LA CANCIÓN #6

Lunch en la Casa del Lago

Lunch en la Casa del Lago
Lunch en la Casa del Lago Foto: Fuente > Georgina Huges

Hoy es digital, pero las conexiones del rock y la literatura se enchufaban a mano: llegué a Henry Rollins y sus libros vía los discos de Black Flag / Rollins Band. Luego llegué a los libros de Hubert Selby Jr. vía los spoken words de Rollins. Enseguida llegué a Lydia Lunch vía Rollins en la película The Right Side of My Brain, de Richard Kern, uno de los fundadores del cine de trasgresión con el fallecido en México, Nick Zedd, quien también hizo la cinta The Wild World of Lydia Lunch. Al final, Selby Jr. y Lunch terminaron palomeando en los recitales de palabra oral que organizaba Rollins. Esto era entre los 80 y los 90, cuando el punk hardcore se abría paso a codazos. Entonces Lydia Lunch era una reina del underground y fue la progenitora de la no wave inspirada en el dúo Suicide. Así surgió la corriente que se oponía a la música ligera y deslactosada de la new wave, con su fugaz grupo Teenage Jesus & the Jerks. Aparecía colaborando con Sonic Youth en “Death Valley 69” —video dirigido por Kern— o con Nick Cave en el disco Honeymoon in Red. Por eso, cuando Geo me avisó que Lunch parlaría en la Casa de Lago en Chapultepec, ¡y sin costo!, juré atestiguar su palabra pese a la imposible Ciudad de México.

CREÍ QUE SERÍAMOS TRES GATOS al anochecer, pero no imaginamos que a las 6:30 el foro Alicia Urreta estaría repleto de la fauna que te encuentras en los conciertos que no son de la mafia del espectáculo. La compositora, cantante, escritora, poeta, actriz y oradora apareció puntual, acompañada por el dúo Genre Is Dead: el bajista Tim Dahl y el saxofonista Matt Nelson, ambos músicos experimentales en el círculo del free jazz neoyorkino. El trío construye el universo de Murderous Again, integrado en la pandemia, música que definen como noir psico-ambiental: muros de sonido que dan cabida a las palabras malditas de Lunch. Empezó el recital sin más artilugios que su garganta, los crujidos aplanadores del bajo y los sonidos del saxofón tenor, filtrado por efectos y técnicas que lo hacían sonar como el aire de una ciudad en ruinas.

Lunch hizo lo que más le gusta: provocar. Sacó la lengua para vapulearnos con sus habilidades orales sobre deseo, sexo, muerte, hombres, mujeres, misoginia, alienación, guerra, fascismo, religión y Trump. Podría hablar sin fin, la suma de su obra musical + cine + poesía + narrativa + performance es kilométrica. Mientras que la voz y la lengua eran las de una pitonisa en el Oráculo de Chapultepec, advirtiéndonos. Los tres se lanzaron a improvisar. Los monólogos incendiarios de Lunch en una atmósfera sonora volátil, inflamable. La tradición literaria-musical de los beats con el jazz; la última vez que presencié algo de este calibre fue la lectura de Lawrence Ferlinghetti en la Casa del Poeta López Velarde con el saxofón de Jørgen Nash en 2002. Lo malo de Lydia Lunch es que se pasó muy rápido, me perdí en la relatividad del tiempo-gomita, pero lo entendí, el debut punk de Jesus Teenage dura 13.35. Tenía que ser breve como un orgasmo para ser intensa.


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