas esta otra identidad mexicana.

Nélida Piñón. Hay que garantizar la ilusión

