En aquellos tiempos, Jehová quiso destruir Sodoma por haberse “engrandecido”, pero “acercose Abraham y dijo: ¿Destruirás también al justo con el impío? […] Entonces respondió Jehová: Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo este lugar por amor de ellos”. Y a partir de ese momento, se da un regateo curioso, Abraham teme hacer enojar al Señor, pero replica, ¿y si fueran cuarenta y cinco?, ¿cuarenta, hasta disminuir toda pretensión y llegar a diez? Jehová replica: “No destruiré por diez”. Así, bastan diez justos para salvar una ciudad de la destrucción. Como se sabe, no los hubo. Pero, ¿qué es un justo y como es que descansa en ellos la salvación o la destrucción del resto?
Antes de pergeñar una respuesta, señalo que nuestra sor Juana tenía una interpretación fascinante sobre este pasaje:
Pues sin ser muy perito en la Música, ¿cómo se entenderán aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo a Dios Abraham, por las Ciudades, de que si perdonaría habiendo cincuenta justos, y de este número bajó a cuarenta y cinco, que es sesquinona y es como de mi a re; de aquí a cuarenta, que es sesquioctava y como de re a mi; de aquí a treinta, que es sesquitercia, que es la del diatesarón; de aquí a veinte, que es la proporción sesquiáltera, que es la del diapente; de aquí a diez, que es la dupla, que es el diapasón; y como no hay más proporciones armónicas no pasó de ahí? Pues, ¿cómo se podrá entender esto sin Música?
CONFIESO CON VERGÜENZA que desconozco el arte de la notación musical, de modo que no puedo saber lo que sor Juana escuchaba al leer aquel pasaje bíblico; lo que no me impide amueblar mi fantasía imaginándola,en esas tardes en que la lluvia virreinal vindicaba el saqueo lacustre inundándolo todo, pulsando, en uno de los muchos instrumentos musicales que se sabe poseía, alguna endecha ante la pérdida de Sodoma y Gomorra.
Volviendo a nuestro asunto, me quedo con la idea de que diez justos no es una elección fortuita, según sor Juana, sino armónica: los justos conforman un compás vivo que Dios escucha. En sus Carnets, Albert Camus, los intuye y define, aunque como buen existencialista, los desgaja de cualquier tinte religioso: “Existen personas más grandes, auténticas y de corazón más hermoso que otras. Forman, a través del mundo, una sociedad, invisible muchas veces, que justifica el vivir de todos.” Desde luego, también supo usar el concepto con ironía: su adaptación teatral de Los demonios de Dostoyevski, se llama Los justos. Pero, no es ése el modo —más común y acaso trivial— que interesa a este texto.
Borges avanza sobre ese mismo rasero, por un lado, evoca el origen místico de los justos en El libro de los seres imaginarios y los coloca junto al hipogrifo, la banshee, el unicornio o las sirenas, como si fueran algún tipo de monstruo mitológico:
Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta que toma su lugar. Constituyen sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben.
Y luego, varios años después, también se empareja con Camus al convertirlos en algo más dichoso, consiente en ser menos exigente y más compasivo con la existencia hipotética de estos hombres y mujeres, y entonces su magia ya es puramente doméstica, entrañable, cotidiana, aunque con ella sigan salvando al mundo. Reproduzco un fragmento del poema “Los justos”:
El que agradece que en la tierra haya música. […]
El que acaricia un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando al mundo.
Aquí, la perspectiva cambia por completo. Ya no son seres extraordinarios, al contrario, sus actos nos permiten —a cualquiera de nosotros—, ser alguna vez, en algún momento de nuestra existencia, uno de los justos. Este es un cambio radical que al mismo tiempo nos eleva a una condición de parva bienaventuranza y nos recuerda que cada uno es responsable y sostén de los demás.
Kafka también conjetura sobre estos seres, sin embargo, lo hace desde una vía pesimista y tal vez por ello más precisa, para él, el triple emblema de los justos es: el acusado en El Proceso; el extraño, aquel que no pertenece a la comunidad en El castillo; y el desaparecido, el hombre intercambiable, metapieza de repuesto en medio de la gran ciudad en América. Los justos del mundo son aquellos que ni siquiera saben de qué los acusan y al final mueren “como un perro”; los que no encuentran lugar en el entramado social; y aquellos de los que no queda ni rastro porque el mundo los ha devorado, como si se disolvieran en la nada.
PODRÍA PARECER QUE ESTAMOS ante un sistema cosmológico distinto, pero en realidad es la evolución necesaria y contemporánea del personaje. Kafka comprende que los justos son el Cordero de Dios, la víctima sacrificial que exige la sociedad para exculparse a sí misma. Los justos existen, pero están a merced de la sociedad: la salvan todavía, sin duda, pero a costa de su inmolación. Melville tiene un justo de esa índole en Billy Budd, ese marinero ligeramente tonto y tartamudo, exactamente como el justo entre los justos literarios: el príncipe Miskin de Dostoyevski.
Se diría que estamos desbordando el cauce, pero dejemos que Walter Benjamin venga a nuestro rescate al recordarnos que “una leyenda talmúdica nos dice que cantidades ingentes de ángeles nuevos van siendo creados a cada instante para, tras entonar su himno ante Dios, terminar disolviéndose en la nada”.
LOS JUSTOS DEL MUNDO SON AQUELLOS QUE NI SIQUIERA SABEN DE QUÉ LOS ACUSAN Y AL FINAL MUEREN ‘COMO UN PERRO’; LOS QUE NO ENCUENTRAN LUGAR
EN EL ENTRAMADO SOCIAL
¿No era un par de ángeles a quienes negaron la hospitalidad en Sodoma? ¿No son los justos aquellos que son creados a cada instante para que nunca falten 36 o 10, dependiendo el texto al que se recurra? ¿No es la hermana Juana Inés quien nos advierte que los justos entonan una determinada melodía? ¿Y acaso no son precisamente aquellos que cantan su himno ante Dios —el que buenamente pueden y con el material que tienen a mano, ora plata ora ceniza— quienes luego se dispersan en la nada?
Estamos marcados para el sacrificio, entonamos un himno que en el fragor del tiempo sólo Dios distingue y, juntos, sin que nos falte uno solo, vamos camino a la nada. ¿Nuestro nombre? Los justos.
